Fernando Flores-Zúñiga rastrea pasado y presente del caos vial capitalino

Luego de diez años, desde que viera la luz el primer tomo de su serie histórica sobre el valle del Rímac, el autor publica su sexta y última entrega

“La Vía Expresa fue un viejo camino que fue aprovechado como vía de ferrocarril y luego de tranvía, pero ese camino tiene cerca de dos mil años”, dice Flores-Zúñiga (Foto: Alonso Chero)

Por: Maribel De Paz

Donde hoy discurre la marea infernal del tráfico de ingreso al Centro de Lima, lo que conocemos como Vía Expresa o Paseo de la República fue en tiempos prehispánicos la columna vertebral del Qhapaq Ñan. Un poco más allá, cerca del actual Campo de Marte, existió antes una ciudad de adobe entre cuyos restos, todavía en la década de 1920, el pintor Juan Manuel Ugarte Eléspuru retozaba de niño.

Totalmente desaparecida ahora bajo las primeras cuadras de la avenida Brasil, aquella ciudad de los antiguos peruanos fue una zona agrourbana y uno de los descubrimientos documentales más preciados para el investigador Fernando Flores-Zúñiga, quien durante los últimos diez años ha venido publicando su colección histórica sobre las haciendas y pueblos de Lima. Hoy pone punto final a esta exploración con la entrega de su último libro dedicado a nuestros más ancestrales caminos que fueron secularizados con la conquista española, dejando atrás su antiguo propósito de conexión entre núcleos "agromágicos" y huacas. Veamos.

— Anteriormente ha dicho que Lima está atrasada en cerca de medio siglo respecto de otras ciudades de América del Sur.
Sí, y me remito a las pruebas. El metro de Buenos Aires fue inaugurado en su primera etapa en 1913, y la segunda en 1935. En el caso de Santiago de Chile, respecto de nosotros tiene un adelanto de 35 años porque su metro se inauguró el año 83, pasando transversalmente gobiernos como el de Allende y el de Pinochet. Y no hablemos ya de Sao Paulo, que tiene un metro de la década del 30. Estamos, entonces, hablando ya no de 50, sino de 80 o 90 años.

— ¿Y qué otros símbolos del atraso tenemos?
La ausencia de criterio mínimo en la distribución poblacional. Las poblaciones están dispersadas como es el plano de Lima: una mancha de aceite. Se ha ocupado las laderas de los cerros, lo cual es aberrante, y se ha ocupado los cauces secos de los ríos, lo cual también es aberrante y mortífero, como se ha comprobado con El Niño costero. Eso ha provocado una calidad de vida caótica, totalmente anárquica.

— ¿Hemos descuartizado el territorio?
Sí, pero cuando descuartizas un pollo lo haces organizadamente: el encuentro, la pierna y el pecho. Lo distribuyes simétricamente. Aquí ha sido un macheteo que ha deshilachado la ciudad, o sea, nosotros vivimos hilachos de espacios. La organización territorial limeña es anacrónica, muy interesante desde el punto de vista de un historiador, porque así como en Andalucía hubo división de taifas, que eran reinos minúsculos, en Lima hubo cacicazgos en los distintos valles, y eso se ha extrapolado a la realidad actual con los distritos: 43 distritos, 43 alcaldes, 43 reyezuelos, 43 idiosincrasias. Las avenidas cambian de nombre porque pasan por seis o siete distritos distintos, y la numeración de las cuadras también varía. Lo vemos en la avenida Argentina: donde termina la cuadra treinta comienza la cuadra uno porque es el Callao. Es absurdo. Somos un país fraccionado porque todavía somos caciques dentro de nuestro propio territorio.

— ¿Qué queda de lo bueno?
De lo bueno, de lo prehispánico, de lo originario, no queda nada, solamente las huacas y el atractivo turístico. La avenida Paso de los Andes que va a la huaca Mateo Salado, por ejemplo, es una avenida de unas ocho cuadras, curva, porque tiene la forma de la acequia de la Magdalena. Entonces, ¿qué rescatamos de ahí? Que este fue un valle no bien irrigado, sino óptimamente irrigado. Era una red de caminos y acequias. Le dieron razón de ser a un espacio, es decir, fue la manifestación de una sociedad cibernética, porque la cibernética es la ordenación del caos. Tenían un sistema integrado de caminos y puntos focales que estaban interconectados uno con el otro. Si estabas en el Callao podías llegar a Cieneguilla, no por uno, sino por cien alternativas bien organizadas de caminos.

— Y luego de diez años de investigación, ¿cuál ha sido el hallazgo que más le ha sorprendido?
Un hallazgo documental que hice sobre una huaca. La hacienda Santa Beatriz era un cañaveral, pero antes de ser cañaveral fue una zona agrourbana, y hay restos que salen en el plano de 1774 de esa zona. Salen las estructuras de la huaca bien dibujadas. Para mí fue un hallazgo sorprendente. El pintor Ugarte Eléspuru habla de ella en una experiencia de niñez en los años veinte, cuando gran parte de esos restos existían en las primeras siete cuadras de la avenida Brasil, hasta el Campo de Marte. Él jugaba, se bronqueaba y retozaba en toda esa ciudad de adobe. Para mí ese hallazgo es el más rico, el más entrañable.

— Ha dicho también en alguna oportunidad que Lima ha tenido una expansión urbana "mercachiflera".
Los que derribaron las huacas para hacer urbanizaciones fueron en su mayoría italianos que comenzaron en una pulpería y su visión de los negocios era así: comprar y vender, partir en varios pedazos y venderlo al doble o al cuádruple. Entonces, vieron la ciudad como una gran pizza cuyos pedazos había que vender al mejor precio, no importando la calidad o el nivel del suelo, o los espacios históricamente distribuidos. Ellos quisieron imitar a California o Miami y lo hicieron con ese criterio, poniendo lo más caro posible el metro cuadrado. Eso es mercachiflear.

— ¿Cuál es el peor crimen que se ha cometido acá?
Destruir las huacas. Yo diría que es un delito cultural. Debería inventarse una figura penal para eso. Derribar una huaca es daño moral, y daño físico también, porque estás destruyendo parte de la ecología y algo que las generaciones del futuro podrían disfrutar y usufructuar como industria cultural. Pero lo destruyeron, pues.

— Ahora, su próxima investigación es sobre Ricardo Palma.
Salgo de mi chacra, del terreno de la agrohistoria, y me meto en la historia política, pero lo hago a través de un personaje entrañablemente literario, artístico y estético: Ricardo Palma. Él es el prototipo de la raza nacional. Es el hombre cumbre. Es el ya no ya de la peruanidad.

— ¿Y en qué medida destacó en política?
Fue el defensor de las causas justas de la cultura. En 1868, quince años antes de ser director de la Biblioteca Nacional, defendió el presupuesto de la Biblioteca, que era paupérrimo. Defendió también la causa de los veteranos de la Independencia. Y en el terreno de la educación, nuevas escuelas. Se circunscribió a lo que sabía hacer: la cultura. Estamos hablando de obra física, de logro político, cosa que es muy extraño hoy en día. Era un político de a pie, un sujeto que no estaba en las altas cumbres. Claro, tuvo una linda casa en lo que viene a ser la avenida Tacna con Emancipación actualmente. Bueno, la verdad no sé cómo consiguió esa casa. Hay aspectos de Palma que son oscuros. Él fue nombrado cónsul del Perú en el Pará, en el norte del Brasil, en 1864, pero para llegar allí era una travesía por el Cabo de Hornos y Europa, para luego bajar hacia el Brasil por barco, y le dieron cerca de cuatro mil pesos, que equivalen a 25 mil dólares actuales, para sus viáticos, pasajes, útiles de escritorio, y un adelanto de su sueldo. Resulta que el hombre se fue a París, se juergueó de lo lindo, se fue a Londres, se juergueó de lo lindo, escribió poemas, conoció poetas, frecuentó lindas mujeres, se tiró la plata, y fue tanto su dolor moral… se quiso suicidar, porque no era digno de un cargo así. Y nunca ejerció ese consulado. Nunca llegó al Pará.

— Un Palma oscuro.
Pero poéticamente se le puede pasar esa triquiñuela porque el hombre no lo gastó para comprarse propiedades ni tener 'offshores', sino lo gastó en poesía, en París.

— Eso no vale.
Pero hay que darle un sentido poético a la cosa, sin dejar de precisar que lo que cometió fue una infracción grave. No un delito, sino infracción grave, como está tipificado en el código de la época. Ahora sería delito de peculado y tendría por lo menos quince años de ‘cana’. No voy a dejar de contar eso. Hasta en sus peores errores es fascinante.

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