Por Carlos Batalla

En el Perú de fines del XIX y comienzos del XX, el juego de azar era visto como una amenaza al orden moral. Las autoridades lo asociaban a la vagancia y decadencia, y lo perseguían con ahínco. El Reglamento de Moralidad Pública de 1877 lo decía claro: quien jugaba o bebía en exceso, era un vago más. Aunque populares entre ricos y pobres, las casas de juego eran señaladas como focos de corrupción social. Para la élite, el juego destruía familias y fomentaba la ociosidad. Y entonces vinieron las redadas. En 1926, la Policía irrumpió en los salones clandestinos con listas, palos y órdenes. Las cartas volaron, los dados rodaron por el suelo, y los jugadores fueron arrestados. Era la guerra contra la clandestinidad. Y no tenía cuartel.

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