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Verónica Linares: El pecado de ser consumidor

Si un sensor de seguridad suena, los agentes de seguridad pueden verificar el origen del sonido, pero con amabilidad.

Verónica Linares: El pecado de ser consumidor

Verónica Linares: El pecado de ser consumidor

 

Estaba en un centro comercial esperando que abran la tienda que me presta ropa para el programa de las mañanas. Ignorante del horario de shopping, pensé que si llegaba temprano alcanzaría a dejar las prendas que usé la semana anterior, sacar nuevas y lograr cruzar la ciudad para recoger a Fabio del nido al mediodía. Pero ese día aprendí que la mayoría atiende a partir de las once de la mañana.

Como ya estaba en el lugar, se me ocurrió hacer tiempo en la única tienda abierta a esa hora. Recuerdo que para su inauguración, hace unos años, la gente hizo largas colas, pues su gancho alocó a los consumidores peruanos: ofrecer ropa fashion a bajo precio.  
Mientras recorría el lugar de varios pisos, miraba por la ventana hacia la tienda del frente para poder recoger la ropa del noticiero apenas abriera. 

Se me ocurrió llamar a mi mamá para que me dé el encuentro y pueda ayudarme con el trámite que implicaría sacar la ropa de canje: anotar cada prenda en una guía, sacar las etiquetas, retirar la piocha de seguridad, ver que todo este okey y luego, recién, llevármela. Quería elegir lo que usaría y dejar a mi mamá revisando el resto para que yo pudiera seguir con mis actividades a tiempo.  

Mi mamá llegó al toque y alcanzamos a pasear en la tienda que yo estaba y comprarnos unos polos, chompas, zapatillas y medias. Al salir sonó el sensor de seguridad en la puerta. Retrocedimos y se nos acercó un agente de seguridad. Sin decir una sola palabra, señaló las bolsas que llevábamos. Entendimos que quería revisarlas. 
Dio una rápida mirada a las cosas que habíamos comprado y muy serio dijo: “El ticket”. La sonrisa que tenía en el rostro, por haber disfrutado con mi mamá comprando tonterías, se me empezó a borrar. El sujeto estaba siendo poco cortés.

Revisó con detalle el voucher y nuevamente rebuscó en las bolsas, pero esta vez usando a mi mamá de mesa y eso me molestó. Le pedí que si tenía que hacer su trabajo, lo hiciera bien y no sobre mi mamá.  

El agente siguió mudo y dejó las bolsas en el piso para revisarlas, agarró unas medias y se fue. Nosotras nos quedamos paradas y nos mirábamos sin saber qué hacer: ¿Terminó la revisión? ¿Nos podemos ir? ¿Por qué se llevó las medias? Le pedí a mi mamá que vaya avanzando a la otra tienda y yo empecé a buscar al agente. 

Estaba histérica. Lo encontré hablando con la cajera que nos había atendido. Supongo que en el ticket estaba su identificación. El tipo me vio y se fue ¡Qué malcriado!
Le pregunté a la señorita de la caja qué había pasado. Ella se disculpó. No nos había cobrado las medias y, sin registrarlas ni sacarles el precinto de seguridad, las puso con el resto de compras. Pagué las malditas medias de animal print: S/9 y me fui echando chispas. En ese momento quería pedir el libro de reclamaciones y denunciar el maltrato del que habíamos sido víctimas, pero no tenía tiempo. Lo único que me quedó es jurarme nunca más volver a esa tienda.

Queda claro que, por ahorrar costos, contratan a personas poco calificadas para atender al público. Cuando un sensor de seguridad suena en la puerta de una tienda, los agentes de seguridad pueden solicitar las bolsas de compras del consumidor con la finalidad de verificar el origen del sonido, pero con amabilidad. 

Si no tienes bolsas de compras, y aun así suena el pito, ellos no tienen la facultad de revisar tu cartera o mochila y menos aun a ti. Es más, si no te da la gana de mostrarles tus compras, no pueden obligarte a hacerlo. No pueden detenerte, ni llevarte a un lugar aparte para revisar tus bolsas. Eso dice Indecopi.

Seguro hay muchos robos y los famosos tenderos paran al acecho, pero ese no es problema de nosotros, los consumidores. No es justo que nos traten como delincuentes. Lo mínimo que exigimos es respeto. Si pierden mucho dinero con este tipo de robos, dedíquense a otra cosa. Pongan una veterinaria o un zoológico, pero a nosotros nos tratan bien. Ahora entiendo por qué las personas ya no abarrotan sus instalaciones. Aquí calza perfecto eso de que lo barato, sale caro.

 

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