"El puente color Pikachú", por Pedro Ortiz Bisso

"El país entero pareciera que se fundaran de nuevo después de cada elección", dice el columnista

"El puente color Pikachú", por Pedro Ortiz Bisso

"Los pobres argumentos que esgrimió un funcionario de la Municipalidad de Lima para justificar por qué un tramo del puente Trujillo fue pintado de amarillo generan indignación". (Foto: Cristina Fernández / El Comercio)

Si la explicación hubiese sido que querían organizar una pokeparada y con ello aprovechar el fenómeno del Pokémon Go para que niños y jóvenes conozcan los atractivos del Centro de Lima, al menos habrían generado alguna sonrisa. De conmiseración, de vergüenza, pero sonrisa al fin.

Pero los pobres argumentos que esgrimió un funcionario de la Municipalidad de Lima para justificar por qué un tramo del puente Trujillo fue pintado de amarillo generan indignación. No solo revelan la falta de una política de  conservación del patrimonio de la ciudad entre quienes tienen la responsabilidad de manejarla, dan cuenta también de la improvisación con que se trabaja en la comuna –Jorge Paurinotto, subgerente de Servicios de la Ciudad, prácticamente le sopló la pluma a Palacio de Gobierno– y el profundo desprecio que existe hacia quienes habitamos Lima.

El mensaje entre líneas es altamente perturbador: nosotros manejamos la ciudad de esta manera. Si te gusta, bien; si no te gusta, mala suerte.

Nada de esto es una novedad. El estilo de la actual administración metropolitana ha sido el mismo desde el día 1 de su primera gestión. Y en esta tercera temporada no se han salido del libreto; es más, lo han profundizado bajo el insensato afán de marcar distancias con la gestión que los precedió. Ahí están los murales arrasados del Centro Histórico y el indisimulado desdén por la reforma del transporte como grotescos botones de muestra.

No obstante, es de justicia reconocer que la gestión solidaria no es la primera que antepone sus intereses partidarios al de la comunidad. El borrón y cuenta nueva es un deporte practicado con entusiasmo en todas las tiendas políticas locales. Los distritos, las provincias, el país entero pareciera que se fundaran de nuevo después de cada elección.

Se cambian funcionarios, se descabezan proyectos, se frustran iniciativas y, en el camino, se despilfarran millones de soles en aparatosos cambios de logotipos, eslóganes y colores institucionales.

La visión de estadista de quienes gobiernan la ciudad no excede los límites de la próxima elección. Sus atropellos los maquillan con ladrillo, innumerables carteles publicitarios y ríos de pintura amarilla. Lima no es el fin, sino el medio. Nada más.