El algoritmo del pintor

La inminente subasta de la primera obra creada por inteligencia artificial plantea varias interrogantes acerca de la creación artística.

Para el proyecto The Next Rembrandt, un software estudió 168.263 fragmentos de 346 obras del pintor holandés. [Foto: The Next Rembrandt]

Por: Gabriel Meseth

El pasado 22 de agosto, un anuncio de la casa de subastas Christie’s volvió a remecer el mercado del arte, y no por el precio de venta exorbitante de una pieza. A fines de octubre próximo se celebrará la primera puja por una obra pintada por un algoritmo de inteligencia artificial (IA). Sea una declaración de principios o una estrategia comercial, la noticia fue leída como una toma de posición respecto al arte creado por máquinas.

El artista ha estampado su nombre —impronunciable— en una esquina inferior de su lienzo:

min G max D E x [log D (x))]+E z [log(1 D(G(z)))]

De trazo difuso, el retrato en cuestión presenta al inexistente barón Edmond Belamy. Forma parte de una serie de 11 cuadros dedicados a una familia noble ficticia. Son creaciones en computadora programadas por el colectivo parisino Obvious, integrado por tres jóvenes de 25 años.

A la espera de que las paletas de Christie’s se eleven hasta alcanzar unos diez mil dólares (aunque quién sabe lo que pueda ocurrir), el grupo ha revelado su interés por el enfoque filosófico detrás de la obra y confía en su eventual aceptación. “Hay lugar para todos”, declaró uno de sus miembros, Gauthier Vernier, consciente de que esta nueva democratización es aún difícil de asimilar por la crítica tradicional. Lo evidencian sus detractores, que reclaman el arte como disciplina exclusiva de la sensibilidad del hombre, como también quienes cuestionan la autoría: ¿es de la ecuación o de quien la escribe?

En flujo permanente, el arte tiene por costumbre saludable incendiar la pradera con estos debates. Ocurrió con la aparición de la fotografía —dejó fuera de circulación los retratos en miniatura— o con las reproducciones de Andy Warhol. Pero la creciente autonomía de las máquinas no deja de ser algo inquietante. “¿Puede un algoritmo ser creativo?”, reflexionó otro integrante de Obvious, Hugo Caselles-Dupré, en entrevista con el portal Artnet. “De ser así, nuestro algoritmo es lo más próximo a la imaginación humana”, explicó.

¿Cómo funciona? El modelo se sirve de una red generativa antagónica (RGA), con dos sistemas neuronales en competencia, una dinámica basada en el test de Turing, que examina el comportamiento inteligente de una máquina, similar o indistinguible de la habilidad humana. En este caso, la computadora cuenta con un generador de imágenes, producidas a partir de unos 15 mil retratos pintados entre los siglos XIV y XX, los cuales se hallan almacenados en su memoria.

Estas imágenes sintéticas son puestas a prueba por un discriminador, capaz de discernir entre el arte humano y las nuevas creaciones mediante IA. El generador pasa la prueba cuando burla al discriminador, diseñando una obra cuya procedencia es imposible de reconocer. El mismo engaño ocurre frente al ojo de una persona. Es así que el cuadro a subastarse puede tener la apariencia de un Vermeer en proceso, pero se trata de una pieza nueva y única. El original de un robot.

John Berger escribió en su ensayo “Formas de mirar” (1972) que un gran artista es visto como un hombre cuya vida se ve consumida por la lucha permanente. “Contra las circunstancias materiales, contra la incomprensión, contra sí mismo… No solo es una lucha por vivir. Cada vez que un pintor se ha visto insatisfecho con el rol de la pintura, limitada a la celebración de la propiedad material, ha librado una batalla con el lenguaje de su propio arte. Cada obra excepcional ha sido el resultado de una prolongada batalla que el artista ha vencido”, anotó. Piénsese en las expediciones a la Polinesia en las que se embarcó Gauguin luego de abandonar a su familia, sacrificio que parece razonable si se trataba de pintar un cuadro como ¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿Adónde vamos? Aquella visión romántica del artista queda, por decir lo menos, trastocada en el tiempo impredecible de la automatización.

                                       —Los impostores —
Personaje central del documental de Orson Welles F for Fake (1973), el húngaro Elmyr de Hory se hizo un nombre como el mayor falsificador de arte. Su biografía es pura invención. Decía provenir de una familia de banqueros (primeras enseñanzas de la estafa como oficio) y situaba entre Múnich y París su formación en la pintura, bajo las corrientes del expresionismo y el cubismo. Víctima de la Gran Depresión, empezó a copiar los estilos de la época. Cuando una de sus clientas creyó estar frente a un grabado original de Picasso, De Hory vio su oportunidad de negocio.

Si bien jamás destacó por su propio trabajo, el falso mercante llenó museos y colecciones privadas con sus Matisses, Renoirs y Modiglianis apócrifos, ofertados a precios asequibles que le pagaron la gran vida en Ibiza. Cuando los galeristas se percataron del fraude, a De Hory se lo tragó la tierra. De acuerdo a su guardaespaldas y amante, se suicidó con un coctel de barbitúricos antes de que la Interpol lo extraditase a Francia. Actualmente, otros estafadores se escudan detrás de su fama para circular copias, lo cual valida una pregunta con la que De Hory amenizaba sus cocteles: “¿Quién prefiere un original feo a una buena imitación?”.

Un dilema atraviesa la última revolución tecnológica en el arte. Este año, el concurso de la Robot Art Gallery premió a la máquina CloudPainter, cuya habilidad para emular distintos estilos de pintura le permite reproducir al detalle obras maestras como La noche estrellada, de Van Gogh, o cualquier otra imagen que le sea consignada. Las redes neuronales artificiales de Google se apropian de imágenes de archivo para concebir un arte tan surreal que Dalí se arrancaría los bigotes de la envidia. Mientras, el año pasado, Microsoft y la Universidad de Delft mostraron los resultados de una iniciativa que tardó medio siglo en consumarse: una suerte de resurrección llamada The Next Rembrandt, en la que un software estudió 168.263 fragmentos pictóricos extraídos de 346 pinturas del maestro holandés para crear un nuevo retrato impreso en 3D. El concepto de obra póstuma exige nueva definición.

                              —Un androide sentimental—
El reino de la IA se expande por todas las aristas de la vida actual, un tiempo en el que la sociedad se ve amenazada por su propia creación. “A la larga ningún puesto de trabajo se librará por completo de la automatización”, escribió el historiador Yuval Noah Harari en su nuevo libro, 21 lecciones para el siglo XXI (2018), donde pronostica los viajes sin retorno que nuestra especie está por emprender.

La premisa principal es que la tecnología participará de modo cada vez más activo, ya sea en la industria de la salud o en el entorno empresarial, donde se habla de ciborgs en la gerencia. Incluso más de dos mil científicos firmaron cartas a Naciones Unidas para exhortar la prohibición de la IA en intervenciones militares.

No es novedad que los humanos siempre han jugado a ser dioses. Lo evidencia el Frankenstein de Mary Shelley o el Golem del folclor judío, ser antropomórfico que surge de la arcilla. Los autómatas existen desde la dinastía Zhou, en la China milenaria, y aparecen en las anotaciones de Leonardo da Vinci sobre su caballero mecánico, obsesionado por insuflar vida a una armadura de hierro. Así, la evolución de la mecatrónica ha permitido que un robot humanoide pueda hoy reconocer rostros y entablar una conversación con fluidez. Los universos de Blade runner y Westworld, que fantasean con la capacidad emocional de los androides, parecen estar a la vuelta de la esquina.

Harari se aproxima a la automatización del arte, uno de los últimos refugios de la experiencia humana, a partir de la música. Advierte que, dentro de algunas décadas, un algoritmo podrá aprender a intervenir las emociones —o los procesos bioquímicos— de cada oyente. “Un dispositivo podrá identificar de forma inmediata tu estado anímico, y a partir de lo que conozca sobre tu personalidad y sobre la psicología humana en general, podrá reproducir canciones que te contacten con las profundidades de tu tristeza o que ayuden a alegrarte, quizá porque tu subconsciente lo asocia con un recuerdo feliz de tu infancia. Ningún DJ podrá competir contra estas habilidades de la IA… A fin de cuentas, los algoritmos podrían aprender a componer canciones enteras, tocando las emociones de cada persona como si fueran las teclas de un piano”, explicó.

Escribió John Berger que la relación entre lo que vemos y lo que sabemos nunca alcanza un consenso. “Cada atardecer vemos al sol ponerse. Sabemos que la tierra está girando a su alrededor. Pero el conocimiento, la explicación, jamás encaja con la percepción”, dijo. Puede que por primera vez se subaste un cuadro pintado por un algoritmo, pero el debate sobre su clasificación ya lleva en marcha buen tiempo. Podría prevalecer el impacto emocional de la obra, sin tener que juzgar su origen.

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