Por Carlos Batalla

Su nombre era José Joaquín Ávila Portalatín, Yiye Ávila, y era de Puerto Rico. Tenía entonces 52 años. El pastor llegó en un momento crucial del Perú: la dictadura militar había dado visos de cambio al permitir la implementación de una Asamblea Constituyente. En ese verano del ‘78, el país ya vivía una intensa campaña electoral para elegir a los constituyentes en junio de ese año. Los problemas del peruano promedio eran la pobreza, la inseguridad, la falta de trabajo y las carencias del sistema de salud. Este último punto era la pesadilla de millones de peruanos todos los días del año. Para aliviar ese asunto, llegó a Lima, el viernes 17 de febrero de 1978, el esperadísimo Yiye Ávila. Él iba a sanar a todos los que acudieran al estadio de Matute.

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