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César Vallejo murió hace 80 años en la Ciudad Luz

Recordamos al poeta peruano con una semblanza que revela sus vínculos periodísticos con "El Comercio" durante dos años, en que escribió artículos y crónicas.

César Vallejo

Los Heraldos Negros de César Vallejo. (El Comercio)

Cuando publicó “Trilce” en octubre de 1922, César Abraham Vallejo Mendoza (1892-1938) solo pensaba en irse a Europa. A inicios de 1923 cesó en su puesto de profesor de primaria en el Colegio Nuestra Señora de Guadalupe de Lima. Recién logró viajar a Europa en junio de ese año. Un mes antes, en mayo, publicó la novela breve “Fabla salvaje”.

Bajo el signo del periodismo

El vapor “Oroya” transportó al poeta al Viejo Continente. Su sueño se concretaba, al fin. El investigador literario Jorge Puccinelli, en su libro “César Vallejo. Desde Europa: crónicas y artículos 1923-1938” (1969), hizo el recuento de las colaboraciones del Vallejo “europeo”. Los primeros años destacó el diario “El Norte”, de Trujillo, donde el poeta hizo de cronista.

Con los años, “El Norte” (1923-1930) tuvo que compartir ese honor con revistas peruanas como “Mundial” (1925-1930) y “Variedades” (1926-1930), así como el diario limeño “El Comercio” (1929-1930).

Puccinelli no dudaba al decir que “la colaboración en estos diarios y revistas tuvo cierta regularidad y fue la fuente principal de sus ingresos en París”. Vallejo, como muchos creadores de su tiempo, encontró en el periodismo una forma de sobrevivir. Consiguió publicar también en revistas continentales como “Nosotros”, de Buenos Aires, y “Letras”, de Santiago de Chile.

Las crónicas vallejianas de “El Norte” estaban apenas teñidas de cierto modernismo (como en sus primeros poemas), una postura que ejercía un estilo, como dice Puccinelli, algo “frívolo, impresionista y ligero”, pero que en el caso de Vallejo estaba centrado en la búsqueda de la “palabra exquisita”. Luego, la dimensión de su discurso periodístico profundizaría en los temas y le daría a sus ideas, solidez argumentativa; y a su postura, un maduro espíritu crítico.

En octubre de 1928, aprovechó un dinero que se le concedió para que regresara al Perú, para marchar hacia su destino: la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), cuyo nombre ya era oficial desde 1923, pero el poeta se resistía a llamarla así, al menos en esos años. Quería apreciar el ambiente ruso en medio de sus celebraciones revolucionarias, por eso anduvo por esos parajes durante casi dos meses. A fines de noviembre, ya estaba de regreso en París y muy convencido de que se venían nuevos tiempos.

César Vallejo

(Foto: Archivo El Comercio)

Vallejo en “El Comercio”

En esas circunstancias, Vallejo empezó a colaborar en “El Comercio”, en cuyas ediciones había varias páginas de colaboradores que escribían desde Europa. El 3 de febrero de 1929 -aunque firmada en París, en diciembre de 1928- apareció su primer artículo, titulado “La megalomanía de un continente”, en el que a partir del libro de Oswald Spengler, “La decadencia de Occidente” (1922), el poeta especulaba sobre el sueño de que América Latina se convirtiera en la heredera cultural de Occidente.

Para un Vallejo lúcido y visionario, no solo la pobreza material sino la mediocridad espiritual eran los motivos de que los latinoamericanos no nos convirtiéramos en los líderes que el mundo necesitaba entonces. No era el momento de América latina, decía Vallejo, sino de "Estados Unidos y Rusia".

Desde mediados de la década de 1920, Vallejo tomó muy en serio su formación política. La lectura rigurosa de los clásicos marxistas reenfocó su visión de los hechos sociales y políticos de su momento (los temas de sus artículos y crónicas). Fue así un entusiasta de la revolución bolchevique, pero no un fanático.

La libertad y el espíritu crítico de Vallejo lo hizo una pluma interesante para el diario “El Comercio”. A su primera colaboración, siguieron en el primer año: “Últimas novedades artísticas de París” (10/2/1929), “Las grandes crisis modernas” (10/3/1929), “De Rasputín a Ibsen” (17/3/1929), “Graves escándalos médicos en París” (7/4/1929), “Acerca de la revolución rusa” (28/4/1929), “La obra de arte y la vida del artista” (6/5/1929), “César Vallejo en viaje a Rusia” (12/5/1929), “El decorado teatral moderno” (9/6/1929), “La libertad de la prensa en Francia” (1/7/1929), “El año de 13 meses” (7/7/1929) y “La nueva poesía norteamericana” (30/7/1929).

César Vallejo

(Foto: Archivo El Comercio)

Su continua producción periodística de esos meses lo agotó al punto de que tuvo que darse un tiempo, junto a su mujer Georgette Philippart, para descansar en la región francesa de Bretaña, frente al Canal de la Mancha.

Siguió su colaboración con el diario con “Un libro sensacional sobre la guerra” (11/8/1929) y “Cómo será la guerra futura” (15/9/1929). En ese mes de setiembre del ‘29, Vallejo logró viajar por segunda vez a la URSS, a su admirada “Rusia”, al lado de su querida Georgette. Según lo indicó el propio poeta, su viaje no fue el de un partidario más, sino el de un “escritor independiente”.

Desde Berlín llegó a Leningrado y de allí a Moscú. De regreso pasó por las ciudades de Varsovia, Praga, Colonia, Viena, Budapest, Trieste, Venecia, Florencia, Roma, Pisa, Niza y, al punto de partida, París. Con ese bagaje cultural, intelectual, sociopolítico e existencial, Vallejo siguió con sus artículos en el Decano: “En un circo alemán” (6/10/1929) y, el último del año, “París y Moscú” (27/10/1929).

En 1930 su aporte a “El Comercio” fue menor y en prevalecieron -como el año anterior- tanto notas de arte y literatura como de política europea. Esa segunda vivencia rusa encontró mayor espacio en publicaciones españolas como “Bolívar”, que dirigía Pablo Abril en Madrid, un órgano de estudiantes latinoamericanos que publicó sus reportajes entre febrero y julio de ese año.

César Vallejo

(Foto: Archivo)

El poeta de Santiago de Chuco publicó paralelamente en “El Comercio”, los artículos “Panalt Istrati político” (16/3/1930), “Alrededor del banco de las reparaciones” (13/4/1930), “Un reportaje en Rusia III: revelación de Moscú” (18/5/1930), “Una reunión de escritores soviéticos” (1/6/1930) y “Últimas novedades teatrales de París” (15/6/1930).

Allí hizo otro alto. En ese lapso, el poeta viajó con Georgette por toda España. Conoció a los poetas Rafael Alberti, Gerardo Diego, Corpus Barga, entre otros, y publicó con apoyo de sus amigos, una nueva edición de “Trilce” en julio de 1930, con un generoso prólogo del escritor español José Bergamín. Siguieron dos colaboraciones finales en el Decano: “Vladimiro Maiakovsky” (14/9/1930) y, el último, “Las grandes crisis económicas del día. El caso teórico y práctico de Francia” (14/12/1930). Con la mayoría de estos artículos (1929-1930), y otros que escribiría en 1931, se publicó muchos años después de su muerte, el libro “El arte y la revolución” (1973).

Pero regresó a París, atraído de nuevo por su misterio. Su activismo político, ligado a grupos comunistas, se acentuó. En diciembre de 1930, Vallejo y su pareja fueron expulsados de Francia por su empeño conspirador, según las autoridades. En los últimos días de ese año llegaron a Madrid, donde Vallejo vivión intensamente con la conciencia de estar escribiendo lo mejor de su creación poética e intelectual.

La recta final

Desde 1931, instalado en Madrid, dejó de colaborar con “El Comercio” y con otras publicaciones peruanas, entre otras causas -muy probablemente- por la crisis que se vivía en una España convulsionada. En abril de ese año fue testigo directo del nacimiento de la República y se inscribió en el Partido Comunista de España. Desde entonces su camino se empedró de compromisos políticos cada vez más exigentes.

Su respuesta literaria fue una novela social muy potente y radical como “El tungsteno” (1931), que publicó en la capital española; mientras que su conjunto de reportajes sobre su incursión en la intensa vida rusa, causó un verdadero asombro y fue un éxito en España, inicialmente.

Su vida literaria y humana durante la década de 1930 fue decisiva en su poesía que, dispersa en varios cuadernos, logró publicarse post-mortem, con ayuda de Georgette, bajo los memorables títulos de “Poemas humanos” (1939) -poemas todos “europeos”, escritos entre 1923 y 1938- y “España, aparte de mí este cáliz” (1939), estos últimos versos de fines de 1937.

César Vallejo regresó a París para cerrar su vida, una tarde de aguacero, el 15 de abril de 1938. Hace 80 años. España caía en manos del franquismo y él solo era un muchachón de 46 años que agonizaba como el más grande poeta peruano.

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