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Cuando el sol se ocultaba aquel viernes 19 de enero de 2001, el fútbol peruano quedó en silencio: Alberto Gallardo había fallecido a los 60 años, dejando una herida abierta en Sporting Cristal y en todo el país. La noticia cayó como un golpe seco en la redacción de El Comercio, donde la incredulidad paralizó por minutos a los periodistas que debían contar la partida de uno de los mejores futbolistas que dio nuestra tierra.
Hasta pocos días antes, “El Jet” —apodo ganado por la velocidad de sus desbordes por la punta izquierda— se le veía saludable, con el buzo celeste, caminando por La Florida y guiando a los muchachos de la academia de fútbol de verano del club rimense. Nadie imaginaba que aquel hombre enérgico estaba viviendo sus últimas jornadas.
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El miércoles previo a su muerte comentó que se sentía mal, pero aun así cumplió con sus labores. Al día siguiente, ya no pudo levantarse: fuertes dolores en el estómago obligaron a llamar a un servicio médico que decidió su internamiento urgente.

Primero se creyó que era apendicitis; luego se supo la verdad: el bazo se le había reventado. Fue sometido a dos operaciones en una clínica de San Isidro, sin éxito. No volvió a recuperar la conciencia. A las 6:40 de la tarde, todo terminó.
GALLARDO, EL BRILLANTE
La carrera del maestro Gallardo fue un desfile de hitos que todavía brillan en la memoria de sus fieles admiradores. Con Sporting Cristal alcanzó la cima muy temprano: campeón nacional y goleador máximo en 1961 y 1962, años en los que su velocidad por la banda izquierda le valió definitivamente el apodo de “El Jet”. En el club rimense no solo levantó trofeos; también forjó una identidad de juego ofensivo y elegante que marcaría época en el fútbol peruano.
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Ese nivel lo llevó a la selección peruana y, con ella, al mayor escaparate del planeta: el Mundial de México 70. Allí, Gallardo escribió dos páginas inolvidables al marcarle goles a Bulgaria y a Brasil, nada menos que al equipo de Pelé y su constelación de estrellas. Para el fútbol peruano, que volvía a una Copa del Mundo tras décadas de ausencia, aquellos tantos fueron más que celebraciones: fueron señales de respeto internacional.
Su talento cruzó el océano. En Italia vistió la camiseta del Cagliari, en una época en la que muy pocos futbolistas peruanos lograban abrirse paso en el exigente calcio. Ese paso por Europa fue la confirmación de que su velocidad, su remate potente y su disciplina podían competir en cualquier escenario.

Luego vendría Brasil, otra prueba mayor. En 1967 se convirtió en figura del club Palmeiras que ganó la Copa Brasil, integrando un equipo protagonista en uno de los campeonatos más duros del continente. Jugar y destacar en ese fútbol áspero y técnico a la vez consolidó su prestigio sudamericano y agrandó su leyenda silenciosa, construida más con fútbol, pases y goles que con entrevistas o discursos.
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GALLARDO, EL DT Y EL HOMBRE VALIOSO
Todo ese currículo de élite —títulos, goles mundialistas, prestigio internacional— nunca le arrebató la sencillez. El Comercio recordó que Gallardo fue siempre un jugador correcto, un padre ejemplar y un hombre humilde desde sus inicios en el club Mariscal Castilla.
Quizás por eso su muerte no solo dolió por el futbolista que había sido sino también por la persona íntegra que el deporte peruano tuvo el privilegio de conocer. Esa rectitud fue la que sus compañeros y rivales destacaron por encima de cualquier estadística.

También dejó huella en el banquillo. Como técnico sacó campeón a Sporting Cristal en 1988 y, en el 2000, condujo al club Coronel Bolognesi de Tacna a una campaña memorable en la Copa Perú, quedando a un paso del ascenso profesional. Trabajaba, incluso en sus últimos días, pensando en el futuro del fútbol de menores.
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El dolor se multiplicó en los testimonios ese enero del 2001. Julio Baylón lo recordó como “una de las personas más correctas” que conoció; Orlando de la Torre habló de su decencia y honestidad; Roberto Challe evocó cómo “El Jet” lo alentaba cuando era juvenil y cómo, en 1976, volvió a ponerse los chimpunes para salvar a Cristal y le marcó tres goles a Alianza Lima.
Velado en La Florida y enterrado al día siguiente, el 20 de enero de 2001 en los Jardines de la Paz, Alberto Gallardo se fue dejando sus potentes remates, sus goles y su don de gente flotando en la memoria colectiva. Hoy, 25 años después, su nombre sigue corriendo por la banda izquierda del recuerdo, veloz e intacto, como si “El Jet” nunca se hubiera detenido.
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