Por Carlos Batalla

La madrugada del 23 de julio de 1941 había inquietud en la frontera norte peruana. Las radios de Lima y Guayaquil, los despachos oficiales y los telegramas que cruzaban el continente insistían en nuevas noticias de la escaramuza en la línea del río Zarumilla, la delgada frontera con Ecuador. Entre las brumas de ese amanecer apurado, el nombre de un joven aviador chiclayano habría de quedar sellado para siempre en la memoria del Perú: el capitán FAP José Abelardo Quiñones Gonzales. Su historia es tan sorprendente como admirable.

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