Domingo, 23 de julio de 2006
El culto a la agresión
A propósito del libro El Fascismo en el Perú de Tirso Molinari. Acaba de aparecer un volumen imprescindible para entender las primeras décadas del siglo veinte peruano y el impacto de las ideas fascistas en nuestra historia. El tema no acaba con Sánchez Cerro o la Unión Revolucionaria sino que intermitentemente se repite hasta nuestros días.

En términos generales, el fascismo es una actitud política o movimiento de masas que pone énfasis en un concepto de nación limitado a una raza o al Estado, a veces a una religión o a una combinación de todo esto, que regula cada uno de los aspectos de la vida de los individuos y de la historia de un país. El individuo debe ponerse al servicio de esa causa y someterse a la autoridad absoluta de un líder, tras el cual la población debe permanecer indisolublemente unida.

"Creer, obedecer y combatir", decía Mussolini. Los fascistas se preparan para tomar el poder a todo costo, para lo cual crean organizaciones paramilitares y rechazan las consideraciones éticas de la democracia a las que tachan de debilidad de carácter y cobardía. Toda organización debe ponerse al servicio del Estado (totalitarismo) y depende de éste (modalidad corporativa). Se sienten superiores a los demás grupos, a quienes desprecian, deshumanizan y hostilizan amparados en un derecho que asumen como natural. Esto da origen al racismo y/o a la exclusión de los diferentes.

En suma, el fascismo es autoritarismo, culto a la agresión, etnonacionalismo (entendido a la manera de Dusan Kecmanovic) y un liderazgo idealizado fuerte, simple, banal, organizado, enérgico y violento.

BREVE RECUENTO HISTÓRICO

En un sentido restringido, la palabra "fascismo" fue utilizada por primera vez en 1919 por Benito Mussolini, quien cambió su filiación socialista y se convirtió en acérrimo partidario de la guerra: "la guerra es al hombre lo que la maternidad es para la mujer". Con sus grupos paramilitares (fascios con sus camisas negras) luchó y derrotó a socialistas y liberales, para luego asumir el poder de manos del rey en 1922: "nuestro programa es simple: tomar el poder, el resto es la voluntad del líder". Logró un arreglo con el Vaticano, eliminó el sistema de partidos y la democracia e inició una dictadura oportunista. Sus aventuras expansionistas en África y su alianza con Hitler (el eje Berlín-Roma-Tokio) lo llevaron a la guerra mundial y a la muerte.

Aun después de la segunda guerra mundial quedaron rezagos: el fascismo clerical de la España de Franco, los militares griegos, Oliveira Salazar en Portugal, Sudáfrica y el apartheid, y ahora, para algunos, el integrismo musulmán de Libia, Irán, etcétera.

EL FASCISMO EN EL PERÚ

Las particularidades sociales y políticas del Perú y América Latina hacen este libro casi imprescindible. Llena un vacío que era imperioso cubrir.

Empieza con una cita de Hanna Arendt: "Resulta, sin duda, muy inquietante el hecho de que el gobierno totalitario, no obstante su manifiesta criminalidad, se base en el apoyo a las masas", y siguen 462 páginas, que incluyen documentos, notas periodísticas y fotos que dan cuenta de cómo lo ridículo está tan cerca de lo aterrador, lo patético del drama, lo risible de lo siniestro.

A lo largo de la introducción, seis capítulos y anexos, Molinari pasa revista al carisma de Luis M. Sánchez Cerro, la fundación del partido Unión Revolucionaria, las elecciones de 1931, el gobierno y la muerte del caudillo, el liderazgo de Luis A. Flores y sus milicias con camisas negras, su discurso fascista, su fervor racista contra chinos y japoneses, su organización paramilitar, sus propuestas totalitarias y, luego de las elecciones de 1936, su anulación y deportación junto a la de los principales dirigentes urristas. (Una nota interesante es el rol de las mujeres). Una tour de force que, por lo menos a mí, me dejó pensando.

La historia empieza con un país agotado luego de la crisis de 1929 y once años de gobierno de Leguía desprestigiado, corrupto y dictatorial, con fama de entreguista y de incapacidad de defender el territorio patrio frente a Colombia y Chile. En agosto de 1931, el comandante Sánchez Cerro se levanta en Arequipa, derroca al gobierno y forma un gobierno transitorio. Luego de dejar el gobierno provisional y posteriormente el país, en marzo de 1931 surgen los clubes sanchecerristas que lo elevan a la categoría de caudillo y "salvador". El desempleo, la pobreza y la tugurización, y una cultura tradicional-autoritaria, producen lo que Molinari describe como "multitudes cargadas de religiosidad popular, deseosas de orden y progreso, de un padre-líder, de un candidato confiable, de un héroe férreo, inflexible, patriótico". Sánchez Cerro era, además, "un cholo, como nosotros". Cita a Stein: "Como candidato no hizo ningún esfuerzo por encubrir los rasgos muy violentos de su personalidad. y su entorno consideraba que tales características eran necesarias".

En noviembre de 1931, la dirección de la Unión Revolucionaria decide organizarse como partido vertical y de masa "para un modelo totalitario de extrema derecha con base popular" explícitamente mussoliniano. Asumió la presidencia el 8 de diciembre tras las discutidas elecciones del 11 de octubre y obtuvo una ajustada mayoría en el Congreso Constituyente. Empezaría entonces la confrontación en escalada con el APRA, el establecimiento de la pena de muerte por "actos de sedición" y el fusilamiento de ocho marineros de los cruceros Grau y Bolognesi. Luego vendría la insurrección de Trujillo y el fusilamiento de militantes apristas en Chan Chan y Mansiche. La guerra civil. Las masacres eran consideradas una respuesta necesaria al "apro-comunismo" (Guillermo Thorndike en El año de la barbarie). Curiosamente también se iniciaría una campaña racista contra la inmigración china y japonesa. Era la necesidad de un racismo importado de Europa. ¡Los asiáticos pagaron el pato porque había escasos judíos!

Como partido organizado paramilitarmente, la Unión Revolucionaria realizaba una represión violenta "sin culpa y con una impunidad emocional". Hizo "escarnio del enemigo político" y tomó su ideología como identidad. Bajo la dirección de Luis A. Flores, se organiza la "poderosa falange" contra la "inminente" revolución apro-comunista.

Sánchez Cerro fue asesinado el 30 de abril de 1933. Las bases de la Unión Revolucionaria caerían en el desorden para luego reorganizarse bajo el liderazgo de Flores y, con camisas negras y saludo romano, asumir un cariz fascista a la italiana, aunque muchos parlamentarios formaron el Partido Nacionalista (!). Flores contó con el apoyo del "capital minero. y de los terratenientes fascistoides del Club Nacional". Según relata Molinari, creó "un proyecto totalitario-corporativo con rasgos populistas, chauvinistas, católico-fundamentalistas". El racismo se expresaba en la campaña antiasiática con motivos "económicos, biológicos y éticos". Y, por supuesto, un culto a Sánchez Cerro que lo igualaba a Hitler y a Cristo (!)

Benavides es elegido presidente. Gobernante autoritario, su persecución a la izquierda se extendió a la Unión Revolucionaria y a Flores, quien acabó desterrado. Benavides desconoció las elecciones de 1936, en la que los urristas se enfrentaron a Eguiguren, arguyendo que este último era apoyado por un partido internacional, el APRA, y se quedó en el poder hasta 1939, cuando cedió el gobierno a Manuel Prado. A pesar de su vocación autoritaria, Benavides y Prado se alejaron del eje fascista europeo y se aliaron con muy buen olfato a los EEUU. Abandonaron también el populismo y, por lo tanto, a la Unión Revolucionaria.

Luego vino la guerra y el retorno a la ocasional democracia como interludio de diversas versiones de autoritarismo cívico-militar. hasta llegar a la actualidad.



Moisés Lemlij
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