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Día de San Valentín: del rito del beso a su récord mundial en Chicago en 1984
La celebración del 14 de febrero se instaló en el Perú como una costumbre urbana hacia los años 50, impulsada desde el hemisferio norte por el comercio, el marketing y los medios. Así, el mundo moderno convirtió el beso —antes íntimo—en un símbolo de ese Día del Amor y luego en un espectáculo medible y noticia global, como ocurrió en Chicago a mediados de los años 80.
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Luego de lograr su extraordinario récord en Chicago, Delphine Crha besa de alegría a su novio Eddie Levin, ese 24 de septiembre de 1984. (Foto: AP / John Swart)
Cada 14 de febrero, las ciudades del Perú repiten el ritual: parques llenos, tarjetas —hoy virtuales—, flores, chocolates y reconciliaciones. Pero detrás de esa escena hay siglos de historia —martirios romanos, relatos medievales y una tradición que se adaptó a la vida moderna—, y además un episodio insólito que, de todas maneras, se vincularía con el Día del Amor: el beso más largo del siglo XX, registrado en Chicago (EE.UU.) el 24 de septiembre de 1984.
Cada 14 de febrero, las ciudades del Perú repiten el ritual: parques llenos, tarjetas —hoy virtuales—, flores, chocolates y reconciliaciones. Pero detrás de esa escena hay siglos de historia —martirios romanos, relatos medievales y una tradición que se adaptó a la vida moderna—, y además un episodio insólito que, de todas maneras, se vincularía con el Día del Amor: el beso más largo del siglo XX, registrado en Chicago (EE.UU.) el 24 de septiembre de 1984.
En Lima no se inventó el Día de los Enamorados, pero esta lo adoptó con rapidez. Cada 14 de febrero, como contaba El Comercio en los años 80 y 90, las parejas “invadían” parques y plazas, intercambiaban regalos, repetían frases gastadas y se prometían —con mayor o menor convicción— un amor definitivo.
DÍA DE LOS ENAMORADOS
Esa escena cotidiana encierra una clave cultural: en la ciudad moderna el amor se vive, pero también se representa, con un día, objetos y un guion social aceptado, del que si no participas quedas afuera.
Imagen de una pareja despidiéndose el 6 de agosto de 1980, tras las puertas de vidrio del Aeropuerto Internacional Jorge Chávez. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio / José Michilot)
/ JOSE MICHILOT
Una nota de El Comercio de 1991 recordaba un dato hoy llamativo: en el Perú, San Valentín se celebraba “desde hace casi cuatro décadas”, es decir, desde fines de los años 40 o inicios de los 50.
No era una tradición colonial ni republicana temprana, sino una costumbre urbana y contemporánea que se instaló de forma gradual. Antes de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) la referencia sentimental era el Día de San Antonio, no San Valentín.
Ese cambio revelaba cómo las costumbres religiosas, populares y comerciales se reordenan con el tiempo: el calendario se negocia, y el 14 de febrero terminó imponiéndose incluso para quienes no saben —ni necesitan saber— quién fue San Valentín.
Publicidad en El Comercio del 14 de febrero de los años 1980, 1982 y 1983, respectivamente. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)
Más avisos inspirados en el Día de los Enamorados de los años 1983, 1984 y 1985, respectivamente. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)
El SANTO Y LA HISTORIA: EL PODER DEL RELATO
San Valentín fue un presbítero romano del siglo III, apaleado y degollado por su fe, a quien se atribuye la costumbre de aconsejar a las parejas antes del matrimonio, origen de su patronazgo amoroso. Pero la fecha no se explica solo por el martirio.
Otra versión la vincula con el Duque de Orleans, capturado durante 25 años, quien habría escrito cada 14 de febrero una carta a su amada. Más allá de su exactitud, el episodio cumple una función: justificar la fecha con una historia de amor y ausencia.
Con los siglos, San Valentín dejó de ser solo un santo para convertirse en una práctica social: hoy el Día del Amor o Día de los Enamorados opera menos como conmemoración religiosa y más como rito urbano, sostenido por objetos y gestos, como tarjetas, rosas, muñecos, detalles.
Concurso de besos organizado por la Municipalidad de Lima, el 14 de febrero del 2000. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio / Eduardo López)
/ EDUARDO LOPEZ
DEL BESO ÍNTIMO AL BESO RÉCORD
El primer beso cinematográfico se registró en 1896, en The Kiss, una pieza de 30 segundos de Thomas Edison, y desde entonces el beso dejó de ser estrictamente privado: se volvió imagen pública, repetible y exportable.
En los años 80 y 90, esa lógica se conectó con otra obsesión cultural: “batir récords” y convertir el éxito en noticia. Así, el 24 de setiembre de 1984, en Chicago, en los Estados Unidos, los jóvenes novios Delphine Crha y Eddie Levin protagonizaron el beso más largo documentado: 17 días, 10 horas y 30 minutos, haciéndolo con las obligadas pausas del sueño y otras necesidades fisiológicas.
No fue solo romanticismo mediático, sino también un producto de época: la búsqueda de notoriedad mediante hazañas extravagantes. Lo íntimo se volvió medible, vigilado y televisable; el beso dejó de ser placer y se convirtió en una especie de resistencia disforzada. El amor podía ser real, pero el espectáculo no perdonó.
Pareja tailandesa poseedora del último récord del beso más largo, dado ya en otras condiciones a las de 1984. (Foto: Internet)
METÁFORA DE LA MODERNIDAD
En 1984, las reglas mediáticas para el “beso-récord” eran sumamente flexibles y permitían grandes pausas, a diferencia de las normas del siglo XXI, que exigían continuidad absoluta. Eso redujo drásticamente las duraciones, aunque aún se lograron marcas como la de una pareja tailandesa, Ekkachai y Laksana Tiranarat, quienes se besaron sin pausa alguna durante 58 horas, 35 minutos y 58 segundos en Pattaya, en febrero de 2013.
Ese récord, organizado por Ripley’s Believe It or Not! y documentado por Guinness, fue el último de la modalidad de una sola pareja contra el tiempo. En 2023, Guinness desactivó la categoría por considerarla peligrosa y la reemplazó por un maratón con descansos: cinco minutos por cada hora.
Aun así, el beso de Chicago —17 días— quedó como símbolo de una osadía casi sobrehumana. Y, difícilmente, y menos en una jornada como el Día de San Valentín, podrá ser olvidado.