Martes, 17 de octubre de 2006
Comentario del editor: La vieja deuda de los partidos políticos


Paniagua soñaba con un elemento central de articulación del sistema político y sus necesidades



Por Juan Paredes Castro

Más de una vez escuché a Valentín Paniagua lamentar la ausencia en el país de una mesa de partidos.

Reconocía, desde su condición de militante de Acción Popular, los celos y recelos en y entre los partidos, y detrás de ellos, como telón de fondo, el canibalismo político persistente y vergonzante.

Su viejo olfato político le decía, sin embargo, que un país es lo que sus partidos quieren que sea. Y que no importaba cuán grande les quedaba a estos el país. Tenía la certidumbre de que país y partidos compartían una necesidad vital mutua: la de coexistir en democracia, no importa bajo qué estímulos y adversidades.

Lamentablemente, el país demoró siempre en reconciliarse con los partidos y los partidos con la democracia, sobre todo con la democracia interna.

Había en él --en el ex presidente-- una suerte de amor y odio por los partidos, de amor por lo que estos podían ser y no eran, y de odio porque prevalecía en ellos el centenario embrujo caudillista que los asfixiaba y los volvía, inclusive, antidemocráticos.

Fue ese mismo embrujo caudillista que no le permitió reestructurar Acción Popular ni salir de este partido para conformar, por ejemplo, un frente político de ancha base, justo en momentos en que encabezaba la mayor intención de voto en el país.

Pero esta no fue su única decepción. Nunca debió dolerle tanto el corazón cuando el 2005 la mezquindad de la Cancillería y de Palacio de Gobierno, con triquiñuelas de por medio, le negaron su postulación a la Secretaría General de la OEA. Pesaron más los apetitos internos por el mismo puesto desde posiciones sin duda subalternas y mediocres.

Paniagua veía en la mesa de partidos la posibilidad de vertebrar el sistema político peruano, a propósito apenas sostenido por elecciones generales, transmisiones de mando presidenciales, gobiernos civiles precarios y oposiciones democráticas pensadas en la siguiente sucesión del mando.

No la concebía tampoco como el mecanismo milagroso para acabar con todos nuestros males políticos. Tenía simplemente la convicción, basada en su lucidez y experiencia, de que la democracia necesitaba de los partidos y del diálogo entre estos, casi como el aire y el agua.

Hombre de partido, de derecho, de sentido común, de mentalidad abierta y de honradez singular, Paniagua soñaba con un elemento central de articulación de los partidos para cerrar las brechas profundas siempre mal aprovechadas en la vida política por los 'outsiders' que precisamente representan la negación de toda institucionalidad vigente y cohesionadora.
Eso quería Paniagua.

¿Podrán los partidos brindarle esa mesa de diálogo en nombre de la perdurabilidad democrática del país?





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