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Augusto Polo Campos en la memoria del Perú

Una vida larga de más de ocho décadas es la que mantuvo vigente su leyenda de compositor musical excepcional. El maestro Augusto Polo Campos murió ayer por la noche, a pocas horas del aniversario de Lima. Aquí una breve reseña de su fructífera vida. 

Puquio, ese simbólico distrito de la provincia de Lucanas, en el corazón del “Rincón de los Muertos”, en Ayacucho, vio nacer a Augusto Armando Polo Campos, el 25 de febrero de 1932. Ya casi retirado de la actividad pública, su gran legado musical se impuso de lejos a una vida no ajena a la polémica, la crítica y el escarnio.

Años de aprendizaje

Llegó a Lima desde Ayacucho cuando apenas aprendía a caminar. Lo hizo de manos de su padre, el limeño Rodrigo Polo Alzamora, mayor del Ejército Peruano, y de su madre, la chiclayana Flor de María Campos, quien era guitarrista y amante de la música. Ella supo inculcar en el pequeño Augusto el amor y respeto por el espíritu criollo.

De regreso a Lima, la familia Polo Campos se instaló en el Rímac, donde recibía a parientes y amigos y se armaban grandes jaranas y peñas. Augusto vivió todo eso, pero también debió cuidar los carros estacionados para ganar algo y ayudar en su casa.

Pese a todo se impuso en su imaginario el mundo artístico de los Campos y los Polos, entre los que destacaban Oswaldo y Manuel Campos (tíos), Graciela y Noemí Polo (primas) y Rafael Matallana (primo); incluso se contaba la leyenda de que pudo escuchar, en su propia hogar, al dúo fundador del criollismo peruano, integrado por Eduardo Montes (voz) y César Manrique (voz y guitarra).

En ese ambiente festivo y creativo no fue raro que el pequeño Augusto desarrollara luego sus indiscutibles habilidades para escribir versos e imaginárselos dando vida a sus canciones. En la década de 1950 estas piezas fueron interpretadas por “Los Troveros Criollos” como trío (Oswaldo Campos, Javier Gonzáles y Miguel Paz) y como dúo (“Carreta” Jorge Pérez y Lucho Garland); con ellos Polo Campos disfrutó de la fama muy joven. Sus éxitos de esos años fueron, entre otros, “La Jarana de Colón”, “Tu perdición”, “Vuelve pronto”, “Noche de Amargura”, “Ay Raquel” y “Romance en la Parada”.

Sin embargo, por presión de una parte de su familia, que temía su perdición en la bohemia, Augusto ingresó a mediados de los años 50 a la que sería la Escuela de la Policía de Investigaciones del Perú, institución donde estuvo diez años de su vida. El compositor llegó al grado de Auxiliar de 3ra. y pidió su retiro voluntario en 1964, tras ganar -un año antes- un festival criollo en el Rímac con el vals “Limeña”. El premio fue 30 mil soles, equivalente a varios sueldos de los que ganaba como policía.   

Una vida libre y musical

El joven Augusto sintió la necesidad de vivir libremente y expresar sin tapujos sus letras y composiciones musicales. Poseía un espíritu creador y un natural apego por lo popular y nacional. En la década de 1960 surgió otro pacto: esta vez con “Los Morochucos” (Alejandro Cortez, Augusto Ego Aguirre y el guitarrista Óscar Avilés), con quienes abrió otro campo para su genio. La fama de Polo Campos se consolidó. Es de esos años que se popularizó una de sus canciones más recordadas a nivel nacional e internacional: “Cuando llora mi guitarra”. Otras canciones bien concebidas y populares de ese tiempo fueron: “Si Lima pudiera hablar”, “Cariño malo”, “Regresa”, entre otras canciones.

El trabajo artístico de Polo Campos fue impecable e incuestionable hasta finales de los años 60, década en la que los jóvenes intérpretes criollos lo admiraban y respetaban sin objeciones por su tarea de compositor.

La llegada de los militares al poder en 1968 y, sobre todo, en los años 70 el proceso político, económico y social que llevaron adelante (tomaron además los medios de comunicación y controlaron todo tipo de espacios culturales), enfrentó al músico Polo Campos a un verdadero monstruo estatal. Y se acercó a él sin pudor ni hipocresías.

Ello le traería una severa crítica a las razones de sus composiciones y a lo que las motivaba. Lo acusaron de ser populista y retórico, además de ser una especie de “mercachifle de la canción”.  Es sabido que “Y se llama Perú”, compuesto por Polo Campos e interpretado con emoción por el dúo de Arturo “Zambo” Cavero y Óscar Avilés, fue inicialmente un encargo del gobierno militar del general Juan Velasco Alvarado, con el objeto de incentivar en el pueblo el nacionalismo del régimen. Sin embargo, si bien el origen fue ese, la canción fue promovida por Panamericana Televisión (PANTEL) por Fiestas Patrias, siendo esta empresa la que compensó económicamente al músico, deviniendo luego en un inobjetable “himno” de la peruanidad.

Escribir canciones a sueldo, vender su talento, fue el sambenito que se le colocó. Con seguridad cayó en esa práctica, como fue el caso de “Contigo Perú”, que el gobierno militar le encargó a raíz de las eliminatorias para el mundial de Alemania ’74. A la vez, Polo Campos compuso otras muchísimas canciones con inspirada y legítima riqueza expresiva del sentir popular peruano.   

La popular canción “Cada domingo a las doce” también fue de esos años 70, un tema romántico y tradicional como pocos. Su genio parecía no apagarse, se renovaba, sorprendía, conmovía aún con una fuerza sorprendente.

Polo Campos gustaba de sorprender o provocar; por ejemplo, se ufanaba desde los años 80 de ser una autodidacta, de ser un artista musical inspirado y sin haber estudiado música ni saber tocar ningún instrumento. Se vanagloriaba hasta el hartazgo de sus proezas sexuales y seductoras sin recelos, con alegría incluso. Pese a todo ello, su talento fue reconocido internacionalmente en 1983 cuando fue galardonado  por la OEA con el título de “Patrimonio de América”, al lado de los intérpretes Jesús Vásquez, Luis Abanto Morales, Óscar Avilés y Arturo “Zambo” Cavero.      

Augusto fue una persona multifacética: desde los años 70 y 80 trabajó como guionista de televisión, especialmente destacó como escritor de los extensos, retóricos y ocurrentes discursos del personaje “Camotillo, el tinterillo”, que encarnaba el actor cómico Tulio Loza. Y en los años 90, sorprendió su capacidad de trabajo a pesar de sus más de 60 años de edad. Era entonces, además de compositor y guionista, columnista en un diario, creativo de jingles comerciales y, muchas veces, se convirtió o mutó en presentador de eventos. Hasta dirigió una escuela de música. Inagotable.

El otoño de un patriarca criollo

Los años avanzaron sin misericordia. No solo para Augusto Polo Campos sino también para sus compinches del criollismo desde “Los Trovadores Criollos”, pasando por “Los Morochucos”, hasta el dúo maravilloso Cavero-Avilés. Todos han sucumbido ante la muerte, ahora le tocó al maestro, al gran maestro de la composición criolla.

Augusto Polo Campos ganó en casi todos los festivales en los que participó y sus temas han sido grabados por cantantes de prestigio como José Luis Rodríguez “El Puma”, Raphael, Julio Iglesias, Armando Manzanero y hasta por el “Rey del Mambo”, Dámaso Pérez Prado.

Se podría decir también que sus canciones le dieron potencia y respaldo a las voces de grandes intérpretes nacionales como Cecilia Bracamonte, Edith Barr, Lucha Reyes, Lucía de la Cruz, Eva Ayllón y, por supuesto, Arturo “Zambo” Cavero.      
 
“No hay tema sobre el que no pueda versar”, dijo en diversas entrevistas. Himnos para colegios, empresas e instituciones en todo el país; él no se negaba a nada, mientras mantuviera su fe o palabra empeñada a Sarita Colonia, de cuya imagen y mausoleo fue protector. 

En el 2013 se emitió la serie de televisión “Los amores de Polo”, basada en la vida amorosa del compositor criollo, quien llevaba 70 años (su primera canción es “Arquero cantor” de 1946) componiendo un número incalculable de canciones que algunos aseguran han llegado al millar de composiciones, muchas de ellas ya clásicas del cancionero peruano.

El arte musical de Augusto Polo Campos, su “repentismo musical”, como él mismo explicó alguna vez, le dio un gran reconocimiento y le ha asegurado un lugar de privilegio en la historia de la música criolla peruana.

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