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La pareja de enamorados que capturó a Abimael Guzmán [FOTOS]

Los agentes del GEIN ‘Ardilla’ y ‘Gaviota’ fueron la pareja que entró a la casa que escondía al líder de Sendero. Ella redujo a Maritza Garrido Lecca; él, a Abimael Guzmán. Llevan 24 años de casados 

La primera vez que Julio Becerra y Cecilia Garzón cruzaron miradas en las instalaciones del Grupo Especial de Inteligencia de la Policía (GEIN) no saltaron chispas de atracción ni sonó alguna música romántica de fondo. Pasa a veces que los afectos se abren paso de modos misteriosos y el de ellos surgió así, de un odio sulfúrico que se tenían, motivado por una batería de radio. El asunto fue así: el entonces alférez ponía a cargar la suya en la oficina, por la noche, y la suboficial superior se la llevaba en las mañanas sin pedirle permiso. La primera vez fue un descuido de Cecilia, pero el problema que armó el otro fue tal que las siguientes veces lo hacía a propósito.

“A mí él me parecía un pesado, demasiado pegado a las reglas”, dice Cecilia con la voz fastidiada, como si el recuerdo reanimara la antipatía de aquellos días. Julio la mira y sonríe. “A mí ella siempre me gustó, me parece una mujer muy inteligente y valiente”, reconoce desde la casa que comparten hace 24 años en San Miguel.

De los más de 80 agentes que integraban el grupo de policías que capturó a la cúpula de Sendero Luminoso el 12 de setiembre de 1992, solo tres eran mujeres. Que Julio y Cecilia, los agentes ‘Ardilla’ y ‘Gaviota –sus nombre clave–, resolvieran sus diferencias y se emparejaran fue un hecho extraño pero providencial para su jefe, el coronel Benedicto Jiménez, que al fin tenía una pareja que pudiera hacer operaciones encubiertas, como si fueran enamorados.

Fue su estatus sentimental el que los llevó esa tarde de setiembre a apostarse en una bodega al lado de la casa de Surquillo en donde se escondía Abimael Guzmán, líder de Sendero Luminoso. El éxito de la captura dependía de que ambos interpretaran de modo convincente el rol de enamorados que se quieren mientras esperaban que la residencia se abriera. Fue una espera de más de dos horas mientras alargaban una gaseosa y una bolsita de Tor-Tees, lo único que pudieron comprar en la bodega con el magro presupuesto asignado. “¿Cuánto más vamos a alargar esta gaseosa? Ya tenemos acá dos horas, van a sospechar”, les dijeron a sus superiores. Alguien en la radio bromeó. “Empiecen a chapar entonces”.

‘Ardilla’, todo comenzó en Villa

El día que lo asignaron a la Dirección Contra el Terrorismo, un par de años antes de la captura del siglo, la mamá de Becerra no dejaba de llorar. “Hijo, qué has hecho, por qué te castigan”. El alférez de 23 años, miembro de la promoción Forjadores, la segunda de la PNP desde su unificación, había mostrado un buen desempeño. “Que te mandaran a la Dincote se veía como un castigo; nunca supe por qué me mandaron ahí”, cuenta. Para Cecilia Garzón, que la derivaran a esa división policial fue una bendición. Ella soñaba con el trabajo de campo, no con la aburrida labor de escritorio.

La asignaron para seguir a los del MRTA, mientras que a ‘Ardilla’ lo mandaron al grupo que vigilaba a Sendero. Eso también fue un motivo de disputa. “Es que a los que vigilábamos a los senderistas nos parecía que los otros se la llevaban fácil. Los mandaban a Miraflores, mientras que nosotros teníamos que trepar cerro todo el día”, rememora el hoy comandante PNP Becerra. 

Seguir a terroristas era una chamba sin descanso, que no conocía fines de semana. Si un subversivo se iba a dormir a su casa, había que hacer guardia al menos un par de horas más por si se levantaba en la madrugada. Había que tener, además, cuatro mudas de ropa en la mochila, para cambiar de apariencia durante el día y no ser descubiertos. Otras veces tenían que interpretar papeles. ‘Ardilla’ salía con un charango, como si fuera músico folklórico, aunque no tocara una nota de ese instrumento.

Para el año 1992, seguir a Sendero Luminoso se volvió una tarea tan trabajosa que ‘Gaviota’ fue asignada al grupo de su archienemigo, ‘Ardilla’. Y fue en una misión conjunta, siguiendo a unos miembros del órgano de propaganda de Sendero, en Villa El Salvador, que el infaltable clic entre ambos se produjo. Desde entonces fue común una frase en el GEIN que los demás repetían por la radio, para fastidiarlos:

–[BLIP] ‘Ardilla’, ‘Ardilla’... todo comenzó en Villa [BLIP].

Si te mueves, te mato 
La puerta de la casa de Los Sauces se abrió por la noche y de ella salieron Maritza Garrido Lecca y Carlos Incháustegui, inquilinos de la propiedad y cuadros de SL, junto con dos civiles que habían ido de visita. ‘Gaviota’ y ‘Ardilla’ se encomendaron a Dios mientras sacaban sus armas. “¡Quietos! ¡Policía!”. En la puerta, Incháustegui forcejeó con ‘Ardilla’ para quitarle el revólver y se tiró al suelo cuando ‘Gaviota’ puso orden con un disparo al aire.

La misión de Becerra era no permitir que se cerrara la puerta, hasta que llegasen refuerzos. La adrenalina pudo más y decidió ingresar solo al domicilio. En el segundo piso derribó una tapia y ahí encontró a Guzmán. Lo rodeaban sus partidarias Elena Iparraguirre y Laura Zambrano. “Si te mueves, te mato”, le dijo, apuntándole con su Smith & Wesson. Las camaradas se le tiraron encima a jalarlo del pelo, pero él no dejó de apuntarle. Sus compañeros lo rescataron, mientras por radio confirmaban la noticia: “‘Cachetón’, positivo. Lo tenemos”. 

Una vida juntos 
​Seis meses después de la histórica caída del Comité Central de Sendero, lo que provocó el colapso del grupo terrorista y casi el fin de la guerra, Becerra y Garzón se casaron. Con los US$ 15 mil de recompensa que les dieron se compraron una casa, en la que hasta hoy viven. En los pisos superiores alquilan cuartos a universitarios para apuntalar la economía familiar. Ella se retiró de la PNP y hoy trabaja en un colegio. Él estudia para ascender al grado de coronel. Siente que ya le toca y por las noches memoriza un manual enorme con 5 mil preguntas.

No tuvieron hijos, aunque lo intentaron. Él tuvo una hija de otra relación, un episodio que la pareja superó con creces. Cecilia quiere mucho a la niña, dice, aunque no viva con ellos. “A mí me da pena cuando veo que los chicos ven una foto de Guzmán y dicen que es un filósofo. Es como si nuestro esfuerzo no hubiera valido”, dice Becerra con desazón. No obstante, viendo las cosas a la distancia, siente que no se arrepiente de que lo hayan derivado aquella vez a la Dincote, aunque no le tocara. No fue un castigo, sino un premio. Allí conoció a grandes amigos, la gloria y se sintió parte de la historia. No cambiaría lo que le pasó por nada del mundo. 

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