Besos, abrazos y elogios: Macron y Trump mostraron al mundo su "gran relación"

Donald Trump y Emmanuel Macron han forjado una amistad que bien puede terminar por blindar al mundo de los instintos nacionalistas que deambulan en estos tiempos por la Casa Blanca

Besos, abrazos y elogios: Emmnuel Macron y Donald Trump mostraron al mundo su "gran relación". (Foto: AFP. / Video: El Comercio).

Por: Redacción EC

Washington. Los gestos, a veces, dicen más que las palabras. Y a juzgar por los besos, abrazos y apretones de manos, Donald Trump y Emmanuel Macron han forjado una amistad -inconcebible, para muchos- que bien puede terminar por blindar al mundo de los instintos nacionalistas que deambulan en estos tiempos por la Casa Blanca.

"Me cae muy bien", reconoció Trump en la conferencia de prensa conjunta con Macron, en la Casa Blanca , después del enésimo apretón de manos, que terminó en palmadas y un beso. Al final, lo miró, y le regaló su mayor elogio: "Será un presidente sobresaliente, uno de sus grandes presidentes. Y es un honor llamarte mi amigo, gracias".

El martes había comenzado con un doble beso francés, un ritual que repitieron cada vez que pudieron. En su primer encuentro, hubo dos: el primero, cuando Macron y su esposa, Brigitte Macron, llegaron en su limusina por la mañana a la Casa Blanca y los Trump los recibieron en el jardín sur, y, el segundo, tras los discursos y la revisión de la guardia de honor. El último beso -uno solo- llegó al final de su conferencia de prensa.

Antes de su primera reunión a solas, Trump y Macron posaban para los fotógrafos a unos pasos del Salón Oval, frente al Jardín de las Rosas. Trump le hizo una seña de que se tenían que ir, y terminó llevándoselo de la mano. Ambos sonrieron, y se fueron tomados de la mano por unos segundos, mientras Macron saludaba, sonreía y agradecía a los fotógrafos.

"Todos están diciendo 'qué gran relación' tenemos, y están en lo correcto. No son noticias falsas. ¡Finalmente! No son noticias falsas", continuó Trump, con un Macron sonriente a su lado, ya dentro del Salón Oval.

El magnate hablaba de la "relación especial" que tenían cuando hizo una pausa, le miró la solapa del saco, y, delante de toda la prensa, se inclinó para limpiarle "un pedacito de caspa".

"Tenemos que dejarlo perfecto. Está perfecto", bromeó Trump. Macron rió.

Los discursos formales de los mandatarios honraron la histórica relación entre Estados Unidos y Francia, y, por momentos, dejaron entrever algunas de sus diferencias ideológicas. Pero, en los gestos, todo fue afinidad, afecto y camaradería.

Nunca desde que asumió la presidencia Trump había mostrado semejante efusividad pública hacia otro mandatario, ni siquiera con otros con los que tiene una buena relación, como el premier japonés, Shinzo Abe, o el premier israelí, Benjamin Netanyahu.

Una de las fotografías de la cena de anoche, en Mount Vernon, una casona histórica donde vivió George Washington, mostró a ambos en una charla distendida, y, otra vez, a un Macron sonriente. El presidente francés publicó la foto en su cuenta de Twitter.

Trump dijo que era "apropiado" que la primera visita de Estado de su presidencia fuera para Macron, un globalista que se paró en las antípodas. Apenas asumió, invitó a los científicos de Estados Unidos preocupados por el cambio climático a mudarse a Francia, y le robó el eslogan de campaña a Trump: "Restauremos la grandeza de nuestro planeta", proclamó.

Luego, los Macron fueron los invitados de honor a una cena de Estado que llevó el sello de Melania Trump. La primera dama estuvo detrás de cada detalle del evento de mayor pompa de la visita. Su oficina difundió fotos de Melania recorriendo los pasillos de la Casa Blanca, entre gigantes floreros decorados con 1.200 ramas de cerezos con flores -el grial de las primaveras en Washington-, supervisando los últimos ajustes.

A diferencia de algunas de sus antecesoras, Melania no contrató a nadie para organizar la cena. Se encargó ella, con el equipo de la Casa Blanca.

Algunos detalles: fue una cena reducida, con 120 invitados -ningún demócrata-, en el salón oficial para cenas de Estado de la Casa Blanca; la vajilla de porcelana incluyó piezas de la colección que encargaron Laura Bush y Hillary Clinton. El oro fue el color distintivo.

El menú hizo un guiño especial a la influencia francesa, al incluir jambalaya, un plato de arroz con pollo, jamón y langostinos típico de la gastronomía cajún; costillas de cordero; verduras de la huerta de la Casa Blanca -que creó Michelle Obama-, y tarta de nectarinas con helado de crema fresca. Los invitados beberían un chardonnay y un pinot noir, añejado en barricas de roble francés, vinos con "alma francesa y suelo norteamericano".

Una verdadera gala de honor para su "amigo", y el socio más imprevisto de su presidencia.

Fuente: "La Nación" de Argentina, GDA

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