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Alejandra Guerra: "Amo todo lo que hago"

Alejandra Guerra inicia una nueva etapa académica sin dejar de lado la práctica del yoga y su adición por cocinar comida oriental para liberarse de la vorágine del día a día.(FOTO: Rafo Iparraguirre)

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Por Andrea Castillo C.

Alejandra Guerra disfruta estar en los escenarios tanto como enseñar en la Facultad de Artes Escénicas de la PUCP. Formada en actuación en la Universidad Carnegie Mellon (EE.UU.) y en la Escuela de Jacques Lecoq (Francia), y con diez años de carrera, la actriz de 42 años ha perdido el miedo a la crítica. La vida –dice– le ha enseñado a ser más tolerante consigo misma.

Y, aunque ha perdido la cuenta de todas las vidas vividas en las cuatro tablas, en la TV y el cine, Alejandra siente una especial atracción por los personajes complejos. En Estados Unidos, participó en obras de teatro como “Gulliver’s Travels”, “Hamlet” y “The Green Bird”. Aquí, fue Dora, una mujer calculadora, en “Flechas del ángel del olvido” (2006), su primera obra en el Perú; Katrinn, una joven muda en “Madre coraje y sus hijos” (2010); y Marcela Núñez, la propietaria de un canal de TV en la telenovela “Los Exitosos Gómez” (2010). También, Milagros, una mujer condenada injustamente por terrorismo en la película “Cuchillos en el cielo” (2012); y, recientemente, Marguerite Duras, en  “El dolor”, cuya reposición se verá en octubre próximo. 
Ahora, se organiza para terminar en tres años una maestría en Estudios Culturales en la PUCP y seguir vigente en la escena. Desea encarnar algún personaje de la dramaturgia griega –“Me encantaría ser Casandra”, cuenta– y hacer comedia. En tanto, anhela regresar a París, visitar Grecia y recorrer el sur de Italia, todo por esas ansias suyas de renovarse constantemente.
 
Desde el 2006, cuando regresas a Lima,  no has parado de trabajar.
He hecho mucho teatro, dos películas, un protagónico en cine y otro en televisión. Últimamente, debo agradecer poder ser selectiva con las cosas que hago, porque sigo una maestría en la PUCP y necesito dedicarle tiempo. Además, como soy profesora a tiempo completo y tengo que mantener cierta vigencia en el teatro para no desaparecer, solo tomo dos cursos por semestre.

¿Cómo te sientes como profesora?
Aprendo mucho con mis alumnos. Es una carrera exigente de cinco años, con mucho trabajo técnico y teórico. Hay quienes creen que los actores se inspiran y producen emociones, cuando en realidad es un trabajo tan complejo como ser ingeniero. El actor es investigador, realiza trabajo de campo, explora desde adentro y desde fuera y prepara su voz, no solo técnicamente, sino en cómo se conecta con el texto. 

¿Tú, sin embargo, te resistías a optar por la actuación?
No me resistía. Me daba miedo. Mis padres tenían una compañía de teatro y de niña los ayudaba a vender los afiches, veía las obras y alucinaba actuar, pero era muy tímida.  Solo pensar en pararme en el escenario me hacía sentir el peso inmenso de hacerlo bien. Por eso, prefería la danza, pero no me imaginaba como bailarina. Un día, para sorpresa de todos, decidí estudiar actuación. Me dije: “Si entro, me quedo, si no, regreso al Perú”. Tenía 18 años y lo primero que hice fue una audición para la Universidad Carnegie Mellon de Pittsburgh y me aceptaron.

¿Allí comenzó todo?
He tenido que pasar muchas vallas porque en Estados Unidos el mundo de la actuación es muy competitivo. Hice varias obras de teatro, pero no tenía constancia, y yo quería construir una carrera. Regresé al Perú.

Antes te mudaste a Canadá y te convertiste en mamá,
¿te has sentido extranjera en tu tierra?
No. Los pocos amigos que tenía estaban en España, pero en Lima la gente te acoge muy bien. Solo hay ciertas cosas que me sacan de vueltas, como la falta de cultura cívica y la informalidad. Por la formación recibida en mi familia y en el mundo anglosajón, me guían la disciplina, la puntualidad y el valor de la palabra. Por eso, si hay ensayo a una hora, yo llego a la hora. Todo lo que hago me lo tomo muy en serio.

El año pasado incursionaste como directora de teatro.
Dirigí un proyecto de investigación para la universidad con chicos de la facultad, pero fue solo eso porque lo que me interesa es trabajar con los actores, tanto que en la segunda mitad del año lanzaré un taller de formación actoral de largo aliento.

¿Algún personaje te ha movido especialmente?
Al principio, sufría con los procesos de construcción de los personajes, porque me preocupaba mucho hacer las cosas bien. Ahora soy menos sensible a la crítica. Siento más madurez y aplomo. 

¿Practicar yoga te ayuda?
El yoga y la meditación entraron a mi vida hace tres años. Antes, estaba tan ocupada con el trabajo que no tenía tiempo ni de respirar.  Ahora me he propuesto reservar tiempo para ejercitarme porque es terapéutico.

 ¿Todavía haces psicoanálisis?
Ya no, pero creo que la terapia siempre debe acompañarte,  porque si representas un personaje todos los días, te cargas de su energía.  Me ha pasado cuando hice un rol muy dramático en “Madre Coraje y sus hijos”. Tener una terapia de regulación de energía es algo que quiero en mi vida. 

¿Y cómo eres como mamá?
Un poco sobreprotectora, pero también muy cariñosa. Mi hijo tiene 13 años y no quiere saber nada del teatro. Le interesa la música, toca la batería y el teclado.

 ¿Qué haces cuándo tienes tiempo libre?
Me gusta leer, escuchar música y cocinar para la gente que quiero. Hago comida hindú, tailandesa y árabe. Sé prepararla porque trabajé de mesera muchos años. En Manhattan, estuve en un restaurante hindú y aprendí mucho. Y en París tuve compañeras de estudios de diversa nacionalidad.
 
¿Aún quieres regresar a París?
Tengo muchas ganas de ir solo de visita,  por períodos cortos, para hacer talleres. También me gustaría ir de vacaciones largas por Grecia y el sur de Italia, pero hay que tener la libertad económica para hacerlo.
 
¿Cuál es el consejo que  siempre recuerdas?
No olvidarse de estar agradecidos porque tendemos a centrarnos en lo que no hay o en lo que no se tiene. El ejercicio del agradecimiento, que el yoga practica mucho,  ayuda a no perder la perspectiva.

Una de tus últimas obras es “El dolor”, ¿qué te dejó representar a la escritora francesa Marguerite Duras?
En el monólogo de “El dolor”, ella se revela como una mujer luchadora que vive a la espera de saber si su esposo está o no en un campo de concentración. Pasar por todo lo que experimentó ha sido un viaje. Además de ser la primera vez que hago algo sola en el escenario, el texto literario tiene tal fuerza narrativa que te devuelve todo lo vivido por esa mujer. Te muestra las distintas instancias de la espera y las muchas formas de dolor que pasan las mujeres de todos los tiempos.
 
¿Y Alejandra Guerra qué espera?
Yo espero tener más tranquilidad económica y viajar mucho. Me gusta todo lo que hago, pero siento que todos estamos sobrecargados, y no debería ser así. Hay gente que se retira de esta vorágine para tener tiempo de pensar, leer o para el ocio. Más adelante, quiero tener la tranquilidad para hacer cosas creativas con mi vida y que esta sea menos ajetreada. 

Fotos: Raffo Iparraguirre

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