El sábado enfrentamos a Venezuela

Copa Total: Jugamos para 10 puntos

Perú tuvo el debut soñado: goleó sin problemas a Uruguay y tomó la punta del Grupo A. Uribe acertó con el planteo y realizó cambios que funcionaron. Mariño desniveló con una joya de gol

Por Miguel Villegas

MÉRIDA. 5:06 p.m. Julio César Uribe sale a la cancha con un traje negro impecable y uno no sabe si es para su propio entierro o para una fiesta de lujo.

Noventa minutos después, él mismo, igual de feliz que en los conciertos de Paulo César en un bar de Miraflores, diría que ahora sí el país puede celebrar.

Festejar, más que la victoria, el triunfo de su sistema. O lo que es lo mismo, de su prédica instalada de a pocos en sus jugadores. Eso de jugar bien al fútbol sabiendo que es una necesidad. Eso de estar en el momento justo, en el estadio preciso, con el botín correcto.

Como yo, con los pies que no quieren irse del Metropolitano de Mérida, y la cabeza que ya se fue a casa, a Lima, para celebrar casi tanto o más que esos compatriotas que ya deben estar en Miraflores con el gorro y la bufanda.

Sí, es el mismo
Perú espantó al fantasma uruguayo recién a los 25 minutos del primer tiempo. Hasta entonces, la selección había sido un equipo atrincherado dos pasos detrás de la ubicación solitaria de Juan Carlos Bazalar, más que un peón, un capataz en el mediocampo blanquirrojo. Cuando el cuco fue espantado por sus propias limitaciones pero, sobre todo, cuando Jefferson Farfán escuchó a su reloj despertador, Perú cambió la paciencia por el riesgo y, claro, la efectividad por ese terrible recuerdo de los goles que jamás hacemos. Que jamás hacíamos. El segundo tiro de esquina de la noche y una sociedad que tendría que olvidarse de ser anónima: Claudio Pizarro cobra, entrega corta a la 'Foquita' y el centro al segundo palo lo aprovecha perfecto Miguel Villalta. Ya no es gol en contra, como siempre, sino el primero a favor.

Si el partido terminaba en ese minuto, yo no me iba molesto. Perú derrotaba a Uruguay como aquella copa de Bolivia en el 97, en la que quedamos cuartos, y, solo por cábala, cualquier peruano en la cancha se animaba a disfrazarse de árbitro para pitar el final.

Felizmente, ninguno de los once que anoche se despacharon a Forlán y compañía, cree en esos sortilegios. Entonces fue el partido perfecto para empacharse hasta la indigestión. Para hacer cuatro --que fue si el línea venezolano cobraba lo justo y no ese off side que no fue--. Para echar a volar el sueño ese que casi siempre es pesadilla en el cuadro de la banda roja.

Para que Acasiete y Rodríguez exhiban sus galones europeos, para que Paolo siga empecinado en volvernos locos por saber cuándo se inventa la máquina de clonación, para que Juan Carlos Mariño nos obligue a buscar en el archivo histórico.

Y es que anoche no podía ser otro el que se encargue de calmar los nervios. Cuando el estadio quería sentirse uruguayo y Perú solo ganaba 1-0, el 'Burrito' surgió imponente, igual que su técnico en el Centenario de 1981 en aquella Eliminatoria. No podía ser otro.

Como aquel año, tenía que ser el número diez.