Día del Niño: el nostálgico recuerdo del juego de cometas en Lima en los años 60 | FOTOS
Este 17 de agosto, tercer domingo del mes, se celebra el Día del Niño en el Perú y en buena parte del mundo. En décadas pasadas, no había juego más esperado que volar una cometa, tradición que alcanzó su máximo esplendor a fines de la década de 1960. Hoy, pocos la practican, pero su recuerdo sigue vivo en la memoria de quienes alguna vez llenaron el cielo de colores.
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La brisa de invierno en Lima ya no es la misma. Ya no trae consigo el murmullo de una tradición que se elevaba más allá de las azoteas, desafiando a los postes de luz y a los grandes edificios. Fueron las décadas de los 60, 70 y 80, tiempos en los que un simple trozo de papel y dos cañas se convertían en una extensión de nuestros propios sueños de volar. Pero el clímax sucedió a fines de los años 60, en un Perú que vivía las consecuencias de un golpe militar, y donde volar por medio de una cometa era como escapar por unos minutos de la gris realidad.
Sin duda esa memoria nostálgica del juego de las cometas en el Perú se ha diluido en el torbellino de los tiempos actuales, dejando atrás un legado que pocos jóvenes han heredado, pero que persiste en la mente de quienes alguna vez sintieron esa indescriptible emoción en sus manos.
Durante las vacaciones de medio año en Lima, entre julio y especialmente agosto —el mes de los vientos—, las décadas de 1960, 1970 y 1980, e incluso hasta entrados los años 90, recibían un visitante anunciado: las masas de aire del sur. Su llegada traía una señal inconfundible, casi mágica: el inicio de la temporada de cometas.
Dos niño y una niña apunto de hacer volar su cometa, en el Campo de Marte de Jesús María, el 7 de agosto de 1968. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)
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No era solo un juego, sino un ritual que comenzaba cada mañana, con niños y adolescentes dando forma, con sus propias manos, a creaciones de papel y pabilo que pronto surcarían los cielos de sus barrios y urbanizaciones.
La materia prima era humilde: la sacuara, una caña delgada y liviana que provenía de las orillas del río Rímac, pero que se vendía en las esquinas, en las bodegas, en el mercado o en las ferias. Esta se convertía por arte de magia en el esqueleto de la cometa.
Con papel cometa, hilo pabilo, goma o engrudo (hecho de harina y agua) y algunos trozos de tela para la cola, se daba vida a estas "maravillas voladoras“, cada una con su propia personalidad, ya fuera un ”barril“, una “estrella”, un “avión” o un “velero”.
El juego de cometas ha perdido hoy presencia entre los menores, pero no ha sido olvidado. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)
Años, 60, 70 y 80, y las cometas nunca dejaron de volar en Lima y todo el Perú. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)
El arte de la cometa era un saber ancestral que se transmitía de boca en boca, de hermano a hermano o de amigo a amigo. En los barrios de Lima tradicional, este ritual era casi sagrado. Los niños invertían sus días en perfeccionar esos artefactos voladores, que eran las cometas, con la ilusión de verlos surcar los cielos de la ciudad.
De esta forma, zonas abiertas en los años 60 como era entonces el Campo de Marte, en Jesús María, se convertían en el epicentro de este juego; el Campo de Marte era, por ejemplo, un lugar sin cables ni árboles grandes; allí, pues, las cometas podían volar sin restricciones, dando rienda suelta a la imaginación y a la competencia sana.
DÍA DEL NIÑO: LA JERGA COMETERA Y LOS TRUCOS QUE CORTABAN EL AIRE
El vuelo de las cometas tenía su propio idioma, un lenguaje de tirones y soltadas. A este juego de maniobras y astucias, que podían durar hasta una hora, los niños le llamaban "tirar y aflojar“. Así, ”soltar" o "empujar" el pabilo era para un vuelo suave; mientras que el “tirón” se usaba para jalar el hilo con fuerza, logrando que la cometa girara e hiciera piruetas.
Niños jugando a volar cometas en un parque de Lima, el 27 de agosto de 1964. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)
Cuando la batalla entre cometas se desataba, las más temidas eran aquellas con puntas de sacuara a los lados, diseñadas para cortar el pabilo de las rivales con un giro violento. Era una lucha aérea donde solo el más hábil lograba salir victorioso. Pero la diversión no estaba exenta de riesgos.
En los periódicos de la época, un simpático personaje llamado “Kilowatito” advertía a los niños sobre los peligros de volar cometas cerca de los cables eléctricos. A pesar de las advertencias, era común ver al final de la temporada, que llegaba hasta setiembre incluso, una triste colección de “cometas vencidas”, enredadas en los postes de luz, en una especie de cementerio de sueños de papel y caña que habían llegado a su fin.
Con el tiempo, la tradición fue perdiendo fuerza. La llegada de la televisión, luego las computadoras y los videojuegos, fue opacando el encanto de la cometa. El pabilo y la sacuara fueron reemplazados por el click del mouse, y el aire libre por el espacio de una habitación.
Los concurso de cometas eran frecuentes en los años 60 y 70 en Lima. Había un buen viento. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)
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El juego cometero, que alguna vez unió a generaciones, se fue diluyendo hasta casi desaparecer, dejando en el pasado la imagen de cielos coloridos y llenos de vida.
De esta forma, la esencia de la cometa se ha transformado, pero no ha muerto del todo. Hoy en día, todavía se pueden encontrar cometas a la venta en algunos puntos de la ciudad, pero la mayoría son de plástico, un material que ha reemplazado a la nobleza del papel/sacuara.
Pese a su aparente perfección, estas cometas industriales carecen de la magia de las que se fabricaban en casa. No tienen el olor a goma o engrudo ni la imperfección de las que un niño fabricaba con sus propias manos.
Un niño y su cometa en el Campo de Marte, el 7 de agosto de 1968. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)
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El ingenio de los peruanos, sin embargo, siempre encontró la forma de hacer de este juego algo único. En Tarma, en el centro del país, hacia los años 90, un niño ideó una cometa con apenas dos cañitas y retazos de hilo, usando las páginas de un periódico para el cuerpo y la astuta idea de una papa sancochada como pegamento, en vez del engrudo.
Aunque la cometa del menor tarmeño no voló debido a la altura, la lección fue profunda: una cometa hecha con el alma de un niño siempre valdrá más que cualquier otra, por más perfecta que sea.
Esta nostalgia de las cometas es la de un tiempo en el que los cielos del Perú se llenaban de figuras que aprovechaban lúdicamente el viento, un juego que se perdió en el aire, pero cuyo recuerdo sigue anclado en la memoria colectiva, como un hilo de pabilo que aún se niega a romperse, y que trae el recuerdo de cómo se divertían los niños de antaño, cuya fecha especial celebramos este domingo 17 de agosto. Que sea un día especial para todos los niños y niñas del Perú.