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Fantasmas y chivos expiatorios, por Juan Paredes Castro

Cada cierto tiempo, a los peruanos nos asalta el mal mental histórico de evadir la realidad o de irnos “por las ramas”

Fantasmas y chivos expiatorios, por Juan Paredes Castro

Fantasmas y chivos expiatorios, por Juan Paredes Castro

En las crisis políticas y en los desastres naturales, suelen escasear las grandes decisiones y las grandes acciones; y en cambio abundan los fantasmas y los chivos expiatorios.

En el fondo, cada cierto tiempo, a los peruanos y sus dirigentes nos asalta el mal mental histórico de evadir la realidad o de irnos “por las ramas” (para eso están los fantasmas) y la odiosa costumbre cainita (de Caín) de buscar fáciles culpables, aquellos que tengamos a la mano (para eso están los chivos expiatorios).

Hasta Fujimori todavía hemos tenido golpes e intervenciones militares para supuestamente cubrir las deficiencias de la democracia. Hasta que hemos aprendido que la democracia puede defenderse sin autodañarse flagrantemente. Lo que aún no aprendemos es a fortalecer la democracia, fortaleciendo sus propias instituciones, mecanismos y leyes, para no tener que recurrir precisamente a las recetas fantasmales de cómo voltear con éxito las crisis y los desastres.

Si hay crisis presidencial o de Gabinete, ahí está el Consejo de Estado. ¿Quién lo inventó? ¡Humala! ¿Sirve de algo? Para nada. Si la corrupción emerge amenazante con todos sus tentáculos, ahí está la Comisión de Integridad y su composición de señores notables. ¿Quién la inventó? ¡Kuczynski! ¿Sirve de algo? Quizá como oráculo de reflexión y nada más. Carece, por ejemplo, del poder coercitivo para enfrentar un monstruo corruptor como Odebrecht. Si hay una crisis, como ahora, vinculada al cambio climático, ya se anuncia la convocatoria, el próximo martes, del Acuerdo Nacional. ¿Quién lo inventó? ¡Toledo! ¿Sirve de algo? Solo para dar la impresión de apertura, concertación y consenso políticos con más carga de apariencia que de realidad.

Aun cuando las imprevisiones vienen desde el gobierno de Humala, el principal chivo expiatorio de lo que pase en el país con el Niño costero será Kuczynski o Zavala, dependiendo de quién cargue con el mayor peso de los errores. La furia de la naturaleza no mide consecuencias humanas, materiales ni políticas. Así tengamos el gobierno más eficiente, la naturaleza podría vencerlo y podría faltarle capacidad para enfrentar la magnitud de una reconstrucción tan imprevisible como los propios daños. 

Al margen de las simpatías y diferencias que suscita el alcalde de Lima, Luis Castañeda, ¿puede culpársele acaso, alegremente, de la caída del puente peatonal Talavera en San Juan de Lurigancho, a causa de la violenta erosión de una de las riberas del río Rímac? Sería como culparle también del colapso del Metropolitano en un eventual terremoto de 7 u 8 grados (que nadie desea, por cierto). El empresario Julio Favre Carranza, ya fallecido, aceptó hace años el voluntarioso encargo de la reconstrucción de Pisco. Encabezó Forsur. Pero tanto le amarraron políticamente las manos que tuvo que renunciar. Terminó, como muchos, de chivo expiatorio de un problema que el gobierno y el Estado no supieron asumir.

Finalmente, a la hora de las crisis y los desastres, no faltan las aves carroñeras de la política en todos los niveles del poder, pretendiendo el máximo aprovechamiento de las circunstancias en beneficio propio.

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