GABRIELA MACHUCA Revista Somos

Un niño de cuatro años vestido con un traje de astronauta tropieza y cae prácticamente en mis pies. Se para y sigue corriendo de un lado a otro sobre la NASA Causeway, una pista que va sobre el río Banana y que une el Centro Espacial Kennedy con Cabo Cañaveral, la legendaria estación de la fuerza aérea estadounidense desde donde hace más de 50 años son enviadas naves fuera de este planeta. No le importa que sean las 6.30 a.m. o los 7 grados de temperatura. Está tan ansioso como las otras 1.000 personas que allí nos hemos reunido, friolentos pero felices, el 1 de marzo. Faltan casi cuatro horas para ver un intento más del hombre por ganarle a ese titánico e inacabable reto llamado espacio y en algo se tiene que volcar la emoción.

Él quema calorías, pero la mayoría, cómo no, prepara cámaras fotográficas y ensaya tomas con lentes de todos los tamaños, de esos que parecen bazucas hasta, ilusamente, los que vienen en el celular. A pesar de estar a unos nueve kilómetros de distancia, este es el mejor sitio al que cualquier mortal puede acceder para observar el lanzamiento del cohete Falcon 9, que lleva consigo la cápsula Dragon, la cual tiene como fin llevar equipos a la Estación Espacial Internacional (EEI) que orbita la Tierra a 385 kilómetros con dirección al cielo. La puesta en marcha de la misión Space X CRS-2, como así se le ha llamado, tiene pues a unos sentados en graderías de metal, a otros sobre mantas o en sillas de playa. Mientras, de cuando en cuando, de unos parlantes se oye en el descampado una voz del tipo “Houston, we have a problem” que en inglés va dando detalles de lo que está ocurriendo: “las condiciones climáticas son favorables a pesar de la nubosidad…”, “la torre de control confirma que el lanzamiento será a las 10.10 a.m….”, “…tres horas para la dar inicio a la operación…” Y uno no puede aguardar más por ver con los ojos propios lo digerido de los libros, las noticias o las películas. Todo viene de porrazo a la cabeza: la huella de Armstrong en la luna, la Guerra Fría, la maqueta del sistema solar que hiciste en el colegio, el robot Curiosity en Marte, Bruce Willis, Aerosmith y su Armagedón… todo. Faltan dos horas.

LANZAMIENTOS ESPACIALES En algo coinciden todos en el área conocida como la costa espacial de Florida: un lanzamiento siempre es emocionante, no importa cuántas veces lo hayas visto (también en que los nocturnos son los más espectaculares). Lo dicen los que viven en pueblos que la conforman como Cocoa Beach, Titusville, Melbourne o Vero Beach, y también quienes trabajan en el Centro Espacial Kennedy, ya sea para la NASA o para empresas privadas que les brindan servicio. Son más especiales ahora porque son menos frecuentes desde el 2011, año en que culminó “la era de los transbordadores” con el último vuelo del Atlantis. Durante tres décadas, esta y otras cuatro de estas naves tripuladas por astronautas fueron al espacio (y regresaron) en 135 oportunidades por diferentes misiones (ir a la EEI, mantener satélites o el telescopio Hubble, estudiar la Tierra, entre otras), pero el programa se cerró porque cada vez era más caro y no lograba objetivos mayores. Desde entonces, de Cabo Cañaveral hay solo un promedio de cuatro lanzamientos al año.

Walter Dermony trabajó por décadas en el área de control de calidad técnica de la Grumman Aerospace Corporation, una empresa que fabricaba aeronaves a la NASA. Participó en la mítica misión del Apollo 11, la que llegó a la luna por primera vez (sí, se fue allá en cinco ocasiones más). Conoció a Armstrong, Aldrin y Collins y hoy, jubilado, es guía voluntario en el complejo turístico del Centro Espacial Kennedy. Vaya que extraña esas épocas en las que se veían despegues solo con semanas de diferencia. “La gente aquí en NASA no se aburre de ver los lanzamientos, paran la rutina, salen de sus oficinas para alzar la cabeza hasta ver los cohetes desaparecer. Es algo que simplemente no puede pasar desapercibido”.

LA ESPERANZA PRIVADA Falta media hora para ver cruzar el Falcon 9 y el Dragon por el cielo sin ningún ser humano en su interior. Ambos han sido fabricados por la empresa privada Space X, la cual firmó un contrato de 1.600 millones de dólares con NASA para hacer 12 misiones de trasporte de carga a la EEI. Esta es la segunda. “Hay mucha expectativa en las alianzas entre el sector privado y la NASA para que se revitalice la actividad espacial golpeada por la crisis. Eso a nivel general, por supuesto, pero también local. Cuando dejaron de salir los transbordadores el turismo se fue abajo aquí, además mucha gente perdió su empleo, desde astronautas hasta el que vende camisetas”, cuenta el ingeniero de la empresa Boeing, Christopher M. Short, quien junto a su novia, Kathy toma café de un termo en las graderías a la espera del conteo regresivo.

Cinco minutos. “Está nublado. Abre bien lo ojos porque va a desaparecer en nueve segundos”, me sugiere el señor Short avalado en experiencias previas y tú solo quiere conseguirte esos aparatitos con los que le mantenían los ojos abiertos al protagonista de “La naranja mecánica” para no parpadear. Va aumentando más la tensión. La gente empieza a pararse, a moverse. Todos parecen dudar de la ubicación en la que están, de si tomar fotos en ráfaga o mejor perennizar el momento en el cerebro. Nadie, sin embargo, parece arrepentido de haber luchado por un ticket de entrada a este punto sobre el río Banana. Sucede que presenciar un cachito de la historia espacial es más sencillo de lo que uno se puede imaginar. Cada boleto para ver un lanzamiento, vendido por el centro turístico del Centro Espacial Kennedy, solo cuesta 56 dólares. Pero, claro, es como en las finales de los campeonatos, vuelan rompiendo la barrera del sonido.

CONTEO REGRESIVO Tres minutos. Mientras, en el pueblo más cercano, Cocoa Beach, miles de personas también alistan binoculares en puntos locales clásicos: Jetty Park, Puerto Cañaveral, el muelle de Cocoa Beach Después de todo, máquinas que pesan toneladas y con grandes colas de fuego expulsadas hacia arriba también pueden verse fuera de los cercos gubernamentales. Muchos, sobre todo los que llegan de otras ciudades o países y no alcanzan entrada, matan los minutos que quedan silbando la canción de la serie de TV sesentera “Mi bella genio”, pues precisamente en este lugar vivían los personajes ficticios de Jeannie y el astronauta, mayor Anthony Nelson. Los lugareños que se trasladan a estos sitios, en cambio, lo hacen por mejores fotos para su colección. Están también los más románticos, quienes se quedan contemplando tranquilos desde el jardín de sus casas. Una de ellas es Cat Lucarelli, vendedora de una tienda en el muelle de Cocoa Beach. “Hubo mucha publicidad sobre este lanzamiento, pero hay uno que otro que ni siquiera aparece en los calendarios de NASA. Estás en tu cocina y de pronto oyes un gran ruido. Sales y ve un cohete en el aire. Los mandan en secreto para espionaje, satélites y esas cosas”, cuenta.

Diez segundos y otra vez la voz en los parlantes. Nine, eight, seven … la gente empieza a contar… six, five, four ¡te prometes a ti mismo que también tienes que ver un lanzamiento de noche! … two, one… ¡Y para arriba! Sí, estás viendo, escuchando y sintiendo otro pequeño paso del hombre, otro gran paso para la humanidad. Aplausos, silbidos, click click click de cámaras y woo-hoo´s de porras. Mil cabezas inclinándose en 45 grados simultáneamente en un intento por llegar a las estrellas. El cohete es más pequeño de lo que uno se imagina, pero, claro, está sacando de la atmosfera una capsula y no un transbordador. No importa, igual es pomposo, con su cola amarilla perfecta Pasan los nueve segundos del señor Short y se mete en un techo de nubes grises. No se le observa más, pero sí la luz del fogonazo. Muchos la siguen lo que pueden. Otros desenvainan el IPad y entran ahí mismo a la página web de la NASA para ver la transmisión en vivo, lo que se ve desde el cohete captado por sus cámaras. Cabo Cañaveral alejándose, luego Florida, luego la Tierra. Por último, reacciones de todas las tramas: “¡Mamá, viste la cola, parecía un cometa!”, grita un niño entusiasmado. “¡Foto perfecta! ¡Bien pagado este lente…!”, exclama por otro lado un aficionado. “Bello, ma no duró ni merde…”, dice entre tanto un joven italiano. La gente emprende el camino a casa, y la nave, a la frontera final.

RECUADRO ¿Qué pasó con la nave? La nave, conformada por el cohete Falcon 9 y la capsula Dragon, tuvo problemas poco después del despegue. Se superaron, pero esta última se acopló a la Estación Espacial Internacional (EEI) un día después de lo previsto, el 3 de marzo. La Dragon llevó 544 kilos de suministros para los experimentos de los astronautas que habitan por meses en la EEI. También mandaron fruta fresca. La capsula es la única capaz de volver a la Tierra. Su retorno ocurrió el 26 de marzo con un amerizaje en el mar de California. Trajo poco más de una tonelada de carga, incluidos materiales de investigación técnica y equipos.