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FELIPE PINGLO ALVA

(Foto: Archivo Histórico El Comercio)

Felipe Pinglo: el criollo inmortal

En la madrugada del 13 de mayo de 1936 dejó de existir Felipe Pinglo Alva, el más importante exponente del vals criollo e iniciador de un nuevo período para la canción peruana. 

Devoto de la Virgen del Carmen, admirador de José Santos Chocano y amante de las fiestas, el ‘Bardo Inmortal’ no solo interpretaba temas criollos, sino otros ritmos característicos de la época, entre estos el tango, el fox trot y hasta el charleston.

Pinglo fue un visionario y se adelantó a su tiempo componiendo valses inmortales como “El Plebeyo”, “La oración del labriego”, “Sueños de opio”, “Porfiria” y muchos otros que, según el historiador Jorge Basadre, reflejan “las tristezas y alegrías del alma mestiza que buscaba su propia expresión”.

Nacido en los Barrios Altos en la calle del Prado, el criollo formó parte de una familia de educadores. Su padre fue profesor, al igual que sus tíos; lo que lo llevó a leer mucho a Ruben Darío, Leonidas Yerovi, Gustavo Adolfo Béquer o Amado Nervo.

A los 17 años escribió su primer vals, “Amelia”, y muchos otros inspirados en mujeres que lo admiraban. Entre estos “El huerto de mi amada”, “Pasión y odio” o “Tu nombre y el mío”.

FELIPE PINGLO ALVA

(Foto: Archivo El Comercio)

Su talento por la música popular también se dejaba entrever al citar a las guitarras de Pedro Espinel, Nicolás Wetnell, El Cholo Olivos y otras figuras legendarias de la década del 30, en las zonas de Las carrozas, Maravillas y Cinco esquinas, en Barrios Altos.

Felipe Pinglo no dejó de componer valses incluso hasta las últimas horas de su vida. Pese a la grandeza de sus inspiraciones que recogían el sentimiento del hombre humilde, del campesino o del romántico, fue perseguido en más de una oportunidad por las autoridades. Incluso se dictó disposiciones que prohibían la difusión e interpretación de sus canciones.

En 1939, por ejemplo, al cumplirse tres años de su fallecimiento, el gobierno de Óscar R. Benavides prohibió la difusión de “El Plebeyo”, argumentando que no era de su autoría sino de Víctor Raúl Haya de la Torre.

Sus restos mortales descansan hoy en el cementerio Presbítero Maestro. Sin embargo, su inmortalidad yace en su proeza: la de haberse convertido en una de las mejores expresiones del criollismo para las nuevas generaciones y ser proveedor de un legado inquebrantable hasta nuestros días.

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