El largo camino del cocal a la capital

Agricultores del Vraem y otros valles cocaleros buscan abrirse camino en Santa Anita con con productos alternativos.

El largo camino del cocal a la capital

Enoc Alfonso Pezo, dirigente ashanínka, vende plátanos que cultiva su comunidad en Río Tambo (Vraem). Espera que se abran más puertas, como las del Mercado Mayorista de Lima, para no caer en el peligro del cultivo de coca ilegal. (Fotos: Paul Vallejos / El Comercio)

El largo camino del cocal a la capital

Laura Aylas pasó su juventud en Tocache, en pleno crecimiento del narcotráfico, como jornalera de coca. Ahora vive en el Vraem, pero asegura que está alejada de la coca: ahora cultiva piñas que vende en Santa Anita. (Fotos: Paul Vallejos / El Comercio)

La esperanza necesita poco para sostenerse: esa es su característica definitiva. En el Gran Mercado Mayorista de Lima –que ha costado vidas, marchas, idas y vueltas políticas e investigaciones–, un grupo de ex cocaleros busca desde el 2013 ganarse la vida lejos del cultivo más polémico del país. Por el momento tienen tres pequeños puestos. Un convenio entre Devida y la Empresa de Mercados Mayoristas S.A. (Emmsa) les permite estar ahí. Un primer paso.

Enoc Alfonso Pezo es un dirigente asháninka y uno de los comerciantes provenientes de valles cocaleros. “No tenemos ni una hojita de coca, no permitimos. La coca trae problemas, avionetas, militares”, dice. A pesar de que habla de algo serio, Enoc sonríe con absoluta naturalidad al callar. 

Enoc vive a 16 horas de camino por carretera, trocha y río de Lima, en el distrito de Río Tambo, en el Vraem, el valle que produce la mayor cantidad de hoja de coca del país. Se espera que este año ingrese el Ministerio de Agricultura a la zona, como parte de las acciones del Estado para reducir el área de cultivos ilícitos

Cuando Enoc piensa en narcotráfico, también lo hace en terrorismo. Ante ello solo le queda un recuerdo lleno de amargura: los asháninkas fueron una de las comunidades atacadas con mayor ferocidad por Sendero Luminoso entre fines de los años 80 y mediados de los 90. Según la CVR, de 55 mil asháninkas, unos 6 mil murieron, 10 mil fueron desplazados y entre 30 y 40 comunidades desaparecieron en esos años. El rostro de Enoc se ensombrece al recordar esto, cualquier seña de sonrisa ha desaparecido.

Enoc se concentra ahora en el futuro de su comunidad. Por el momento asegura que necesitan una lancha grande para sacar más plátanos y traerlos a Lima. Una cosa es tener productos, otra tener dónde venderlos, pero una muy distinta es poder transportarlos. 

Rubén Podestá lo sabe bien, así como el resto de ex cocaleros. Es un representante de la comunidad Yanesha de Palcazú, en Oxapampa. Del valle Pichis-Palcazú salió parte de la droga que pretendió enviar a EE.UU. el denominado clan Cerballón, desarticulado el año pasado en La Molina, cuando se le incautaron más de 600 kilos de cocaína. Pero a Lima también llegan las paltas, las yucas, el cacao y las granadillas que trae Rubén: unas cinco toneladas cada 15 días, aunque podría ser mucho más. 

Margarita Suárez, coordinadora del convenio por parte de Devida, cuenta que ahora se esfuerzan en encontrar compradores en mercados minoristas de la capital para las 17 asociaciones con las que trabajan. Este trimestre comenzarán esas reuniones.

No obstante, aunque haya un mercado interesado, uno de los principales problemas que enfrentan los agricultores para enviar sus productos a Lima es la falta de caminos y escasa mano de obra disponible, ya que el jornal de coca es más rentable. “Por un jornal de yuca se paga 30 soles, 60 u 80 por [uno de] coca”, agrega Rubén.

Uno de estos jornaleros fue alguna vez Laura Aylas Cárdenas, de 54 años. En 1980, cuando tenía 19, llegó a Tocache, en el Huallaga, y ahí vio por primera vez en su vida un billete de 50 soles. Fue hasta allá por la paga: necesitaba dinero para el tratamiento médico de su hijo recién nacido. En Lima quedaron sus padres, unos migrantes ayacuchanos, agricultores como ella en unas chacras cerca de Canta. Años después, Laura cambió un gran valle cocalero por otro: se mudó a San Martín de Pangoa, en el Vraem. Hoy vende piñas en Lima y asegura que ya no tiene nada que ver con la coca.

“Si esto no funciona en cinco años, la gente volverá a la coca”, dice sombrío  y con certeza Yordan Bailón. Él vive en Chaupiyacu, en el valle del Monzón (Alto Huallaga). La erradicación de coca del 2013 fue tan brusca, que los que cultivaban quedaron sin nada, muchos pasaron casi un año sin sustento.

“De 3.000 alumnos de una escuela, quedan 600”, agrega como lamentable estadística del soledad. Yordan estudia en ÁDEX para aprender cómo mejorar el comercio de sus productos. “Yo quiero que cuando piensen en el Monzón no piensen en coca, piensen en café, en el mejor café”, dice. Aún es pronto para saber si así será.