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El público entró a las salas con la curiosidad de quien asistía a una prueba decisiva: saber si el cine nacional podía sostener un relato de acción, suspenso y ambición propia. Detrás de la cámara estaba Augusto Tamayo San Román, entonces un director joven, conocido por sus éxitos televisivos y por una fe casi temeraria en que el cine peruano podía tener personalidad y mercado.
Para él, esta ópera prima no era solo una película: era un veredicto anticipado sobre su futuro. “Determinará la posibilidad de seguir haciendo cine”, confesó en la antesala del estreno, con la ansiedad de quien se juega el nombre en una sola vista.

El filme apostó por un drama policial de acción y aventuras, con un pulso realista poco común en la producción local de la época. El protagonista, interpretado por Jorge García Bustamante, huye con su pareja —Mónica Domínguez— hacia la selva, empujado por una cadena de errores, persecuciones y la sombra del narcotráfico.
No era una Lima de postal la que aparecía en pantalla, sino un país abrupto, sudoroso, al borde del desborde. El rodaje fue tan áspero como la historia. Se filmaron persecuciones reales en la jungla, sin extras, con golpes auténticos y cansancio verdadero.

Mónica Domínguez, contaría luego que el equipo tuvo que guardar cama dos días por los golpes y moretones. La producción tomó seis semanas de filmación, tras un proceso total de siete meses, y demandó una inversión de 150 mil dólares, cifra considerable para el Perú de los años ochenta.
Había también una esperanza comercial: la película ya había sido vendida al mercado latino de Los Ángeles, incluso antes de su prueba de fuego en casa. Tamayo lo decía con cautela, pero con convicción: el público quería ver cine peruano, y otras producciones recientes habían abierto una rendija por donde colarse.

Faltaba capital, faltaba un fondo estatal, faltaban guionistas especializados, pero sobraban técnicos y actores dispuestos a resistir, y hacer un cine nacional cueste lo que cueste.
Aquella noche de enero, cuando se apagaron las luces y empezó la huida del Chacal, no solo escapaba un personaje: corría también el propio cine nacional, tratando de dejar atrás la desconfianza, la precariedad y el complejo de inferioridad.

No se sabía aún si alcanzaría la otra orilla, pero por primera vez en mucho tiempo, el público peruano vio en pantalla una persecución que también era suya: la de un país intentando filmarse a sí mismo.
Hoy, 39 años después, “La fuga del Chacal” es una de esas películas de culto en el Perú y ninguno joven aspirante a cineasta debe dejar de verla.
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