"Señores que se creen señoras", por Jaime Bedoya

"Disculpen la pequeñez", la columna semanal de Jaime Bedoya

Dustin Hoffman como la señora D, Dorothy Michaels, en la película "Tootsie" (1982 ).

Por: Jaime Bedoya

El debate nacional sigue inmerso en una cuestión de fondo en torno a la que gravita nuestra mejor versión de cara al bicentenario: la identidad de la señora K.

El trabalenguas de índole judicial respecto a la revelación de esta verdad esquiva derivó, inicialmente, hacia una aparente contradicción. La señora K era un señor. El señor en cuestión, elegante a pesar de su mortificación al ser señalado de hermafroditismo encubierto, no aceptó ni negó ser señora. Más bien precisó que no se identificaba con ese apelativo.

Hubo reacciones deplorables y primarias, como retratarlo digitalmente con los labios pintados y con aretes. Ser mujer no es insulto, varón. Pregúntaselo a tu madrecita.

Pero luego el jurisconsulto que habita parasitariamente en la médula de este organismo infectado añadió aun más desconcierto a la confusión. Por no decir que llevó el absurdo al ridículo, psicomotricidad fina propia de una élite necia.

El susodicho alegó que en realidad él no había dicho que ese señor era la señora, sino que le dijeron que se iba a reunir con la señora, y llegó este señor. La expectativa, mutatis mutandis, hizo que el él fuera ella.

Hay señores que se han identificado como señoras con más orgullo que vergüenza. “Madame Bovary soy yo” es la frase atribuida a Gustave Flaubert tras ser preguntado por la identidad de su más célebre personaje.

Ed Wood, el peor director de cine del mundo, gustaba vestir ropa de mujer. Sirvió a su país en la Segunda Guerra Mundial, peleando virilmente en Guadalcanal mientras vestía secretamente terso calzón con bobos debajo del uniforme.

Shi Pei Pu, delicado cantante de la ópera china, engañó durante 20 años presentándose como señora —para todos sus efectos— al diplomático francés Bernard Boursicot. El amor solo era a oscuras en virtud de una impostada timidez oriental. Hasta compró un bebé y se lo atribuyó. El diplomático le entregó secretos de Estado al ser amado, y ambos fueron acusados de espionaje en los ochenta. El francés, al enterarse del engaño, se quiso cortar el cuello. Fracasó, sigue vivo.

Estos señores eligieron ser señoras en pleno uso de sus facultades. Y en muchos casos sin renunciar a su condición de señor. No es el caso que ahora nos ocupa: el de un señor que es equívoca —o maliciosamente— señalado como señora.

De tratarse esto último de una intención antes que de un error, podría adivinarse el propósito de arrastrarlo hacia una triste comedia de equivocaciones cuyo argumento es más penoso que trágico: hay una señora que no quiere, ni puede, reconocerse a sí misma.

Merece que Arjona le escriba una canción.

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