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La mañana del lunes 25 de abril de 1988, el Aeropuerto Internacional Jorge Chávez dejó de ser, por unas horas, el umbral de un país agobiado por los “paquetazos” y la incertidumbre, para convertirse en el epicentro de un furor musical nunca antes visto para un artista de habla francesa en el Perú.
La mañana del lunes 25 de abril de 1988, el Aeropuerto Internacional Jorge Chávez dejó de ser, por unas horas, el umbral de un país agobiado por los “paquetazos” y la incertidumbre, para convertirse en el epicentro de un furor musical nunca antes visto para un artista de habla francesa en el Perú.
Mientras el país lidiaba con los estragos del primer gobierno de Alan García, marcados por una inflación galopante y el aislamiento internacional, el arribo del cuarteto Indochine (Indochina, le llamaban todos los medios de comunicación peruanos de esos años) supuso una bocanada de aire fresco y modernidad que sacudió los cimientos de la juventud en Lima.

INDOCHINE: UN FENÓMENO GESTADO EN LAS ONDAS RADIALES
Aunque el grupo se había formado en 1981, sus primeros años se limitaron al éxito en Francia y países francófonos como Bélgica, Suiza y Canadá. Sin embargo, a partir de 1986, una penetración musical efectiva comenzó a cruzar fronteras idiomáticas. En el Perú, el eco de su “pop moderno” empezó a retumbar con fuerza gracias a emisoras emblemáticas como Radio Doble 9, Panamericana y 1160.
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La chispa inicial fue el clásico “L’aventurier” (El aventurero), una composición de fines de 1982 dedicada al personaje de cómic Bob Morane. Para los adolescentes peruanos de finales de los años ochenta, esa figura del hombre de acción, idealista y solidario, se convirtió en una metáfora de la libertad que tanto ansiaban.

Para 1987, el álbum en vivo Indochine au Zénith, editado localmente por el sello El Virrey, ya estaba en manos de miles de seguidores, consolidando un fenómeno generacional que el diario El Comercio definió como una “perfecta simplicidad” capaz de tocar la sensibilidad de cualquier público.
EL ARRIBO DE INDOCHINE: ENTRE LA SEGURIDAD Y DEVOCIÓN
La banda francesa llegó al Perú varios días antes de sus presentaciones para realizar labores de promoción y satisfacer su propia curiosidad por el público que más los aclamaba a la distancia. Fueron traídos por el empresario Jorge Fernández Mazaira y su empresa Show S.A.

Los músicos de Indochine desembarcaron rodeados de una seguridad exhaustiva y rigurosa, necesaria ante la amenaza constante de atentados terroristas que asolaban la capital. Ellos eran: Nicola Sirkis (vocalista) y Stéphane Sirkis (sintetizador), gemelos que llegaron con 28 años; Dominique Nicolas (guitarra y bajo), de 29 años y principal compositor; y Dimitri Bodianski (saxofón), el menor de la banda con 24 años.
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El cuarteto galo que cautivó a las cámaras de televisión se vio sorprendido desde el inicio de su visita, ya que a las afueras del principal terminal aéreo del país, más de 200 escolares realizaron una guardia con carteles, confirmando lo que los músicos dirían después en conferencia de prensa: “El Perú nos ha escogido”.

INDOCHINE: EL PENSAMIENTO DETRÁS DE LAS LETRAS
El 28 de abril de 1988, un día antes del debut en el Coliseo Amauta, la banda ofreció entrevistas donde desnudaron su filosofía. Dominique Nicolas resumió la naturalidad con que vivían su proceso creativo: “Si la canción sale buena la grabamos y si no, sencillamente, la botamos”.
Por su parte, Dimitri Bodianski aclaró la postura política del grupo, a menudo malinterpretada por las menciones a figuras como el Che Guevara o Mao: “Es una manera de reírse de todo el aparato político... preferimos dar a la juventud la oportunidad de soñar”.
Nicola Sirkis, consultado por el nombre del grupo, fue muy pragmático: ellos eligieron Indochine simplemente porque el sonido de la palabra era “lindo”, restándole peso a la carga colonial que el nombre sugería para las clases dirigentes francesas.
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FENÓMENO INDOCHINE: CUATRO CATARSIS EN EL AMAUTA
Las entradas, con un precio promedio de 20 dólares, se agotaron rápidamente para las primeras fechas. El Coliseo Amauta, que años atrás, en 1982, había vibrado con el mundial de vóley, se preparó para recibir a miles de jóvenes de entre 14 y 20 años.

La atmósfera del concierto fue descrita como una “isla de modernidad”. Los asistentes, vestidos con camisas anchas y pantalones bombachos, disfrutaron primero del grupo nacional Jas, liderado por Sergio Cava, quien logró animar a la audiencia pese a los recurrentes problemas técnicos con el audio.
Cuando finalmente las siluetas vestidas de negro de Indochine tomaron sus posiciones en un escenario de tres niveles, la locura estalló. La estructura, una especie de pirámide rectangular, permitió que Nicola saltara y recorriera la pasarela mientras interpretaba las canciones-himnos del grupo.

“Troisième Sexe” (Tercer sexo): una oda a la diversidad sexual, inspirada en el Londres de Boy George; “Canary Bay”: un tema que cantaba a la pasión amorosa entre mujeres libres; y “J’ai demandé à la lune”: una pieza que simbolizaba el desasosiego juvenil.
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INDOCHINE: EL LEGADO DE UNA VISITA ÚNICA
Tras los conciertos del 29 y 30 de abril, los artistas galos aprovecharon para hacer turismo en Iquitos y Cusco, regresando a Lima para cerrar su periplo con dos presentaciones finales, el 6 y 7 de mayo.

A pesar del éxito rotundo de sus composiciones, se supo que el grupo francés hizo una rebaja considerable en sus honorarios, recibiendo solo 52 mil dólares por las cuatro fechas debido a su gran deseo de tocar en el Perú.
Indochine se marchó el 8 de mayo de 1988, dejando atrás una estela de nostalgia que persiste hasta hoy. Aunque los rumores de un regreso fueron frenados por la pandemia en 2020, el recuerdo de aquellas noches en el Coliseo Amauta permanece como el testimonio de una juventud que, en medio de la oscuridad de los ochenta, encontró en el pop francés una luz para bailar y soñar.
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