Piedras de los desiertos: arte rupestre en Nasca

El Perú es uno de los grandes destinos mundiales de este arte y los desiertos de esta provincia iqueña acogen antiguas manifestaciones artísticas

IÑIGO MANEIRO

Mi amigo Billy Hare, uno de los mejores fotógrafos del Perú, tiene un don especial con las piedras. Quizá sea el artista peruano con el mayor registro fotográfico de sitios arqueológicos en el Perú. A ambos nos gusta especialmente el arte rupestre. Hemos viajado juntos por la sierra, selva y costa, y siempre me ha mostrado lugares arqueológicos escondidos en valles y desiertos, como los que desde hace varios meses está registrando en Nasca.

Esta provincia es un destino peculiar. Todo gira en torno a las líneas que cubren sus pampas. Pero en sus cerros y en sus dunas, Nasca ofrece también otras experiencias que combinan naturaleza y aventura y que gente como Billy Hare, Olivia Sejuro o Edmundo Watkins se empeñan en dar a conocer. Entre huarangos, cactus y rocas aparecen antiguas iglesias jesuitas, petroglifos, pinturas de colores e inmensas dunas.

ESCONDIDOS ENTRE LA ARENA
Los petroglifos y las pinturas rupestres nos remiten a antiguas expresiones de los pueblos. Tienen significaciones de tipo ceremonial, pero también indican lugares de descanso o señalizaciones en las rutas.

Hace unas semanas, el Perú recibió una mención internacional, un nuevo récord, en el que lo reconocen como uno de los 15 países del mundo con mayor riqueza en arte rupestre.

Según el especialista Rainer Hosting, hay cuatro tipos arte rupestre. Las pinturas, para las que utilizaron colores de origen vegetal y mineral; geoglifos, como los de Nasca, Palpa o las figuras que se encuentran en Llipata. También existen los petroglifos o grabados en roca por incisión y abrasión, y el arte mobiliario, dibujos en pequeñas piedras. Nasca y sus alrededores como Palpa, Huayurí o la carretera hacia Pampa Galeras, es uno de esos destinos para conocer petroglifos y geoglifos. A veces conlleva travesías por el desierto con 4×4 o areneros; otras, caminatas suaves por los cerros o cerca de las pistas.

En Chichictara, Palpa, a 10 kilómetros de la Panamericana, dos cerros guardan cientos de petroglifos grabados sobre rocas que miran a ese valle de naranjas y mangos.

Majuelo se encuentra entre los desiertos de Usaca y Huaricangana, pasando por un estrecho y largo cañón de rocas y arena. En este lugar se encuentra el petroglifo más grande, un cetáceo mítico protegido por un abrigo rocoso.

Los valles agrícolas como Las Trancas o Ingenio son los lugares donde hay más restos. En el valle de Aja se ubican los sitios de San Marcos y Pongo, y más arriba, camino a Pampa Galeras, también se observan petroglifos junto a los batanes de piedra.

Es necesario un buen registro en todo el país y el conocimiento de los operadores turísticos de Nasca, a fin de facilitar a los visitantes quedarse para, no solo volar las líneas, sino también para recorrer los desiertos.

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