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Perú

Viernes 18 de mayo del 2012 11:25

VIDEO: la extrema experiencia de hacer bungee jumping y slingshot en Cusco

Lanzarse al vacío desde una plataforma de 122 metros o salir disparado como una bala hacia el cielo. Todo esto se puede disfrutar en la Ciudad Imperial

ÁNGEL HUGO PILARES (@angelhugo)
Redacción online

Ahí, parado al borde del precipicio, uno trata de buscar un momento de su vida por si algo falla. No lo encuentro y miro hacia abajo a pesar de las mil advertencias que me ha dado el tipo que me tiene sujeto de un arnés a la espalda. Mirar hacia abajo es lo peor que puedes hacer antes de dar ese paso que falta.

Abajo está Action Valley que es, desde el 2001, esa especie de Disneylandia para aquellos a los que les gusta sentir el temblor en las manos, la revolución en el estómago y el corazón latiendo a mil por hora por culpa de la adrenalina. Hay un campo para paintball y una palestra. Y el monstruo en el que estoy montado: estoy parado en una caseta que se ha elevado 122 metros para dejarme hacer el bungee jumping más alto de Sudamérica y dar un salto de fe al vacío, ahí donde veo a gente del tamaño de las hormigas.

Para llegar, lo más difícil es decidirse: puedes tomar una combi o un taxi rumbo al kilómetro 11 de la carretera a Poroy que te cobrará la vida si se da cuenta a dónde vas, y en 15 minutos llegas a ese lugar donde los únicos requisitos son no tener problemas cardíacos y estar lo suficientemente loco como para arrojarte. Yo no soy loco, aunque de eso duden mis amigos. No tengo problemas del corazón peores que los tuyos. He hecho un estiramiento digno de atleta antes de subir porque es requisito. Y las piernas me tiemblan como hace más de una década, cuando le caí a mi primera enamorada. También esa vez fue un salto al vacío y algo, al borde del precipicio, espera que mi camino al suelo sea igual de suave.

Pero no: si las clases de física de mi colegio no me fallan, en el vacío, un cuerpo (mi cuerpo) recorre en tres segundos de caída libre cerca de 45 metros a casi 108 kilómetros por hora. Acá, por el rozamiento del aire y demás temas técnicos, debe ser un poco menos, pero se compensa con la sensación de haber muerto entre cada pulsación. Luego la cuerda empieza a tensarse y rebotas mil quinientas veces esperando que te bajen.

Del bungee jumping, una vez que has bajado sano y salvo, sales con temblores y sin pensar muy claro. Solo tienes en la cabeza la fotografía que tomaste con los ojos y la misma sensación de un día de glotonería: quieres más. Miras de nuevo la torre y aceptas lanzarte de nuevo.

Para eso está el slingshot, una modalidad en la que no asusta tanto decidirte, pero en la que mueres de pánico una vez que te sueltan del piso. Otra vez te colocas los arneses que, para este instante, ya conoces a la perfección. Una sola cuerda te ata al piso mientras ves que el gran elástico al que estás atado está, en su otro extremo, fijado en esa caseta a más de cien metros arriba tuyo. Manos sosteniendo los arneses del hombro, mentón pegado al pecho y un operario que te suelta en un segundo son suficientes para empezar a sentir una de las sensaciones más devastadoramente emocionantes de tu vida.

Recorres 130 metros en tres segundos y tu cuerpo soporta una fuerza que es casi cuatro veces la de la gravedad. Lo mismo que en una montaña rusa superveloz, pero sin carrito. Ahí sabes lo que debe sentir Superman al elevarse y casi te sientes como él hasta que empiezas a rebotar como un muñeco en manos de un titiritero experto. Un israelí que se lanzó de ambos justo antes de que yo dejara atrás mi miedo y me arriesgara a lanzarme y luego a volar me dijo: “El bungee jumping asusta, el slingshot es más excitante”. Me mintió, sentir que te elevas y vuelves a caer puede ser tan temerariamente divertido como intentar hacer un clavado hacia el vacío. No es barato (cada una de estas diversiones cuesta 230 soles), pero es el lugar donde decides que no hay nada que temer, excepto a ti mismo.