Martes, 17 de octubre de 2006
De palacio a palacio, con autoridad moral


Crónica 4 UNA SEMANA INOLVIDABLE
Entre tantos homenajes a Valentín Paniagua, vale evocar cómo fue que llegó a ocupar un sitio en la galería de los mandatarios del Perú. De los dignos, que por desventura no son todos



Por Adolfo Bazán Coquis

"Imagínense para un hombre común y corriente acceder a la presidencia. Representa algo así como un sueño", contó alguna vez don Valentín Paniagua, el ciudadano a quien lo onírico se hizo realidad en apenas una semana. Primero, como presidente del Congreso, y luego, de la República. Una historia que apenas tiene seis años, pero que ha quedado relegada entre tantas que se han sucedido.

Recordemos que allá por noviembre del 2000 el Perú era un país desmoralizado y de destino incierto. Recién conocíamos que Vladimiro Montesinos escondía 48 millones de dólares en Suiza y cinco millones más en Gran Caimán (después las cifras engordarían con escándalo), ante lo cual el mandatario Alberto Fujimori reaccionaba con una pantomima de indignación y emprendía vuelo a Brunéi cobijado en la excusa de asistir a una cumbre económica.

Pese a la catarata de escándalos y la indignación ciudadana, Martha Hildebrandt, tan leída, tan docta, tan fujimorista, no quería renunciar a la Presidencia del Congreso, lo que provocó que la oposición, por fin unida y apoyada por renunciantes a la bancada oficialista de Perú 2000 (fuese por oportunismo o sincera vergüenza), aprobara su censura. Día 13, que no fue de mala suerte (salvo para ella).

Quedaba vacío así el mullido sillón del Poder Legislativo, lo que dio pie al inicio de deliberaciones, coordinaciones, apuros y consensos --incluyendo un paso al costado de Carlos Ferrero, ex oficialista y fresca incorporación de Perú Posible-- para que Valentín Paniagua fuese el candidato del bloque opositor y se pusiera al frente de un poder que reclamaba a gritos un nuevo rumbo.

Aunque había ganado su curul con escasos 14.335 votos, apenas un pellizco del electorado, el legislador nacido en Cusco aparecía como un político con autoridad moral, un fulgor entre tantas honras salpicadas, cuando no embarradas, por denuncias de corrupción.

No sorprendió entonces que, llegados el día 16 y la hora de elegir, Paniagua obtuviera 64 adhesiones de sus colegas, frente a 51 del fujimorista Ricardo Marcenaro, y se erigiera nuevo presidente del Parlamento.

Su primer gesto, faltaba más, fue agradecer tremenda muestra de confianza y generosidad, y enumerar las columnas que sostendrían su trabajo: legislación acertada, fiscalización severa y recuperación del diálogo.

Dicho esto, Paniagua pasó a la acción y facilitó que el pleno aprobara una ley para reincorporar a Delia Revoredo, Manuel Aguirre y Guillermo Rey como miembros del Tribunal Constitucional, organismo del cual habían sido expulsados por oponerse a la ley de interpretación auténtica (¡vaya engendro!) que había permitido la re-reelección de Fujimori.

Si no será mezquino el ser humano, porque ante la actitud democrática llegó la respuesta insidiosa de Carmen Lozada (¡y hoy quiere ser alcaldesa de Lima!), quien sugirió que tal detalle no era sino un favor del abogado Paniagua para con sus antiguos clientes. Sin perder la calma, el aludido zanjó: "Para que no continúe difamando, quien habla defendió ad honórem a los magistrados y fue en aras de la constitucionalidad".

EL GRAN SALTO
Pero está dicho que los terremotos políticos sacudían por entonces la tranquilidad de los peruanos y, aunque algunos habían avizorado la escala del siguiente, los cálculos quedaron sobrestimados cuando la mañana del domingo 19 se supo que Fujimori había renunciado a la Presidencia de la República --vía fax y correo electrónico-- y que su viaje se convertiría en estadía permanente en Japón. El tsunami, el samurái, quedaba reducido a su mínima expresión.

Una mezcla de indignación, alegría y pesada incertidumbre se apoderó de la agenda nacional, pues aun cuando ya estaba en marcha la convocatoria para nuevas elecciones generales, resultaba evidente que el país requería de inmediato un nuevo jefe del Estado.

Francisco Tudela, primer vicepresidente, había presentado su dimisión irrevocable a inicios de mes luego de que se supiera que Montesinos, tras escapar a Panamá, había retornado al país con ayuda de militares (y vuelto a huir). Quedaba entonces como sucesor de Fujimori el segundo vicepresidente, Ricardo Márquez. Pero este, aun cuando contaba con la legalidad, carecía de una pizca de legitimidad.

Las miradas se dirigieron hacia la agigantada imagen de Paniagua, porque la Constitución preveía que, sin presidente y sin vicepresidentes, le correspondía al titular del Congreso transitar del Palacio Legislativo al de Gobierno. Más que una mudanza, un encargo histórico y vital.

Aunque las decisiones se sucedieron una tras otra, no olvidemos la tensión que cada una de ellas generó. Primero, porque los ministros renunciaron. Segundo, porque Márquez hizo un amago de quedarse. Después, porque más oficialistas abandonaron la bancada de Perú 2000. Y especialmente porque el Congreso, tras 12 horas de áspero y agrio debate, antes que aceptar la renuncia de Fujimori y su salida indigna, aprobó el 21 de noviembre su vacancia por incapacidad moral permanente.

Llegó así el día 22, con el hemiciclo del Congreso atiborrado de invitados, lemas a favor de la democracia y canciones festivas alusivas al nombre de Valentín; con la presencia moral de Fernando Belaunde y Francisco Morales Bermúdez; y con un nuevo amago del fujimorismo por ensuciar la democracia, que lanzó un pedido --felizmente desestimado-- para que a Paniagua no se le impusiera la banda presidencial, con el argumento de que solo la puede usar quien alcanza el mandato a través del voto popular.

El clímax llegó a la hora del juramento junto con un discurso rico en alusiones a la concertación, el diálogo y el consenso; a lo esencial que es trabajar con base en sólidos principios éticos y políticos; sus orígenes cusqueños y la promesa de respetar el mandamiento ancestral andino de laboriosidad, veracidad y honestidad.

Además, Paniagua aseguró que conduciría unos comicios transparentes y conservaría el orden público; y anunció que otro peruano a carta cabal, Javier Pérez de Cuéllar, lo acompañaría en este cometido en el papel de primer ministro.

"Nace hoy un nuevo tiempo" es la frase que mejor resume su anhelo como presidente, aunque por dentro, ser humano al fin y al cabo, empezara a sentir "el peso de la hora, la emoción de las circunstancias y el peso de las responsabilidades", como luego confesaría. Un peso que no lo hizo ponerse de hinojos y que llevó con decencia.





Envíe sus condolencias a los familiares del ex presidente de la República Valentín Paniagua Corazao.
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