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Wiñaypacha: la primera película en aymara [FOTOS] 

Wiñaypacha cautivó en el reciente Festival de Cine de Lima. Dos ancianos de Puno son el eje de la historia considerada un milagro del séptimo arte nacional

En el idioma aymara no existe una palabra para nombrar al cine. Tampoco para designar a las cámaras, los micrófonos, los monitores, la claqueta ni nada de lo que tenga que ver con el proceso de rodar un largometraje. La señora Rosa Nina, una abuela de más de 80 años proveniente de una comunidad en las alturas de Puno, no sabía ni qué era una película cuando el cineasta Óscar Catacora (30) la encontró y le ofreció el papel protagónico de su ópera prima, Wiñaypacha. El director y su equipo andaban buscando a la actriz de su película en las comunidades porque en la capital de Puno nadie había acudido a su llamado de cásting. A Rosa la idea le pareció divertida y no lo pensó mucho cuando les dijo que sí. Durante cinco semanas, a más de 5 mil metros de altura, Rosa y Vicente Catactora, otro octogenario sin experiencia como actor, interpretarían a dos adultos mayores que sobreviven al pie de un nevado, en condiciones de penuria, mientras añoran la ausencia de su hijo que los abandonó para irse a la ciudad.

Desde el inicio el cineasta tenía claro que quería hacer una película con dos actores, donde el paisaje se sienta como un personaje más, sin exotismos gratuitos, y que esté enteramente hablada en aymara. “El mundo se está globalizando, las ciudades llaman a la gente joven y las comunidades andinas se van quedado olvidadas, no solo ellas, sino su cultura. Yo creo que los ancianos son como los apus, son cerros sabios que permanecen, pero esa idea se está perdiendo”, dice por teléfono Catacora, quien se encuentra contento con la mención honrosa que ha recibido su cinta en la reciente edición del Festival de Cine de Lima, donde se estrenó. La película no entró en competencia, pero cautivó a los críticos. Para Ricardo Bedoya es una cinta “sin antecedentes” y que “marca una fecha en el cine peruano”. El crítico Claudio Cordero afirma que su existencia es un “milagro” para la cinematografía nacional, mientras que Alberto Castro, del blog Encinta, asegura que se trata del mejor estreno nacional que se haya visto en años.

Catacora habla sobre su oficio con seguridad. Se entrenó primero como cinéfilo, desde niño, viendo películas japonesas de Akira Kurosawa y Yasujiro Ozu que llegaban hasta su televisor, en el distrito de Acora (Puno) con la trémula señal de TvPerú. Luego, de adolescente, conoció el cineclub de Puno y estudió Ciencias de la Comunicación. “Wiñaypacha significa ‘eternidad’, concepto que está en la película como metáfora. En la cosmovisión andina, el tiempo es circular, siempre vuelve, no es como la idea europea de que el tiempo es lineal. Por eso los personajes esperan el regreso de su hijo”, se explica.

Neorrealismo en los andes
Lo que ha llamado la atención de la película es su propuesta formal, bastante madura para ser una primera obra. Wiñaypacha es una película pródiga en silencios, como en algunos clásicos orientales, que apenas tiene 96 planos, grabados todos con cámara fija, al estilo de Ozu o John Ford. La historia es mínima en argumento, pero poderosa en su efecto conmovedor, pues el cineasta se inspiró en el recuerdo de sus abuelos y en otros adultos mayores.

“Trabajar con ellos fue como un juego. Teníamos que decirles durante los ensayos que íbamos a jugar, que se olvidaran de la cámara, para poder avanzar”, recuerda el director. La comunicación también supuso un reto porque en la cultura andina se puede percibir como una falta de respeto que un joven dé órdenes a los más viejos. Para ello debieron usar un mediador, un adulto mayor que había sido autoridad en Puno, para que transmitiese los pedidos del director sin que les suenen ásperos o altisonantes.

La mirada de adentro
Al interior del Perú se hace un aluvión de películas que escapan al ojo capitalino y que, sin pedirle permiso a nadie, han conformado solitas un circuito paralelo, sobre todo en las ciudades de Puno, Ayacucho, Junín y Cajamarca, que es donde más se produce. Los investigadores Emilio Bustamante y Javier Luna Victoria, autores del reciente libro Las miradas múltiples (Universidad de Lima, 2017), escriben que todo empezó hace dos décadas y han contado más de 200 películas de este tipo realizadas entre 1996 y el 2016. Eso es el doble de las que se han hecho en Lima en ese periodo. Al fenómeno se le ha conocido como ‘cine regional’, aunque el nombre genere escozor en algunos cineastas, como el mismo Catacora, que lo consideran discriminante. Se trata en su mayoría de cine artesanal, hecho con recursos modestos, pero que emociona a su público.

Los críticos creen que Wiñaypacha es una muestra de las cimas expresivas a las que puede llegar ese cine que se hace fuera de Lima, con talento y capital regional. Un antecedente sería Chicama (2013), cinta trujillana de Omar Forero, que ganó cinco premios en el Festival de Cine, incluida mejor película peruana. Catacora prepara ahora su segunda película, que contará las rebeliones indígenas de 1780. Mientras estudia las posibilidades de mandar Wiñaypacha a festivales internacionales y pasar por el vía crucis de estrenar la cinta comercialmente en varios puntos del país. Podríamos tener buenas noticias de ella para el 2018.

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