En su último post, Iñigo Maneiro recuerda sus primeros días en el país y su vida en el Alto Marañón, Huanchaco, Urubamba, Madre de Dios y Lima
IÑIGO MANEIRO
Un día como hoy, hace 18 años, llegué al Perú. Pasé una semana en el centro de Lima, en La Colmena, detrás de la Universidad Federico Villarreal. Llegaba del País Vasco, una región especialmente lluviosa del norte de España, por lo que me sorprendió el gris permanente del cielo limeño, un gris indefinido que presagia lluvia y tormentas pero que no modifica lo más mínimo una condición meteorológica que se mantiene igual durante los meses de invierno.
Recordando esas primeras sensaciones, en un país nuevo para mí, me llamó la atención la falta de tachos para basura en las veredas, las bancas donde poder sentarse en la calle, el que todo el mundo estuviese abrigado y yo en polo de manga corta, porque las temperaturas del inverno de acá son como las primaveras suaves de donde venía, y el olor de la calle, una mezcla de comidas y fritangas, puestos ambulantes, tráfico y qué más sabré yo.
Durante una semana estuve en Lima, caminando por su centro y haciendo los trámites de extranjería. Después, tomé un avión y me fui a Arequipa. Ahí vi mi primer cielo azul del Perú, un intenso azul delineado por la silueta de los volcanes arequipeños. Desde entonces tengo un cariño especial por este departamento. En esta ciudad tomé un tren que, 28 horas después, a través del Altiplano, Juliaca y los valles andinos, me dejaría en Cusco. Un viaje con un tren abarrotado de gente, en el que para ir al baño había que caminar por los reposabrazos de los asientos, con un frío atroz, porque las ventanas no cerraban bien, y rodeado de todos los bultos, animales y sacos de tubérculos de la gente que se desplazaba por sus comunidades.
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