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Cuando el río Huaycoloro llegó al centro de Lima

Hace 20 años, el 23 de febrero de 1998, un gran desborde, consecuencia de las lluvias y la caída de huaicos, dejó a la capital limeña en medio del caos y la improvisación

Huaycolor

(Foto: Archivo El Comercio)

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Un mes antes, en enero de 1998, ya la gente de los alrededores del río Huaycoloro denunciaba que los dos conductos subterráneos que pasaban por debajo de la autopista Ramiro Prialé estaban por colapsar. La quebrada de Jicamarca, al este de Lima, lucía descuidada, sucia y en esas circunstancias no sorprendía un gran desborde.

Cuando algo similar ocurrió en 1987, con huaicos en Chosica y Chaclacayo, las zonas más afectadas fueron en San Juan de Lurigancho (Campoy, Huachipa, Zárate, Caja de Agua) y en el Rímac (Piedra Liza), llegando cerca del Centro de Lima. Once años después, la historia volvería a repetirse.

Una mezcla de lodo, piedras, troncos y basura sobrecargó el torrente del Rímac, cuyo cauce con los años había perdido “espacio vital”, cuando fue reencauzándose para entregar tierra a la actividad agrícola y a los asentamientos humanos.

El Huaycoloro descontrolado terminaría -como en los años 80- inundando además de las zonas de San Juan de Lurigancho, las inmediaciones de la Plaza de Acho en el Rímac y algunos sectores del Cercado de Lima. Todos lo sabían o intuían, pero nadie hizo mucho por atenuar el impacto de la naturaleza; ni el empeñoso alcalde de entonces, Alberto Andrade Carmona, intervino a tiempo.

El desastre del Huaycoloro

En la edición del sábado 22 de febrero de “Somos”, la carta de un lector de la zona de Campoy alertó sobre el peligro que significaba el cauce del Huaycoloro: “Sobre este río se ubica el puente (...) a una altura de 60 cm. del nivel de las aguas, lo que reviste un gran peligro en caso de arremeter un huayco”. Al día siguiente, el río se desbordó.

Huaycoloro

(Foto: Archivo El Comercio)

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Desde la madrugada del domingo 23 de febrero, el aumento del caudal del Rímac era más que notorio. La policía alertó a los habitantes perifoneando con insistencia, pero estos no hicieron caso o muy pocos lo hicieron. Era evidente que el Huaycoloro estaba desbordándose.

La alerta empezó a darse en varios puntos de la ribera del río Hablador, habitada en su mayoría por pobladores de asentamientos humanos. Recién a las 8 de la mañana, los vecinos reaccionaron y se dieron cuenta de la dimensión del problema.

Hubo familias enteras que tuvieron que desalojar sus hogares. Pero, como siempre, hubo quienes prefirieron ver el “espectáculo” del Huaycoloro y el Rímac, los que combinando sus fuerzas parecían planear su recorrido hasta llegar al mismísimo Palacio de Gobierno.

Durante la mañana dominical, el Senamhi informó que el río había alcanzado un aforo máximo de 82,5 metros cúbicos por segundo. Más tarde su supo que un huaico había caído por el cauce del río Seco en la quebrada de Huaycoloro, lo que obligó a desalojar a la población colindante, vecinos del distrito de San Juan de Lurigancho.

Huaycoloro

(Foto: Archivo El Comercio)

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Las aguas del Rímac crecían como una mole líquida de color marrón oscuro. Era un río barroso que se convertiría en uno ingobernable por la estrechez del cauce, producto a la vez de la acumulación de basura y restos de desmontes. Siempre las mismas causas de tantos otros desbordes del río limeño y sus afluentes.

La victoria de un “Niño”

Era el Fenómeno del Niño en su máximo esplendor, que ya en otras partes del país había hecho estragos, pero en Lima se sintió recién con furia esa jornada y en los días posteriores. El mayor y primer golpe del desborde lo recibieron miles de vecinos de las zonas de Santa María de Huachipa, de Zárate y Campoy, cuyas casas terminaron inundadas.

Los damnificados crecían a cada minuto. También se perjudicó la Vía de Evitamiento y parte del distrito del Rímac. Apenas a un kilómetro de distancia estaba el Palacio de Gobierno. La capital en su máxima vulnerabilidad.

Huaycoloro

(Foto: Archivo El Comercio)

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Aquella vez fue una mañana extraña, complicada y lenta desde la reacción de las autoridades hasta la anomia de la propia gente. Ni Defensa Civil ni la Policía ni los alcaldes reaccionaron a tiempo. Solo lo hicieron al mediodía, cuando ya el desborde fluvial era una realidad tanto como los desmanes y el pillaje que acecharon especialmente en varias zonas de Campoy y Zárate.

Quedó claro para el Gobierno y la ciudadanía que como país de adultos un “Niño” nos había vencido; que nos derrotó en ese verano de 1998 y en nuestras propias narices. Un “Niño” nos acorraló, a pesar de toda la parafernalia gubernamental que podía esbozar un régimen  como el del hoy indultado Alberto Fujimori.

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