Sylvia Plath: derrotando al macho peruano, por Alejandro Neyra

¿Cómo nos ven en el mundo? A través de obras no hispanoamericanas de los siglos XX y XXI, con personajes o menciones al Perú, quizás podamos esbozar una idea general sobre ello

Esther Greenwood es el alter ego de Sylvia Plath. Ambas tuvieron una infancia poco feliz y se dedicaron casi enteramente al estudio.

Por: Alejandro Neyra

Luego de diversos dates con muchachos nada simpáticos, Doreen le dice a Esther Greenwood, protagonista de The bell jar, que esta vez irán a una fiesta y le presentará a alguien diferente, más atractivo que el resto de sus amigos. Esther no está muy convencida, pero igual pide saber algo más del chico. Cuando se entera de que el muchacho es del Perú, Esther responde con esta frase antológica sobre los peruanos: “Son chatos, feos como los aztecas”. 

Pero Marco, nuestro compatriota, es más bien agraciado. Alto, de piel oscura y pelo un poco largo, recibe a Esther vestido con un “inmaculado terno blanco, una camisa celeste y una corbata amarilla de satén, con un brillante sujetador de corbatas,” a lo que añade un regalo inusual: un diamante. ¿Quién puede ser este peruano? No lo sabremos exactamente, pero sí sabremos que odia a las mujeres y luego de obsequiarle aquella joya irá a pasear con Esther, la arrojará al piso con violencia e intentará violarla. Un horrible macho peruano. 

Esther/Sylvia en su campana de cristal
​Esther Greenwood es el alter ego de Sylvia Plath. Ambas tuvieron una infancia poco feliz y se dedicaron casi enteramente al estudio; ambas ganaron becas para poder ir a la universidad, publicaron poesía desde muy jóvenes y obtuvieron un premio para estar un mes con todo pagado en Nueva York y conocer allí la labor de una famosa revista de modas. Ambas vivieron intensamente la experiencia neoyorquina y al regresar a casa se vieron enfrentadas a la monotonía de la vida familiar y a las tradiciones machistas de la sociedad de su época. Ambas entraron así en una espiral de auto-destrucción, intentaron suicidarse y fueron internadas en un hospital psiquiátrico donde recibirían tratamiento de electroshock. 

No entraremos aquí a discutir que es ficción y qué es “real” en la literatura –una herejía para muchos críticos– pero en este caso, y por propia confesión de Plath, sabemos que La campana de cristal es autobiográfica. Sylvia Plath necesitaba contar su experiencia de vida, pero al mismo tiempo denunciar la presión que existía en los años 50 y 60 para las jóvenes y adolescentes, educadas para casarse, tener hijos y cuidar del hogar y satisfacer al hombre antes que a sus propias necesidades, o menos aun a sus propios intereses. De allí el título de la novela, quizás más comprensible en inglés, idioma en que “bell jar” representa esos utensilios médicos en forma de campana que se usan para crear vacío y aislar elementos, como esas cubiertas de plástico que cubren las comidas que reciben los pacientes en los hospitales. 

Debió ser un ambiente de mucha presión y hostilidad aquel en que vivió Plath, un mundo en que la virginidad era el bien más preciado y en el que la mujer no solo no era independiente sino que era enteramente dependiente del hombre. Leer hoy La campana de cristal nos enfrenta a un mundo que muchos creen superado, aunque ciertamente no tanto si estamos en el Perú y en pleno siglo XXI, con tantos casos de feminicidio y violencia contra la mujer que deben avergonzarnos. 

Marco, el peruano que odia a las mujeres
​Las fiestas a las que va Esther Greenwood –como las recuerda Sylvia Plath en varias entrevistas– son aquellas a las que asiste la alta sociedad, círculos de intelectuales y artistas, diplomáticos, etc. Doreen, la alocada amiga de Esther, es quien lleva a esta chica más bien tímida a aquellas fiestas llenas de champagne y glamour. 

No sabemos mucho más de Marco, el afortunado compatriota que acompañará a Esther más allá de su aparentemente elegante –y caricaturizada– tenida, que lo asemeja más a un galán caribeño, a un dandy latinoamericano, un “brichero” de ley. 

Marco, muy seguro de sí mismo saca a bailar a Esther un tango. Como vemos, la idea de Plath del peruano es más bien la de un “macho latino” con todo lo que esa vaga definición implica. Cuando ambos salen al jardín, Esther sabe ya que Marco es un hombre que odia a las mujeres (woman-hater), un salvaje que desprecia a las féminas. Mientras enciende su cigarro, ella le pregunta si quiere a alguien y Marco dice que está enamorado de su prima (ya sabemos qué tipo de pareados hay con las primas, pero en este caso Marco dice que su relación no puede consumarse, no solo por el vínculo familiar sino porque ella además va a ser monja, todo un guión de telenovela). Y como si ese fuera el fósforo que se necesitaba para encender la pólvora, inexplicablemente Marco arroja violentamente a Esther al suelo, le arranca parte del vestido y se abalanza sobre ella diciéndole puta repetidamente mientras intenta violarla. Por suerte Esther reacciona instintivamente con un puñetazo directo a la nariz del impresentable, que queda sorprendido y sangrando, lo que le permite a ella desasirse y levantarse. 

Cuando los dos se incorporan, Marco exige de vuelta su diamante y le deja a Esther una marca que ella se llevará consigo esa noche y que es un símbolo de su valentía. Marco se limpia la nariz con un dedo y marca con su sangre las mejillas de Esther, como si la quisiera convertir en una guerrera piel roja. Sabemos que no es la misma suerte de muchas mujeres en el Perú.. El presidente Vizcarra ha anunciado una Política Nacional de Igualdad de Género y que el gobierno luchará para corregir la cultura machista y desterrar sus patrones; estamos seguros de que Sylvia Plath, desde donde esté, agradecerá este anuncio.

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