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Las lecciones de la Escuela Columbine aún no han sido aprendidas

Columbine

(Foto: Agencia)

Hoy, a veinte años de la masacre en Columbine, la presencia de armas en colegios es también un problema en América Latina.

Hace 20 años el mundo no era menos violento que hoy. A principios de abril de 1999 la OTAN bombardeaba Belgrado. En ese mismo momento, dos extraños estudiantes pulían un tenebroso plan para asesinar a sus compañeros de la Escuela Columbine, en Littleton, Estados Unidos.

Eric Harris (18) y Dylan Klebold (17) se armaron como un par de comandos antes de ingresar a su centro de estudios, donde 1.800 alumnos asistían a su habitual día de clases. Los jóvenes estaban cargados de municiones, pero vacíos de afecto.

El perfil psicológico de ambos, analizado a posteriori, definía a Harris como un muchacho extrovertido y comunicativo, pero potencialmente peligroso, con ansias incontrolables de matar y destruir.

Klebold, por su parte, se sentía postergado y agobiado por una inmensa depresión. Era dependiente y subordinado, por eso halló en su amigo al “líder” que necesitaba. Los dos formaban parte de la pandilla denominada la “Mafia de la gabardina”.

Columbine

(Foto:Agencia)

En 2016 la madre de Dylan comentó que su hogar era tan normal que le era imposible sospechar que su hijo fuera un asesino en ciernes. La familia estaba unida, el padre regresaba del trabajo a la casa para cenar y leer el periódico, y la madre hacía obra social. Una parte de Dylan encajaba con esa vida armoniosa, mientras su “otro yo” montaba un clandestino y mortífero arsenal.

La mañana del 20 de abril de 1999, ambos amigos se dirigieron a la escuela, cada uno en su propio auto. Minutos después de las 11:00, dejaron sus vehículos en el estacionamiento, extrajeron fusiles automáticos y granadas caseras y caminaron hacia la escuela. Antes de entrar balearon a dos estudiantes que conversaban en los exteriores. Uno de ellos murió. Eran las 11:08, hora local.

En sus casas, ocultos de sus padres, los jóvenes tenían cientos de escritos en los que plasmaban sus estados de ánimo, frustraciones y odios –incluyendo poemas y dibujos-. Toda esa papelería fue hecha pública recién en 2006 por los investigadores del caso.

“Ténganlo presente, hay probablemente unas 100 personas en la escuela que no quiero que mueran. El resto debe morir”, señaló Harris en su diario personal en 1998. El joven estaba ebrio de desprecio y venganza.

Columbine

(Foto: Agencia)

Cuando Eric y Dylan pisaron la escuela, los alumnos se disponían a almorzar en la cafetería. Allí, horas antes, ambos estudiantes habían camuflado numerosos explosivos listos para detonar. Otros jóvenes, por su parte, aún permanecían en la biblioteca. En estos dos ambientes se produciría la mayor cantidad de víctimas.

A las 11:25 irrumpieron en el comedor y en un principio seleccionaron a sus objetivos. Luego abalearon a sus compañeros a discreción. Después accedieron a la biblioteca y continuaron con la masacre.

Durante su recorrido de la muerte, no cesaron de disparar mientras gritaban “esta es nuestra venganza”. Sin compasión. Con la frialdad de dos expertos asesinos convirtieron pasillos y salones en escenarios de pánico. Gritos, alarmas y balas hicieron de Columbine el mismo infierno.

Afuera un tímido grupo de policías dudaba en ingresar y solicitaba refuerzos. Adentro, algunos profesores pedían a los alumnos que se ocultaran o abandonaran el recinto.

Columbine

(Foto:Agencia)

Doce alumnos y un profesor fueron asesinados, y los heridos ascendieron a 24. Tras hacer más de 900 disparos, los victimarios se apuntaron a sí mismos y acabaron con sus vidas, tal como lo habían acordado. Todo terminó casi una hora después del primer asesinato.

La masacre hizo que la comunidad mundial pusiera sus ojos en temas como salud mental, videojuegos y venta de armas. Sin embargo, mares de tinta y cientos de horas en análisis y reflexiones sirvieron de poco para evitar futuros tiroteos, sobre todo en Estados Unidos, donde fusiles y pistolas están al alcance de cualquiera.

La tragedia fue un perfecto pretexto para que el incómodo director de cine Michael Moore confeccionara el exitoso documental “Columbine Bowling”, que hace una profunda radiografía sobre la sociedad norteamericana y su perniciosa relación con el miedo, la inseguridad, el racismo y el armamento.

Columbine

(Foto: Agencia)

En Latinoamérica

Durante décadas este formato de masacre en escuelas fue patrimonio de los Estados Unidos, y en menor cuantía de algunos países europeos.

Hoy se ha globalizado peligrosamente. Ha tocado las puertas de América Latina hace unos días. Fue en Sao Paulo, Brasil, el 13 de marzo. Dos adolescentes mataron a tiros a cinco estudiantes, una profesora, un funcionario y al tío de uno de los asesinos. Rodeados por la policía, los jóvenes agresores se suicidaron.

Un alumno declaró al diario “Folha de Sao Paulo” que Guilherme Taucci Monteiro, uno de los atacantes, siempre decía que algún día repetiría la matanza de Columbine. El tiroteo se ha producido después de que en enero el presidente Jair Bolsonaro firmara un decreto que facilitaba la posesión de armas.

El 19 de marzo un estudiante peruano murió y otro quedó herido por el disparo involuntario de un compañero de clase, quien había llevado un arma para mostrársela a sus amigos. Lo sucedido en el colegio Trilce en Villa El Salvador está muy lejos del episodio de Columbine, pero no escapa a un síntoma común: la posesión de armas. Éstas no deben estar en manos de estudiantes, ni para matar, ni para jugar.

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