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"Feria de sábado por la noche", por Renato Cisneros 

Crónica de una velada llena de ajetreos literarios y revelaciones inesperadas

"Feria de sábado por la noche", por Renato Cisneros

"Feria de sábado por la noche", por Renato Cisneros. (Ilustración: Nadia Santos)

"Feria de sábado por la noche", por Renato Cisneros. (Ilustración: Nadia Santos)

"Feria de sábado por la noche", por Renato Cisneros. (Ilustración: Nadia Santos)

1. Presento una novela sobre mi familia en la Feria del Libro. Cerca del final del evento, una persona pide la palabra. Es un señor, unos 60 años. Le alcanzan el micrófono, dice estar emparentado conmigo y por varios minutos se dedica a impugnar los comentarios que he hecho acerca del origen de mi apellido. Lo hace con un tono recriminatorio, diciendo “yo conozco la verdadera historia, tú no”. Al final, el incidente no pasa de ser una anécdota, pero me deja pensando en aquello de la tantas veces invocada ‘verdadera historia’ de las cosas. Nadie conoce la ‘verdadera historia’ de nada. Los hechos ocurrieron una vez; nadie puede reconstruirlos con fidelidad. Por eso las novelas no declaran verdades, apenas si pueden buscarlas sabiendo que fallarán en el intento. G.E. Lessing decía: “si me dieran a elegir entre buscar la verdad y encontrarla, elegiría buscar la verdad”.

2. La cola de firmas es larga. “Son como cuatrocientos”, me dice el hombre encargado de vigilar que todo transcurra ordenadamente. No es el número, sin embargo, lo que me impacta, sino las cosas que los lectores dicen cuando llega el turno de conversar brevemente. Un joven me confiesa: “cuando nací, mi padre se fue de la casa; tu novela despertó en mí las ganas de buscarlo, la semana pasada lo encontré”. Un señor, acompañado de un anciano, me cuenta: “él es mi padre, después de leer tu libro me habló por primera vez de mi abuelo, no sabíamos nada de ese hombre”. Una señora, cariñosa pero seria, cogiendo con fuerza mi antebrazo, me dice al oído: “mi padre fue sacerdote, espero sinceramente que tu libro cure la gran herida de mi familia”. Nunca dejará de impresionarme eso: uno se sienta a escribir a solas sin saber ni imaginar ni presentir las vidas que tocará. Si el éxito es real, si de verdad existe, no radica tanto en las críticas, las ventas ni las traducciones, como en ese emocionante viraje que cobran las vidas de los otros a raíz de algo que, en su día, escribiste pensando que no le importaría a nadie.

3. ​Termina la firma y salgo de la feria con bolsas en la mano. No contienen libros, sino regalos. No son regalos cualquiera, son obsequios para mi hija, Julieta, que aún no nace, de la que he hablado o escrito anteriormente. Juguetes, ropa tejida a mano, zapatos diminutos, pantaloncitos. De dónde viene tanto inmerecido cariño, pienso mientras abordo un taxi. En ese instante, desde Madrid, un amigo, el Chino Percy, me envía un mensaje de WhatsApp: “felicitaciones por la presentación, ¿cuándo regresas?, aquí te espera el completo anonimato”. Me río. Pienso en esa saludable duplicidad, en el accidente que en el fondo es el reconocimiento público, en la importancia de ser un completo Don Nadie en alguna parte del mundo.

4. Voy a una cena de escritores para rematar la noche del lanzamiento. Algunos de los autores más célebres del país están aquí. También otros extranjeros. Uno de ellos llama la atención por su actitud silenciosa, contenida, diríase reservada. No es un autor literario propiamente. Es colombiano y se llama Sebastián Marroquín. En realidad se llama Juan Pablo Escobar, pero tuvo que cambiarse de nombre hace tiempo por la estigmatización que padecía por ser hijo del narcotraficante más famoso del mundo, Pablo Escobar. Acabada la cena, ya en un grupo reducido, buscamos un bar tranquilo donde continuar la charla. Somos apenas cuatro. Ante la falta de alternativas, el hijo de Escobar decide meternos a todos en su habitación del hotel donde se hospeda para beber allí los últimos whiskies de la madrugada. Allí hablará, con estremecedora frialdad, de algunos de los crímenes del cartel del Medellín. Con el paso de los minutos se va gestando entre los presentes esa camaradería que suelen alentar el alcohol y las confesiones. Al despedirnos, intercambiamos correos. “Para cualquier cosita que necesites, se trate de lo que se trate, estoy a tus órdenes». En el taxi de vuelta, fantaseo con algunas de esas posibles necesidades, esas órdenes, esas consecuencias”.

Esta columna fue publicada el 29 de julio del 2017 en la revista Somos.

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