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Verónica Linares: No me hizo gracia

Cultivar la igualdad de género comienza a ser una tarea fundamental en la formación de los niños. Así lo explica la periodista. 

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"Ahora está de moda luchar por los derechos de las mujeres, usar rosado, azul y verde, trabajar y criar a los hijos, empoderar a nuestras niñas, ser fuertes", dice la periodista. 

Fuente: Difusión

Fabio jugaba a ser Rayo Mc Queen y caminaba sobre una línea imaginaria, mientras yo pedía un medicamento en una farmacia dentro de un supermercado. Una niña de su misma edad miraba con atención unos shampoos que venían en frascos de La Sirenita, Elsa y la princesa Sofía. Fabio quería acabar su carrera, pero la pequeña estaba parada en plena pista. Me hice la desentendida y esperé a ver cómo resolverían el percance.

Fabio, bastante seco, le pidió permiso. La niña se lo negó. Mi hijo le dijo que estaba jugando y que era su camino, pero ella le informó que no podía jugar ahí, porque era una zona de niñas y no de niños. Fabio se sorprendió y le dijo –molesto– que no era verdad, que era su pista. Ella señaló la vitrina decorada con colores rosados y lilas y le dijo que eso era para mujeres.

Me acerqué a Fabio y lo invité a hacer una curva en su recorrido y le recordé que Gracia, la señora que nos ayuda con los quehaceres de la casa y que lo cuida cuando no estoy, estaba esperándonos en la cola de la caja con sus galletas de chocolate. La mamá de la niña también intervino y le dijo a su pequeña que deje pasar a mi hijo, porque el rosado no era exclusivo de las mujeres, y que todos los colores son de todos.

Fabio y yo fuimos en busca de Gracia, pero él seguía con la mirada encima de la niña. Ellas también estaban pagando sus compras en una caja cercana. Yo le comenté a Fabio que si hubiera insistido con la palabra mágica (por favor), tal vez la pequeña se hacía a un lado y hasta podrían haber jugado juntos.

La idea le pareció genial y se fue a buscar a la niña. Se presentó y le pidió su nombre. Ella le dijo que se llamaba Gracia. Fabio se emocionó y, casi en saltos, regresó corriendo a contarnos la coincidencia. Volvió a donde estaba Gracia pequeña y, junto a su madre, la condujo hasta donde estaba Gracia grande. Fabio la señaló, yo me hice la sorprendida y exclamé: “qué divertido”.

La mamá de Gracia no se rio. Nos miró con un gesto de molestia, agarró a su hija de la mano y se fue. Fabio me preguntó a dónde se iba la niña y, aunque no entendía bien la actitud de la señora, le dije que tal vez estaban muy apuradas y, por eso, no se habían despedido, pero que estaba segura que Gracia pequeña se había ido riendo, tras conocer a Gracia grande.

“¿Qué le pasó?”, le susurré a Gracia, mientras poníamos las verduras en la faja de la caja y Fabio disfrutaba de sus galletas. Muy segura de lo que decía afirmó que a la mamá de la niña no le gustó que su pequeña tenga el mismo nombre que ella: “así es la gente, señorita”.
Dijo que la madre debió sentirse ofendida al ver que comparábamos a su pequeña con una empleada del hogar. Yo me empecé a reír, acusé a Gracia de estar loca, y hablé del chifón que nos comeríamos juntas.
Cuando escuché a la madre explicarle a la niña su teoría del rosado, imaginé que se trataba de una mujer moderna que quería educar a su niña alejada de los estereotipos. Sin embargo, luego de lo ocurrido, veo que se trató de una oveja más.

Ahora está de moda luchar por los derechos de las mujeres, usar rosado, azul y verde, trabajar y criar a los hijos, empoderar a nuestras niñas, ser fuertes. La mamá de Gracia cree tener claro este rollo feminista, pero, la verdad, parece estar un poco confundida.
No sirve de nada si la dejas jugar con carritos o si prefieres comprarle jeans antes que faldas rosadas de tutú, si te disgusta que se llame como una empleada del hogar. Eso solo demuestra que tu cabeza está llena de cualquier cosa menos de tolerancia, y esa es la base de todo: aceptar al otro sin importar que sea hombre o mujer.Aceptar que podemos ser gerentes, que sabemos resolver problemas caseros y también del trabajo, que podemos hacer todo lo que nos propongamos y exigir que nos dejen hacerlo.

Las mujeres queremos que nos respeten, pero a todas. A la empleada del hogar que trabaja para mantener a sus hijos y a la madre que se siente regia al decirle a su niña en público que el rosado no es exclusivo de mujeres.

La base de todo es aceptar al otro sin importar que sea hombre o mujer, aceptar que podemos hacer todo lo que nos propongamos.

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