"Una buena mano", por Guillermo Oshiro

“Hablar de una actuación tendenciosa del turco Cakir sería caer en el facilismo de explicar todo en una jugada puntual y no calificar los 180’ de la Eliminatoria”

(Foto: AFP/AP/Reuters/EFE)

Por: Guillermo Oshiro Uchima

Si hace un tiempo Gary Lineker llegó a la conclusión de que “el fútbol es un juego simple: 22 hombres corren detrás de un balón durante 90 minutos y al final los alemanes ganan siempre”, ahora podríamos robarle la idea para explicar que la Champions League es un torneo en el que participan los mejores clubes de Europa, pero siempre gana el Real Madrid. Por lo visto ayer, a cada temporada nueva le sumamos una razón más para vincular a los madridistas a este matrimonio feliz que ya parece eterno. Los 12 títulos de los merengues que casi duplican los éxitos del AC Milan (7), el perseguidor más cercano, lo explican todo. Y, como va la mano, tal parece que las distancias se seguirán ampliando.

Con inteligencia, jerarquía, juego, corazón y una gran dosis de tacto para salir victorioso en cada Eliminatoria, el Real Madrid ha sorteado rivales potentes como el PSG, la Juventus y el Bayern Múnich para desterrar la famosa teoría de las bolas calientes en los sorteos que le permiten el camino más placentero rumbo a la final.

Frente a los bávaros necesitó de la diosa fortuna para que el 2-2 le permitiese protagonizar una nueva definición, ahora el 26 de mayo en Kiev. Suerte porque no es usual que un club con altas pretensiones regale una final por un error de su portero o porque el árbitro no vio un increíble penal de Marcelo –¡y todavía nos resistimos a la ayuda del VAR!–. Hablar de una actuación tendenciosa del turco Cakir sería caer en el facilismo de explicar todo en una acción puntual y no calificar los 180 minutos de la Eliminatoria. Si ponemos toda la serie en la balanza, concluiríamos que al equipo de Zinedine Zidane no le regalaron la clasificación. Demostró su buena pegada y sacó provecho de las licencias de su rival. Además, recordemos que los que califican de robo son los que menos recuerdan los ‘favores’ que también gozaron en ocasiones anteriores.

Si bien todos los reflectores apuntan nuevamente a la Casa Blanca en estos tiempos donde solo se valora el resultado, deberíamos aplaudir también el ejemplo del Bayern. El cuadro germano ofreció dos partidos típicos de un peso pesado dispuesto a ir al frente con valentía, que se faja golpe por golpe sin temor al nocaut. Es imposible un gran espectáculo si uno de los oponentes solo desea dejar pasar el tiempo sin correr riesgos. Y el Real Madrid también cumplió su rol para que todo fuera redondo, emotivo, de ida y vuelta, con los condimentos para cocinar un plato del típico menú de Champions, un torneo que hace rato es uno de los más atractivos de la historia.

Sí discrepo con Pep Guardiola cuando dice que las ligas son más importantes que este torneo europeo. Es cierto que el campeonato casero siempre premia al mejor, al más regular, que es muchísimo más justo, pero en esa carrera de largo aliento hay lugar para un tropezón. En la Champions no, el que cae se despide y muchas veces no siempre el mejor levanta el trofeo. Quizá por ello sea tan adictivo y atractivo para el fanático. Es un torneo enigmático, difícil de jugar, de descifrar, y hay que tener un verdadero instinto de supervivencia para no morir en el intento y también suerte. Una temporada sin la Orejona suena incompleta y solo hay uno que puede jactarse de ello. Tal parece que la Champions tiene a su preferido. En Kiev veremos si por tercer año consecutivo se cumple esa teoría.

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