Cusco: la actividad en la que las mujeres demuestran ser tan fuertes como los hombres | FOTOS

Ahora que los feminicidios son pan de cada día, Somos rescata una silenciosa revolución de género en una expedición con mujeres porteadoras en Cusco, actividad que era monopolizada por varones, y constatamos que el mal llamado sexo débil avanza por una senda promisoria

Lucía Vela (de 1,54 m de altura y 53 kg de peso) encabeza la fila de mujeres porteadoras. La sigue Giovanna Tucta, de apenas 17 años. En el 2017, en el Camino Inca el 99,8% de los porteadores fueron varones y solo el 0,02%, mujeres. (Foto: Flor Ruiz)
Acampando en Huchuy Qosqo, con las mismas bolsas de dormir y carpas que les proporcionaron a los turistas, Sara Qquehuarucho y Lucía Vela están unidas por el trabajo y por un sueño. (Foto: Flor Ruiz)
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Por: Álvaro Rocha

Habían caminado 12 km en dos jornadas. Habían trepado hasta 4.400 m.s.n.m. Habían sentido frío, calor y cansancio. Habían cargado 15 kilos en sus espaldas. Sin embargo, al final de la ruta, ellas no se quejaban, eran pura risa y buena onda. Porque el esfuerzo físico es una nimiedad ante la batalla que libraron para poder ingresar a una actividad laboral donde estaban excluidas. Sin embargo, el machismo imperante aún las obliga a camuflar ciertas cosas. 

Liberación
Sara Qquehuarucho (24) nos lo cuenta así. “Mi familia todavía no sabe que trabajo como porteadora, no lo entendería. Solo se lo he contado a mi enamorado, y él me dice que es peligroso, que me dedique a otra cosa, pero yo adoro las montañas y me gusta caminar y más adelante pienso formar mi empresa. Las mujeres podemos salir adelante y ya no dejarnos manipular por los varones”. 

La historia de las primeras mujeres porteadoras del Perú tiene ciertos denominadores comunes. Proceden del mundo rural, donde prima el patriarcado, y están predestinadas a ser amas de casa, cuidar a los hijos, los animales y la chacra, y a depender económicamente del marido. 

Lucía Vela (28), de Calca, no la tuvo fácil. “De adolescente tomé malas decisiones, como juntarme con mi ex pareja, que me abandonó después de nacer mi segundo hijo. Allí mis sueños se quebraron. No vivía, sino sobrevivía. Cuando mis hijos ya no dependían tanto de mí, me puse a estudiar. Al terminar el instituto, te das cuenta de que tienes que enfrentar otra competencia: la discriminación. Yo era guía, igual que Sara, pero solo conseguimos trabajo como practicantes, sin sueldo, en una agencia de turismo. Cuando Evolution nos ofreció la oportunidad, no lo pensé dos veces y la jalé a Sara, que dudaba por el qué dirán. Es difícil romper con los estereotipos que la sociedad ha inculcado en la mujer, pero no imposible”. 

Revolución andina
Las revoluciones empiezan por pequeñas cosas, ideas originales que rompen con lo establecido. Esa fue la apuesta del cusqueño Miguel Góngora, director de Evolution Treks (evolutiontreksperu.com). Su propuesta tiene tres conceptos innovadores: incorporar mujeres como porteadoras (emplean un 40% de personal femenino; tienen 16 porteadoras y cinco guías mujeres). Que los trabajadores tuvieran las mismas comodidades que los viajeros. Es decir, que la comida, las carpas y el equipo de trekking sean iguales para todos. “Se hace menos dinero, pero se hace lo correcto”, dice Miguel. Y, lo más importante, capacitarlas y alentarlas a progresar. Al respecto, Góngora cita a Goethe: “Trata a un ser humano como es, y seguirá siendo lo que es. Pero trátalo como puede llegar a ser, y se convertirá en lo que está llamado a ser”. 

Nelly Hancco (23) hizo caso a estos consejos. Estudia turismo, trabaja en un centro textil y realiza turismo rural comunitario en la comunidad de Ccorccor, además de su chamba en Evolution. “Los hombres de mi pueblo se burlaban, decían que las mujeres no podían ser porteadoras; incluso mi padre trató de desanimarme. Pero yo estaba convencida de lo que decía el señor Miguel, que plantear la igualdad entre hombres y mujeres era el primer paso para un cambio, que el trato debería ser más horizontal y justo, y que siempre deberíamos aspirar a más, a tener sueños”. 

El boom turístico esconde ciertas veleidades bajo la alfombra. La mayoría de los porteadores provienen de la zona de Ocongate, campesinos de extrema pobreza, que llegan a dormir en el suelo de la capital, hasta que los reclutan para una agencia de turismo. 

El cocinero Guillermo Qquesuallpa (33) afirma que “en otras agencias dormíamos en carpas sin piso y solo comíamos fideos y sopas sin carne, y si la carpa se rasgaba, lo descontaban de nuestro salario. Ahora, por el hecho de ver mujeres en el camino hay más respeto, porque además son más instruidas y hacen valer sus derechos”. 

Futuro diferente
​Algo está cambiando en el Cusco, y no tiene tanto que ver con un feminismo radical, pues la problemática de la mujer andina es más compleja. Ellas tienen que sortear más barreras; por lo tanto, prefieren consensuar antes que colisionar. En suma, ser proactivas, sin dejar de hacer notar las desigualdades. 

Eso lo tiene claro Giovanna Tucta (17), hija de campesinos humildes de Chinchero. A pesar de que cosecha papas y sabe elaborar chuño, el próximo año piensa estudiar turismo en el Cusco. Hace un mes está en Evolution y no quiere ser ama de casa ni campesina, sino guía de montaña. “Hay hombres que solo admiten que las mujeres trabajen en artesanía o vendiendo productos agropecuarios”, dice mientras, como buena millennial, se mueve constantemente para encontrar señal de celular para chequear su Facebook. 

La revolución digital, que integra al campo, antes aislado, ha permitido que estas hijas de campesinos vislumbren que pueden torcer un destino fatalista: estudiando, independizándose económicamente y ocupando espacios laborales antes exclusivos para hombres. Ellas saben que su momento ha llegado. En buena hora. 

LA RUTA
Partimos de Tauca (3.750 m.s.n.m.), cerca de la laguna Piuray, en Chinchero, y culminamos la expedición en Lamay (2.956 m.s.n.m), en el Valle Sagrado, tras día y medio de caminata. El sitio más importante de la ruta fue Huchuy Qosqo (‘pequeño Cusco’), ciudadela construida por el inca Wiracocha, donde acampamos. El jefe de la expedición fue Rudy Góngora y compartimos la travesía con tres turistas. La griega Angeliki Vgontzas; su esposo Kevin Christina, de EE.UU.; y Morgan Hawk, de Hawái. En Lamay hubo una emotiva despedida y Kevin dijo que él era un hombre grande, pero que el espíritu y el corazón de las porteadoras eran más grandes que todo.

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