Akira Kurosawa: el último emperador

Un recorrido por las obsesiones del director japonés, considerado el Shakespeare del cine, en el vigésimo aniversario de su muerte.

Kurosawa ganó dos premios Óscar a mejor película extranjera, por "Rashōmon" ( 1951 ) y "Dersu Uzala" ( 1975 ). En 1990 se le concedió, además, un Óscar honorífico.

Por: Gabriel Meseth

Cuando un derrame cerebral acabó con la vida de Akira Kurosawa, el 6 de setiembre de 1998, ya había renunciado a su última ambición: morir en un rodaje. El funeral fue celebrado en la Sala Dorada, decorado de Ran (1985), por la cual recibió su única nominación al Óscar en la categoría de mejor director. Se esperaba una ceremonia íntima, pero aparecieron 35 mil asistentes. Martin Scorsese —el Van Gogh de la surreal Los sueños de Akira Kurosawa (1990)— lo consideró uno de los grandes tesoros en la historia del cine. A pesar de una obra que alcanzó la altura de Los siete samuráis (1954), Kurosawa también conoció los sinsabores de una infancia trágica, las mezquindades de la industria, y otras sombras proyectadas a los pies de su grandeza.

                      —Una especie de autobiografía—
Descendiente de una familia samurái, Kurosawa fue el menor de ocho hijos. Cuenta en sus memorias, Autobiografía (o algo parecido), que su principal influencia fue Heigo, el hermano más querido. Fue él quien lo llevó a ver las secuelas del gran terremoto de Kantō, en 1923. “Vi cadáveres calcinados, flotando en ríos y alcantarillas… Toda forma de muerte exhibida en esos cuerpos”, recordaba. “Cuando intenté desviar la vista, mi hermano me reprendió: ‘Akira, mira con atención’, me dijo. Para él también fue aterrador. Fue una expedición para conquistar el miedo”.

Su temprana afición por el cine tiene la misma raíz. Heigo trabajaba como narrador de películas mudas. Un oficio que se extinguió con la aparición del sonido y empujó a su hermano a la autoeliminación. Eran tiempos de la invasión japonesa de Manchuria, y de una crisis económica que llevaría a Kurosawa a abandonar la escuela de arte. Un aviso en el periódico cambió su vida: se buscaban asistentes de dirección. Ya curtido, le fueron encomendadas películas de artes marciales y gánsteres de la Yakuza. Filmes en los que iría acercándose a una impronta personal, eclosionada en una adaptación del cuento clásico de Akutagawa: Rashōmon (1950). Se anuncia la madurez creativa en la esencia de los personajes y sus dilemas morales, como el burócrata desahuciado de Ikiru (1952) o el empresario que negocia el rescate de su hijo secuestrado en El infierno del odio (1963). Una etapa en la que Kurosawa se apropia de clásicos literarios, como Trono de sangre (1957) y Los canallas duermen en paz (1960), que inserta a Hamlet en la corrupción corporativa.

                                 —Cielo e infierno—
Un personaje de Ran parte una flecha para mostrar su fragilidad. Vuelve a intentarlo con un atado de tres flechas y resultan inquebrantables. Tal era la dinámica del Kurosawa-gumi, el equipo creativo que lo acompañó en gran parte de su carrera. “No soy militarista, pero si se compara al equipo de producción con un ejército, un director es el comandante en el frente”, arguyó Kurosawa sobre la autocracia impuesta en el set.

Toshiro Mifune fue su actor fetiche. Kurosawa elogiaba su extraordinaria rapidez. Era tal la sintonía que para Yojimbo (1961) —el wéstern con espadas que inspiró a Sergio Leone— el director le habló de la naturaleza canina del protagonista, y el actor respondió con un gesto que definió su rōnin: un tic en el hombro, cual perro callejero que espanta a las pulgas. Los celos de Kurosawa, avivados por los demás proyectos de Mifune, condujeron a la disolución de la dupla. Etapa en la que el director se aventuró a la conquista de Hollywood, con una megaproducción sobre Pearl Harbor: Tora! Tora! Tora! (1970). Una experiencia traumática para Kurosawa, despedido por la Fox al ser diagnosticado de neurastenia. Su regreso a Japón estuvo marcado por su gran fracaso comercial, Dodes’ka-den (1970). Abatido, creyó que jamás volvería a dirigir. Encerrado en el baño con una navaja, intentó suicidarse con más de 30 incisiones en la yugular y las muñecas.

                           —La sombra del guerrero—
La invitación de la Unión Soviética para adaptar la amistad entre un explorador y un cazador siberiano, Dersu Uzala (1975), fue un soplo de vida. Pero su regreso al cine no estuvo exento de problemas, como las dificultades para financiar Kagemusha, la sombra del guerrero (1980), épica samurái ambientada en la era Sengoku. La produjeron dos de sus apóstoles, Francis Ford Coppola y George Lucas, quien se sirvió de La fortaleza escondida como materia prima para Star Wars.

Seguiría Ran, adaptación de El rey Lear concebida bajo la influencia del teatro nō. Cuando falleció su esposa en pleno rodaje, Kurosawa pidió un día de licencia para seguir coreografiando batallas con 200 caballos y 1400 extras. Una película que, en sus palabras, dejaba a Kagemusha como una mera prueba de vestuario.

A sus 88 años, una lesión en el sacro lo confinó a la cama. Estaba al borde de la ceguera. Era tarde para cumplir algunos deseos, como rodar una entrega de Godzilla. Para entonces, desde Bergman hasta Kubrick se rendían a sus pies. Al igual que su equipo, que con inclinación lo llamaba Tennō, ‘emperador’,
en japonés.

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