Así que esto era la reconciliación, por Marco Sifuentes

“El establishment ningunea a las víctimas de Sendero que le son incómodas”.

"Pero también muchas veces el racismo es una muestra de ignorancia y de limitado conocimiento del mundo". (Ilustración: Giovanni Tazza)

Por: Marco Sifuentes

En los años 80, en Lima, ser ayacuchano te convertía, inmediatamente, en terrorista. De nada importaba que, por entonces, la mayoría de ayacuchanos en Lima eran desplazados por culpa de Sendero. El estigma era peligroso: la policía podía detenerte solo por tener la palabra ‘Ayacucho’ en tu libreta electoral. 

Casi cuarenta años después, nada ha cambiado. Periodistas y políticos histéricos denuncian que se iba a montar una exposición artística prosenderista”. Lo que no dicen, porque no saben hacer su trabajo o porque no les interesa, es que los creadores de esas obras han sido víctimas de Sendero

Lección de historia: la Asociación de Artistas Populares de Sarhua (AAPS) fue fundada por Primitivo Evanán, artista ayacuchano, en 1983, en pleno crecimiento del terrorismo. Ellos tomaron un centenario arte tradicional, las tablas de Sarhua, que los compadres regalan a la familia que inaugura una casa, y lo convirtieron en una forma de denuncia de la violencia que sufría su comunidad. A Sendero no le gustó nada todo esto y atentó contra la asociación. Primitivo se salvó gracias a un soplo y se refugió en Lima. Hace unos años, su última colección se expuso en el Museo Reina Sofía de Madrid, después de recorrer galerías de todo el mundo. 

Es más: este mismo Diario publicó, en el 2006, una versión del “Quijote” en quechua, ilustrada por, adivinen, miembros de la AAPS. Un lujo. 

Otra: Nicario Jiménez, autor de un retablo “culpable” de tener lemas senderistas en él (algo así como acusar de nazi a Spielberg), es el hijo de Florentino Jiménez, legendario retablista ayacuchano, patriarca de una familia de artistas que ha denunciado la violencia política a través de su arte. De hecho, actualmente, usted puede apreciar la obra de Edilberto –uno de los hermanos de Nicario– en un local del Estado. Solo tiene que dirigirse a la exposición temporal inaugurada este mes en el Lugar de la Memoria.  

Con un poco de suerte, en estos momentos, agentes de la Dircote están pateando la puerta del Reina Sofía, El Comercio y el Lugar de la Memoria para interrogar a todos los sospechosos de apología. 

No, por supuesto que esto no va a ocurrir. Lo único que va a pasar es que Lima no podrá apreciar el arte de ayacuchanos reconocidos en todo el mundo. Las notas periodísticas denunciando su “apología” ni siquiera se toman la molestia de decir sus nombres porque no importan. No son gentita. Ningún notable saldrá a decir que los conocen y son chéveres, como sí salieron a jugársela por el actual ministro de Cultura, quien, por cierto, es el autor de un libro en cuya portada aparece ni más ni menos que Abimael Guzmán pero eso no le llamó la atención a nadie porque una cosa es un libro limeño y otra, arte popular ayacuchano. 

Así como PPK ninguneó a las víctimas del grupo Colina, el establishment ningunea a las víctimas de Sendero que les son incómodas, las que insisten en recordar el pasado reciente. Dicen reconciliación pero en realidad quieren decir olvido.

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