"¡Un huaico! ¡Qué sorpresa!", por Pedro Ortiz Bisso

Está probado hasta la saciedad que ni la peor de las desgracias activa el chip de la prevención en las autoridades

"¡Un huaico! ¡Qué sorpresa!", por Pedro Ortiz Bisso

Hace apenas dos años el desastre cobró siete vidas en Chosica y Santa Eulalia (Huarochirí). (El Comercio)

“Un huaico es una cosa sorpresiva”. De haber sido el alcalde de Miami Beach, La Habana o Moscú, quienes no conocen que nuestro verano coincide con la activación de las quebradas del este limeño, no habría razón para asombrarse. Como cualquier foráneo, ellos no tienen por qué saber que en los primeros meses del año las lluvias en las alturas generan huaicos que, en mayor o menor medida, los capitalinos padecemos. Sin ir muy lejos, hace apenas dos años el desastre cobró siete vidas en Chosica y Santa Eulalia (Huarochirí).

Pero si quien lo dice es el burgomaestre de Lima, el funcionario más importante de la ciudad, sobre quien hemos depositado la responsabilidad de velar por lo que suceda con nuestra tres veces coronada villa, sí que estamos en un problema. Un enorme y enlodado problema.

Señor alcalde, ¿cómo les decimos a los habitantes de Chaclacayo y San Juan de Lurigancho, que han visto como el barro y las piedras han destruido parte de sus casas, arruinado las máquinas con las que trabajaban, desaparecido sus enseres, electrodomésticos y animales, que “un huaico es una cosa sorpresiva”? 

Por qué mejor no les explicamos el destino del muro que iba a construirse en La Capitana, en el cruce con el río Huaycoloro, con el fin de evitar un desborde. La obra se planeó en el 2012 y en un inicio iba a encargarse de ella la Municipalidad de Chosica. Luego pasó a manos de Lima Metropolitana, y tras algunos cambios, en diciembre del año pasado volvió a replantearse. 

Ni un solo ladrillo ha sido puesto en el lugar. Y por los últimos desbordes, el muro demorará un tiempo más en construirse porque el expediente deberá ser actualizado. Esto supondrá, probablemente, un alza en su costo, que de su estimación inicial (cerca de un millón de soles) pasó a costar cuatro veces más. 

¿Qué ocurrió, señor alcalde?
Después del desastre es fácil ponerse las botas, el gorrito, desplegar el mapa, movilizar maquinaria, colocar carpas, entregar agua, raciones de comida, colchones. Entonces, con las cámaras al lado, la voz se hace gruesa, los índices buscan un objetivo, las órdenes se lanzan.

Hay esfuerzos encomiables, como las mallas colocadas el año pasado en las alturas de Chosica y San Juan de Lurigancho por el Ministerio de Vivienda para impedir la caída de las rocas, algunas de ellas estropeadas por delincuentes que buscan revender el metal. 

Pero está probado hasta la saciedad que ni la peor de las desgracias activa el chip de la prevención en el común de las autoridades de nuestro país. Lo suyo, lo que les gusta, lo que les fascina es la labor de superhéroe después de la tragedia. La prevención no atrae cámaras, no genera titulares. Llegar con un volquete sí. 


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Luis Castañeda Lossio