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En tierra de simios César es rey

El 8 de febrero de 1968 una cinta de ciencia ficción rompe esquemas con la sencilla fórmula de poner las cosas “de cabeza”.

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(Foto: Archivo El Comercio)

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Imagínese a hombres y monos viviendo fraternalmente en un mundo de paz y prosperidad. Suena difícil, cuando los hombres no han podido hacerlo ni siquiera entre ellos mismos. Pero así termina la saga original de cinco películas que alucinaron a una generación de finales de los sesentas y principio de los setentas. Todo nació en la creativa pluma del escritor galo Pierre Boulle (1912-1994), quien imaginó un planeta dominado por los simios, y lo plasmó en un innovador libro, en 1963.

Convertido en guion por Rod Serling, la obra montada en Hollywood la protagonizó un Charlton Heston de 45 años. Heston es el astronauta George Taylor, quien junto a dos de sus compañeros –la cuarta de la tripulación es una fémina que muere en el transcurso del viaje- aterrizan en un planeta aparentemente solitario, pero que esconde una enorme sorpresa. En 1968, año del estreno de esta cinta, Estados Unidos y la Unión Soviética vivían una afiebrada competencia por llegar a la Luna. El tema de los viajes espaciales estaba muy presente en los medios de comunicación y en la sociedad.

Los tres hombres empiezan una larga caminata –escenas grabadas en Arizona-. Sus pasos, bajo el agobiante sol, son acompañados por la extraordinaria banda sonora de Jerry Goldsmith, que no pierde su nivel durante todo el filme. Los visitantes del espacio encuentran agua y deciden bañarse. Manos extrañas roban sus ropas. Ellos los persiguen y de pronto son testigos de una suerte de espejismo: gorilas a caballo atacan a grupos de humanos ataviados con trajes de la era cuaternaria, y que además no pueden hablar.

Uno de los compañeros de Taylor muere; el otro es operado y convertido en un “zombie”. El astronauta sobrevive herido en la garganta y es puesto en una jaula, donde conoce a Nova –una de las humanas primitivas-. Taylor no puede hablar, pero sí escribir. Eso le permite comunicarse con la doctora Zira (Kim Hunter), quien siente que ha descubierto un espécimen extraño.
Se lo cuenta a su novio Cornelio (Roddy McDowall) y al científico Zaius (Maurice Evans), quien decide castrar a Taylor. Entonces éste huye y es atrapado en una memorable escena, en donde colgado en unas redes y a merced de los simios repentinamente recupera el habla para gritar eufórico: “Quita tus sucias patas de encima, mono asqueroso”.

“El hombre que habla” es ayudado a huir por Zira y Cornelio, y junto a ellos y a Nova llegan a la ciudad prohibida –lugar en donde cayó su nave espacial-. Allí encuentran unas excavaciones arqueológicas, dirigidas por Cornelio. Heston manipula una pequeña muñeca humana, comprobando que los humanos estuvieron allí antes que los simios, lo cual en lugar de darle respuestas le provoca mayores interrogantes.

Los fugados son emboscados por el doctor Zaius y un grupo de soldados simios. Con astucia, Taylor atrapa al científico y pide a cambio de su libertad un caballo, municiones y alimentos. Continúa con Nova su camino bordeando la playa hasta que una gigantesca imagen detiene su camino.

La respuesta a ese extraño mundo en donde todo se había invertido estaba allí: la imagen de la estatua de La Libertad enterrada hasta la mitad. Taylor y los espectadores descubren que las peripecias del astronauta habían tenido por escenario el mismo lugar desde donde había partido su nave espacial: la Tierra. Y deducen, a su vez, que una hecatombe nuclear -estábamos en medio de una Guerra fría también- había destruido la vida sobre nuestro planeta.

Taylor había vuelto a su hogar 2006 años después de despegar, aunque para él solo habían transcurrido cerca de dos años. Hundiendo sus manos en la arena maldice a su propia especie, que enceguecida por una carrera atómica indetenible, en algún momento había iniciado el conflicto final.

Un aviso pequeño de nueve por cinco centímetros, publicado en la sección de “Espectáculos” del diario El Comercio, el 26 de mayo de 1968, anunciaba el estreno en el Perú de la película “El planeta de los simios”, unos tres meses después de su primera proyección en Nueva York, Estados Unidos. El breve afiche muestra en un extremo el rostro de Charlton Heston y en el otro a dos simios sujetando al protagonista.

Además, se puede leer en un recuadro “Estreno exclusivo hoy”. Y se menciona los cines en donde iba a ser proyectado el filme de ciencia ficción: Excelsior, Petit Thouars, San Antonio, Ambassador y Porvenir. Un eslogan de ocho palabras promociona la película del director Franklin J. Schaffner: “El hombre perseguido…cazado…enjaulado por monos civilizados!!”.

En el cine Excelsior la cinta fue proyectada en tres funciones: 4, 7 y 10 de la noche, según el listín cinematográfico. Además, en el San Antonio se anunciaba que la película será proyectada en cinemascope y tecnicolor.

Dos años después, en 1970, llegó la primera secuela: “Regreso al planeta de los simios”. Luego vendría “Escape del planeta de los simios”, “Conquista del planeta de los simios” y, finalmente, “Batalla por el planeta de los simios”, en donde César, el hijo de Zira y Cornelio, se consolida como el gran gobernante de una naciente nueva comunidad, de simios y hombres viviendo en armonía.

“El Planeta de los simios”, de 112 minutos de duración, no solo es un cuento de ciencia ficción, es una elaborada crítica a la raza humana, sus perversiones y egoísmos. Cada cinco o seis minutos uno percibe el “aguijonazo” que desnuda las enormes grietas morales de la humanidad, y convierte el filme en una cadena de símbolos que construyen una historia con múltiples mensajes.

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