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"Respuesta equivocada", por Renato Cisneros

Una charla prenatal muy parecida a una emboscada

"Respuesta equivocada", por Renato Cisneros.

"Respuesta equivocada", por Renato Cisneros. (Ilustración: Nadia Santos)

"Respuesta equivocada", por Renato Cisneros. (Ilustración: Nadia Santos)

"Respuesta equivocada", por Renato Cisneros. (Ilustración: Nadia Santos)

Entro con Natalia a la primera clase del curso de preparación para el parto que, bajo el título Educación Maternal Grupal, se dicta a futuros padres primerizos en el centro de salud del barrio. En la sala hay veinte parejas sentadas en ronda. Las miradas son indagadoras; las sonrisas, cordiales. Según lo que he leído, aquí van a enseñarnos, entre otras cosas, las técnicas de respiración más convenientes durante el alumbramiento y a dar consejos básicos para el posparto, la lactancia y los cuidados del recién nacido. Puede ser divertido, pienso. 

De repente ingresa una señora, se presenta como “la matrona” y saluda con sequedad al auditorio. Es una mujer alta, de unos 60 años. Se mueve con pesadez, sin ganas de disimular su hartazgo por tener que impartir este curso “una vez más”. Después de repartir separatas, nos insta a presentarnos individualmente y comentar nuestras expectativas. La mujer corrige cada intervención: no hay participante que salga bien librado de la encuesta. A medida que se acerca mi turno siento los nervios propios de un examen oral. Cuando me toca hablar, intento romper el hielo con una broma, pero nadie se ríe. A mi lado, Natalia se toma la cabeza. La matrona me mira con aversión. Se acabó el entretenimiento, me digo. 

Minutos después, la clase se inicia de manera formal. Empiezo a tomar rápidas notas en mi libreta, pero la matrona habla a toda velocidad proporcionando una gran cantidad de datos sueltos acerca de “los cambios fisiológicos y psicológicos durante el tercer trimestre del embarazo”. No hace pausas. Mi letra se vuelve ilegible, taquigráfica. Siempre odié los dictados: la mano cansada, impotente por no poder seguir el ritmo de la voz de los profesores.

Encima esta mujer usa términos y conceptos que me suenan a chino cantonés: higiene postural, suelo pélvico, episiotomía, técnicas de afrontamiento del dolor, cuidados del puerperio, tapón mucoso. Miro alrededor y, para mi sorpresa, todos, Natalia incluida, asienten con familiaridad, como si estuvieran repasando juntos una lección aprendida meses atrás. Igual que en las remotas horas de Aritmética o Química, me siento extraviado, tiro la toalla y me dedico a hacer dibujos en la última hoja. Mi primera víctima, desde luego, es la matrona. La dibujo cegatona y chimuela, con rizos, anteojos enormes, nariz ganchuda, bigote.

“¡A ver, usted, responda!”, oigo de pronto. Levanto la vista lentamente y descubro a la mujer señalándome. “¿Yo?”, indago, como si así pudiera evadir lo inevitable. “Sí, usted”, confirma. Ahora me parece verla idéntica a la colérica profesora de Inglés que traumó a generaciones en la secundaria de mi colegio. Solo le falta la gruesa vara de madera en la mano. “A ver, dígame, ¿para qué sirve el masaje de periné?”. La pregunta, por supuesto, me deja estático. Noto en las pupilas de la matrona un malicioso brillo de satisfacción. Natalia me suplica con los ojos, como si estuviésemos en un programa concurso y de mi respuesta dependiera que ganemos el soñado viaje al Caribe con todo pagado. Se percibe el suspenso en el aire de la sala. Siento la presión de veinte pares de ojos posarse sobre mí. En algún lugar de mi cerebro suena un largo redoble de tambores y una cuenta regresiva. Dónde carajo queda el periné, vacilo por dentro, volviendo con vértigo a las clases de Anatomía del colegio, dándome reproches retroactivos por no haber prestado atención, por haberme dedicado a dibujar allí también. Hago memoria: periné-periné-periné. ¡Claro!, celebro de súbito, seguro de haber dado en el clavo, y abro la boca dispuesto a contestarle a la mujer y desatar aplausos entre los futuros padres. “Sirve para evitar los calambres”, digo, ganador, tomándome ilustrativamente la pierna derecha a la altura de la canilla. Las risas, ahora sí, estallan contra paredes y ventanas. “¡Ese no es el periné, es el peroné!”, me resondra la matrona. El timbre de ‘respuesta equivocada’ suena en mi mente. Natalia vuelve a tomarse la cabeza. Sabe que he fallado. Que el periné queda en otra parte. Que no iremos al Caribe. 

Esta columna fue publicada el 12 de agosto del 2017 en la revista Somos.

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