Led Zeppelin: el martillo de los dioses

Ha transcurrido medio siglo desde la aparición de la banda de rock más emblemática de los setenta. ¿Cuál era la escena de entonces? ¿A qué mundo sonoro nos llevó?

Hace medio siglo comenzó la historia de Led Zeppelin, el supergrupo que abrió los caminos más intensos del rock. [Foto: Getty Images]

Por: Francisco Melgar Wong

Para noviembre de 1968, cuando firmaron su primer contrato con Atlantic Records, Led Zeppelin llevaba ya en su ADN la fórmula del supergrupo de los venideros años setenta: virtuosismo instrumental, iconografía arcana, gigantografías de viejas tradiciones musicales proyectadas a través de los colores y las texturas del rock, y, por supuesto, la seguridad de estar haciendo música popular seria y no mero entretenimiento. Gracias a años de experiencia en clubes y pubs, o como músicos de sesión para los estudios más prominentes de Londres, los cuatro integrantes de la banda llegaron a dominar el lenguaje del blues, el folclor de las islas británicas, el pop, el rock 'n' roll, el soul y la psicodelia. A lo largo de su carrera, añadirían nuevas tradiciones a la mezcla, hasta convertirse en una de las fuerzas creativas más potentes de la música rock de su tiempo.

Pero empecemos por el principio.

Durante la etapa previa a la formación del grupo, la luz principal recae necesariamente sobre Jimmy Page. En 1963, a los 19 años, el guitarrista ya había sido reclutado por dos exintegrantes de The Shadows —banda emblemática del rock instrumental británico— para participar de una sesión de grabación. El resultado fue “Diamonds”, una canción que, a pesar de registrar únicamente el rasgueo de su guitarra acústica, le dio a Page su primer pase a la industria musical inglesa. Durante los siguientes cinco años el guitarrista no hizo sino ampliar este historial. Según sus propias palabras: “Estaba haciendo tres sesiones por día, 15 por semana. A veces tocaba con un grupo, a veces hacía música para películas, podía ser una sesión folk… Era capaz de encajar en todos estos roles”.

Entre las juntas más notables del músico encontramos grabaciones para los Rolling Stones (“Heart of stone”), Them (“Baby please don’t go”), The Kinks (“I’m a lover, not a fighter”), Petula Clark (“Downtown”), Nico (“The last mile”), The Who (“Bald headed woman”), Marianne Faithfull (“In my time of sorrow”), Donovan (“Sunshine Superman”) y The Jeff Beck Group (“Jeff’s bolero”). Esta lista es una muestra de la amplitud del rango musical que Page había alcanzado hacia finales de los sesenta: podía ir desde canciones de garage rock hasta temas de pop sofisticado. Por si fuera poco, muchas de estas grabaciones alcanzaron lugares importantes en las listas de éxitos de Inglaterra y del mundo entero —“Downtown” fue una de las canciones más escuchadas en Lima durante 1966— y todo ello hizo percibir a Page el sabor del éxito en la industria discográfica.

De todos estos temas, el más relevante para la gestación de Led Zeppelin fue sin duda “Jeff’s bolero”. Editada en 1967 como una producción de The Jeff Beck Group, el tema luce una guitarra eléctrica dominante, un ritmo lleno de redobles y tresillos, así como una evidente intención artística al tomar como modelo la célebre pieza del compositor francés Maurice Ravel. Todos estos elementos culturales y musicales deben verse como un prólogo a la seriedad musical y el aliento épico de las mejores canciones de Zeppelin.

Igual de importante fue la nómina de integrantes que conformaban la banda reunida por Beck para grabar el tema: John Entwistle y Keith Moon de The Who, Page y Beck de The Yardbirds. Aquí también está, en resumen, la idea de supergrupo que Zeppelin encarnará arquetípicamente durante los primeros años setenta.

Al igual que Page, el bajista John Paul Jones había trabajado durante años como arreglista y músico de sesión. En su currículum encontramos sesiones para The Everly Brothers, The Supremes, The Rolling Stones, Donovan y The Jeff Beck Group. Por otro lado, el historial del cantante Robert Plant tampoco era poca cosa. “Me fui de casa a los 16, y empecé mi verdadera educación musical yendo de un grupo a otro”, señala. “Así fui profundizando mi conocimiento del blues y de cualquier otra música que tuviera peso y valiera la pena escuchar”. No es un dato banal recordar que el linaje de Plant asciende hasta una familia de britanos romanizados durante el paso de la Edad Antigua a la Edad Media. Este hecho lo llevó a interesarse por la historia de los celtas que recibieron la ciudadanía romana y, posteriormente, a llevar estas historias a las letras que escribiría para Zeppelin. “Como historiador amateur no hay forma en que me pierda entre los años 500 y 1066”, declaró en una ocasión a la revista People.

Uno de los grupos que Plant había integrado, Band of Joy, tenía como baterista a John Bonham. Cuando contaba con solo cinco años, Bonham había empezado a seguir los ritmos de bateristas de jazz como Max Roach y Gene Krupa, tocando con las sartenes, ollas y baldes que encontró en su casa. A los diez, su madre le compró una tarola. A los 15, su padre le compró una batería Premier y el instrumento se convirtió en el centro de su vida. Al terminar el colegio, el director sentenció: “Una de dos: acabará siendo un basurero o un millonario”. Lo cierto es que, tras dejar la escuela, Bonham dividió su tiempo entre la batería y la carpintería. En 1968 se unió a Band of Joy, la formación de blues eléctrico donde cantaba Plant.

                                         —Alzando vuelo—
The Yardbirds fue el nido de tres de los guitarristas ingleses más trascendentales de finales de los sesenta. En sus primeros discos, el guitarrista del grupo había sido Eric Clapton. Tras su salida, llegó Jeff Beck, quien condujo a la banda por territorios más psicodélicos. Finalmente, durante su última etapa, tuvieron como guitarrista líder a Jimmy Page, quien ya había colaborado en algunas sesiones de grabación del grupo.

Esta sucesión de virtuosos de la guitarra en The Yardbirds puede verse como un prólogo al rol que Clapton tendría en Cream y Derek and the Dominos, y que Page luego tendría en Led Zeppelin. De hecho, al lado de Jimi Hendrix, estos dos guitarristas fueron los que pusieron la base para la idea de guitar hero que a lo largo de los setenta y ochenta ejercería una enorme influencia en el rock. En todo caso, los Yardbirds estaban destinados a desintegrarse. De las ruinas del viejo mundo, uno nuevo estaba por surgir.

A comienzos de 1968, diferencias musicales dividían a The Yardbirds. Por un lado, el cantante Keith Relf y el baterista Jim McCarty querían explorar el folk británico y la música clásica; por otro, Page buscaba seguir una línea de heavy blues alineada con las propuestas de Cream y The Jimi Hendrix Experience. Junto con el bajista Chris Dreja, Page decidió formar un nuevo grupo al que llamó The New Yardbirds. Para ello reclutó como vocalista a Robert Plant, quien a su vez recomendó como baterista a su compañero en Band of Joy, John Bonham.

La elección de Plant y Bonham como miembros del nuevo proyecto de Page no deja de ser relevante. Si comparamos el último single grabado por The Yardbirds (“Goodnight, sweet Josephine”/ “Think about it”) con las grabaciones que en esa misma época hizo Band of Joy (“I gotta find my baby”), notaremos que estas son las que tienen un sonido más cercano al primer disco de Led Zeppelin. Si bien “Think about it” puede catalogarse como un tema de heavy blues, su acabado todavía está ligado a la psicodelia ágil y caleidoscópica de Cream y The Jimi Hendrix Experience. En cambio, “I gotta find my baby” nos muestra a Plant cantando melodías alargadas y narcóticas y a Bonham manteniendo un backbeat espaciado y mastodóntico, dos características prototípicas de las futuras baladas blues de Zeppelin. Es más, si uno no supiera que Mick Strode se encarga de la guitarra eléctrica, el contraste entre los grandes espacios creados por los patrones rítmicos de Bonham y las veloces frases blues de la guitarra nos podrían hacer pensar que estamos escuchando el primer disco de Zeppelin. Unas pocas semanas después, John Paul Jones se sumaría al proyecto para reemplazar a Chris Dreja, quien abandonó la banda para dedicarse a la fotografía. “Respondí un anuncio que apareció en la revista Melody Maker”, recordaría años más tarde. “Mi esposa me obligó a hacerlo”. Al igual que Page, Jones no solo trajo a la banda el dominio de su propio instrumento, sino una enorme experiencia en arreglos orquestales y producción de discos.

Pero aún falta un detalle. ¿Recuerdan “Jeff’s bolero”? La idea de Jeff Beck de armar un supergrupo junto con Page, John Entwistle y Keith Moon había llevado al propio Moon a predecir que una banda de tales características acabaría precipitándose como un zepelín de plomo (lead zeppelin). Page recordó el chiste y tomó la expresión como el nombre del nuevo proyecto cambiando el lead por led para que así no quedasen dudas sobre la pronunciación. Dos años después de “Jeff’s bolero”, Page había logrado concretar la idea de su superbanda de rock.

                                           —En lo alto—
Con el nombre en orden, los cuatro músicos se reunieron en el sótano de una tienda de discos para su primer ensayo. Page sugirió tocar “Train kept a-rollin'”, un viejo tema de R&B de Tiny Bradshaw que él mismo solía tocar al lado de The Yardbirds. Según John Paul Jones: “Apenas escuché tocar a John Bonham, supe que iba a ser genial. Encajamos de inmediato”. Gracias a YouTube, se pueden oír algunas versiones de esta canción interpretadas por Zeppelin justo en esa época. Si se las compara con la versión que los Yardbirds habían grabado dos años antes, podrá notarse que Bonham le inyectó a la banda un dinamismo de mayor complejidad. En lugar de marcar el backbeat como solía hacer Jim McCarty, Bonham aceleraba, desaceleraba, guardaba silencios, metía dos golpes donde solía haber uno y descargaba redobles de distinta duración, velocidad e intensidad. Todo esto encajaba con los fraseos de Page, que a menudo sacrificaba valientemente la limpieza del toque por la intensidad del ataque. Afortunadamente, la solidez de Bonham supo enmarcar la guitarra de su compañero en una estructura dinámica pero, a la vez, indestructible.

Como bien ha señalado Ron Nevison, ingeniero de sonido de la banda: “Para mí, la esencia del sonido de Led Zeppelin era John Bonham siguiendo a Jimmy Page. Bonham tomaba los riffs de guitarra y los convertía en sus patrones rítmicos… En lugar de mantenerse en 4/4 y entablar un diálogo con el bajista, hablaba con el guitarrista”. Esta combinación produjo algo que John Paul Jones llamó “pisoteo rítmico”. Pero quizá otra expresión, tomada del tema que abre el tercer álbum de la banda, sea la que describe con mejores colores lo que evocaba este sonido: “el martillo de los dioses”.

En setiembre de 1968, la banda se embarcó en una gira por Escandinavia para cumplir un contrato firmado originalmente por The Yardbirds y durante el tour aprovecharon para ensayar las canciones que formarían parte de su primer álbum. Estas fueron, por un lado, un puñado de originales que escribieron durante los ensayos y, por otro, un par de covers de viejos blues de Willie Dixon que terminaron convertidos en muestras de la química entre Page y Bonham al momento de improvisar.

El resultado, Led Zeppelin (Atlantic, 1969), fue un catálogo de alto octanaje de varios géneros musicales que convivían dentro del universo del rock hacia finales de los sesenta: el blues, el heavy, el folk y la psicodelia. Su segundo disco, II (1969), incluyó dos temas que vale la pena mencionar: “Whole lotta love”, que algunos consideran la primera canción de heavy metal, y “Moby Dick”, un tema que presenta un solo de batería que acabó por cimentar la fama de Bonham como un virtuoso del instrumento. III (1970) profundizó el lado folk de la banda, y IV (1971) incluyó su canción más conocida, “Stairway to heaven”, que según la leyenda popular contenía mensajes satánicos si el vinilo se tocaba al revés. Después llegarían: Houses of the holy (1973) y el doble Physical graffiti (1975), donde experimentaron con elementos de funk y reggae. El grupo acabó por separarse en 1980, cuando Bonham murió de forma accidental —asfixiado con su propio vómito mientras dormía—tras consumir 40 vasos de vodka.

Ahora bien, la forma en que Led Zeppelin enmarcó todos estos elementos acabó siendo tremendamente influyente en la música que estaba por venir: desde los supergrupos integrados por virtuosos de la guitarra y la batería como Van Halen o Rush, hasta la seriedad de aire místico de grupos pesados como Iron Maiden o Ghost. Pero, al mismo tiempo, no debería pasarse por alto que las ideas que sostenían a Zeppelin fueron producto de la cultura musical de su propio tiempo.

Es importante recordar que hacia mediados de los sesenta el pop pasó por una serie de cambios que dieron como resultado una nueva música que, hacia el final de la década, sería conocida simplemente como rock. Una de las ideas que distinguió esta nueva música del pop que se había hecho en el pasado es que no se trataba de simple entretenimiento: los rockeros querían hacer un arte serio y auténtico. Estas cualidades —la seriedad y la autenticidad— podían expresarse tanto en las letras comprometidas de Bob Dylan como en la experimentación sónica de los Beatles.

Ya en 1966, gracias al undécimo álbum de los Beach Boys, Pet Sounds, aparecería una nueva clave para vincular al pop con la música clásica. Por otro lado, el perfil vernáculo del blues y el folk estadounidenses proporcionó a los jóvenes músicos ingleses un nuevo aire de autenticidad que pronto sería mezclado con una cualidad asociada con la música clásica y el jazz: el virtuosismo instrumental. Esta es la cultura musical de la que surgió Led Zeppelin, y, pocos años después, el rock progresivo y el heavy metal.

No es casual que la aparición de la música disco haya provocado repulsión entre los seguidores del progre y el heavy: su intención de divertir y hacer bailar a la gente constituía un regreso a los principios que la cultura del rock había asumido como enemigos desde un primer momento. Asimismo, la enemistad entre el punk y el metal también podría explicarse tomando como punto de partida la seriedad que se conseguía a través del virtuosismo; no olvidemos que uno de los eslóganes más conocidos del movimiento punk era “Aprende un acorde, luego otro: ahora estás listo para formar una banda”. Esta actitud era justamente la opuesta a la idea de un supergrupo compuesto por virtuosos, como sucedía con Led Zeppelin. Tampoco es casual que uno de los argumentos usados por los rockeros contra el hip hop sea que no saben cantar. Para bien o para mal, estas distinciones, estos rechazos, estos mandamientos casi dogmáticos que separan a músicos superdotados de otros inferiores está en la base de la cultura musical que permitió la aparición de bandas como Led Zeppelin.

Pero nada de esto debería ponernos en contra de la música de Zeppelin. Su catálogo no deja de ser uno de los más interesantes y potentes del rock. De hecho, cuando aparecieron el funk y la música disco, y más adelante los sintetizadores, Page, Plant, Bonham y Jones trataron —de forma sutil, es cierto— de incorporarlos a su música. Ninguno de ellos olvidó del todo que en sus inicios el rock también tuvo baile, diversión y swing. ¿Podemos decir lo mismo de sus seguidores? Esperemos que sí.

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