Voto preferencial por distrito uninominal, por Jaime de Althaus

Lo mínimo que se le debe pedir a un partido es que discuta internamente los temas significativos y tenga una posición

Voto preferencial por distrito uninominal, por Jaime de Althaus

(Foto: Archivo El Comercio)

En el diálogo político convocado por Palacio hubo consenso en torno a varias reformas –curul vacía, transfuguismo, financiamiento de partidos, una revocatoria menos desestabilizadora– que, en realidad, ya habían sido aprobadas en la Comisión de Constitución del Congreso. Fue entonces redundante, pero no en todo, porque hubo una sorpresa: resulta que hubo consenso también en torno a una reforma clave que había sido antes rechazada en la Comisión de Constitución: la eliminación del voto preferencial.

Por supuesto, el consenso de los presidentes de partido en torno a tal reforma pone a prueba la consistencia misma de los partidos, porque puede ocurrir que algunos congresistas, hijos del voto preferencial, sencillamente no estén de acuerdo con la opinión de sus jefes o voceros y no les hagan caso. De hecho, algunos representantes en el diálogo aclararon que esa era su posición pero que en sus bancadas había voces discordantes. Lo que significa, para comenzar, que una reforma tan importante como esa no ha sido discutida en algunos partidos o que no han tomado posición sobre ella. Lo mínimo que se le debe pedir a un partido político es que discuta internamente los temas significativos y tenga una posición sobre ellos.

Más aun cuando el asunto es complejo, de modo que requiere un largo debate interno porque la eliminación del voto preferencial no tiene sentido si no se realizan otras reformas en paralelo. La reforma política es un conjunto orgánico. El voto preferencial se instituyó para reducir el poder de las cúpulas partidarias en la confección de las listas al Congreso, dándole  al ciudadano la facultad de alterar el orden propuesto por el partido y escoger uno o dos candidatos.

La primera parte –el poder de las cúpulas– se resuelve introduciendo más democracia en los partidos, aunque eso ya existe en variadas medidas. Lo importante es lo segundo: darle participación al ciudadano en la elección de sus representantes. Y ese derecho, que de alguna manera quedaba reconocido en el voto preferencial, quedaría anulado si simplemente se anula dicho voto. La propuesta, entonces, es canjear el voto preferencial por un sistema electoral que reconozca el derecho ya no parcial sino pleno del ciudadano a elegir su representante: el distrito electoral uninominal. Es decir, distritos pequeños en los que se elige a un solo representante. Es el voto preferencial perfecto, sin sus efectos perniciosos, porque el candidato no compite con otros de su mismo partido, sino contra los de los otros partidos. Fortalece a estos últimos y tiende a reducir su número, lo que es fundamental para estabilizar el sistema.

El elector vota allí por una persona, con la ventaja de que tiene que escoger no entre los 200 o 400 candidatos que conforman las listas departamentales, sino entre 8 o 10 candidatos según el número de partidos que postulen. Entonces puede conocer mejor a los candidatos para escoger mejor, y una vez elegido sabrá quién es su representante, podrá escribirle correos, comunicarle los problemas de su zona, etc. Los canales de representación se restablecen y la democracia se vuelve real, encarnada.

Todas las ventajas, en suma.

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