Fútbol peruanoAkira Kato Tanabe, nacido en Japón, el 3 de noviembre de 1933, murió en el Perú y en silencio, como entrenaba: sin estridencias, pero con una intensidad que se sentía en el aire. Aquella tarde del 20 de marzo de 1982, Lima dejó la rutina para abrazar la despedida más triste de ese año. Y así, el vóley peruano, de pronto, se quedó sin su arquitecto.
AKIRA KATO: EL HOMBRE QUE LLEGÓ DE LEJOS
Akira no nació en el Perú, pero terminó siendo más peruano que muchos. Su historia comenzó en Japón, donde primero fue jugador de su selección nacional y luego un entrenador respetado, formado en la disciplina y el rigor de su país.
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Cuando en 1964 el dirigente José Pezet Miró Quesada lo contrató, el vóley peruano era todavía un deporte de buenas intenciones, más cerca a lo amateur que a lo profesional, sostenido en el “voleo”, la intuición y la improvisación.

Kato llegó días antes de la Pascua de Navidad. Encontró aquí muchas carencias, pero también descubrió algo más importante: talento. Por eso, decidió quedarse en nuestra tierra. Akira empezó a trabajar diariamente con la bicolor desde mayo de 1965.
Formó una selección permanente, una idea inédita en el país, y apostó por jóvenes que luego serían leyendas: Luisa ‘Lucha’ Fuentes, Norma Velarde, Esperanza ‘Pilancho’ Jiménez, Meche González, entre otras.
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KATO Y LA REVOLUCIÓN SILENCIOSA
Su primera acción en tierras peruanas fue inspeccionar la “Bombonera” del Estadio Nacional. Allí, Akira Kato solicitó reemplazar el piso de cemento por uno de parqué. Además, aprendió español con asombrosa rapidez para comunicarse y conectar plenamente con sus pupilas.
Akira no gritaba. No hacía discursos, ni cortos y menos largos. Pero imponía algo más duro, concreto y definitivo: disciplina. Dos entrenamientos diarios, jornadas extenuantes, repeticiones hasta el agotamiento. Para muchos, ese inicio, parecía una locura.

Pero los resultados empezaron a hablar por sí mismos. El combinado peruano venció a su similar de Brasil, y en su propia casa, conquistando títulos sudamericanos que antes parecían imposibles de conseguir.
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Con Akira Kato el vóley dejó de ser un deporte menor y se convirtió en un orgullo nacional. Siete coronas sudamericanas y una presencia histórica en los Juegos Olímpicos de México 68 —donde Perú alcanzó el cuarto lugar— marcaron su legado. El Perú deportivo, el vóley centralmente entendió, por primera vez, que podía competir con el resto del mundo.
AKIRA KATO: UN JAPONÉS QUE SE QUEDÓ
“Ustedes ser jugadoras de vóley, no reinas”. Con esa sentencia, Akira prohibió que las voleibolistas entrenaran maquilladas o con peinados elaborados. Sus métodos, marciales e inflexibles, empezaron a dar frutos al conquistar el primer lugar en los Juegos Bolivarianos de Ecuador 1965.


Kato encontró en el Perú comprensión a su trabajo, y algo que ausente en los manuales: afecto. Se casó, formó una familia y decidió radicar en Lima. Aquí nacieron sus hijos, aquí construyó su vida personal y familiar. Todo se alineó.
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La afición, la gente lo quería. Las jugadoras del seleccionado lo veían como a un padre. No era solo el técnico asiático rígido, que se veía por fuera: era una especie de guía, el jefe de un grupo de chicas dedicadas al deporte, y que aprendió a obedecer y aceptar lo que sentían que les hacía crecer.
Incluso cuando dejó la dirección técnica, Kato nunca se apartó del vóley peruano. Asesoraba, colaboraba, entrenaba sin cobrar, como si aún estuviera empezando su labor. El Perú, poco a poco, se le volvió imprescindible.


AKIRA: LA ENFERMEDAD, EL RETIRO Y FINAL
Pero el cuerpo maestro Kato empezó a fallar. Un cáncer al hígado lo fue debilitando durante años, obligándolo a alejarse de la selección nacional que había construido. Aun así, no se detuvo del todo.
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Akira siguió vinculado al deporte, incluso mientras incursionaba en los negocios como representante de una firma japonesa en América Latina. Sabía que estaba enfermo. Y, sin embargo, siguió trabajando. Como si el tiempo, para él, fuera siempre un entrenamiento más.
Hasta que el 20 de marzo de 1982, en una habitación de la Clínica Ricardo Palma, Akira Kato murió. Tenía 49 años. Murió joven. Pero en esos 49 años —18 de ellos en el Perú— hizo más que muchos en toda una vida.


Estuvo internado apenas una semana. La enfermedad, silenciosa y persistente, terminó por vencerlo. La noticia corrió rápido. No fue solo un titular para los peruanos: fue un golpe que todos lamentaron. El final de una persona muy querida.
El vóley peruano —y buena parte del país— sintió que algo esencial se quebraba.
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AKIRA KATO: EL ADIÓS DE UN PAÍS
El velatorio comenzó en su casa del distrito limeño de San Borja, pero pronto quedó pequeño. El féretro fue llevado hasta el Estadio Nacional, a esa “Bombonera” donde tantas veces se celebraron triunfos. Allí, miles desfilaron para despedirlo.
Las jugadoras grandes que aprendieron con él en los años 60 y 70 cargaron su ataúd. Lloraban como hijas, tanto como las jóvenes de los años 80 que lo conocieron y supieron admirarlo. Dirigentes, deportistas, autoridades. Todos estuvieron. Incluso el presidente Fernando Belaunde Terry expresó su pesar: Kato había sido, dijo, casi un peruano más.

Su funeral se convirtió en un auténtico y sentido reconocimiento. Akira Kato había decidido su final con la misma serenidad con la que dirigía. Pidió ser incinerado. Sus cenizas serían llevadas al Japón por su familia: su esposa Noriko y sus hijos pequeños. Así ocurrió.
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Después del homenaje, el cortejo fúnebre partió hacia el crematorio. Y en ese trayecto, entre lágrimas y aplausos, el país entendió la dimensión de su pérdida.
Así se fue el hombre que sembró las bases sólidas de lo que luego mejoró el coreano Man Bok Park con la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Seúl 1988 conseguida por la generación de voleibolistas que ya tenía como leyenda a Akira Kato.
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