Elecciones“Estaba vacía, la botella estaba vacía”, eso fue lo que repetía nuestro reportero gráfico luego de tomar esta postal al gran actor y cantante mexicano Pedro Infante, aquel jueves 10 de enero de 1957, cuando el divo ya llevaba tres días en el Gran Hotel Bolívar y no dejaba de posar para la prensa local.
Pedro Infante había actuado y cantado en numerosas películas con notable éxito, y su consagración internacional había llegado con el filme ‘Tizoc’, en 1956, donde actuó con María Félix. Lima lo vio por primera y última vez en vivo, a sus 39 años de edad. Estaba de gira sudamericana desde esos días iniciales de 1957. De Venezuela pasó a Ecuador, y de allí al Perú.
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El viejo aeropuerto de Córpac, en San Isidro, lo había recibido el martes 8 de enero de 1957, muy temprano, junto a su mariachi ‘Perla de Occidente’. En Lima tenía pactada una serie de presentaciones para Radio Victoria. Infante era un hombre delgado y fuerte, de un 1.77 m. de altura y 71 kg. de peso. Al Hotel Bolívar, frente a la plaza San Martín, llegó a desayunar.
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Esa noche, Pedro Infante dio una conferencia de prensa en la noche, y luego deslumbraría esos días de verano del 57 en el teatro City Hall para Radio Victoria, y luego en el teatro Porvenir, en La Victoria, donde encantó con su mariachi. La estrella azteca resplandecía en Lima como un elegido, como alguien nacido para brillar.
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“Todo fue y sigue siendo un sueño”, contó sobre su carrera a El Comercio. Y añadió: “Me entregué con cuerpo y alma al cine”. Según el propio artista, había realizado de 1939 a 1957 unas 56 películas, y grabado desde 1943 más de 300 canciones.
Era un artista con sueños y no dudaba en que conseguiría realizarlos. Contó que a su regreso tenía que filmar con el actor norteamericano John Derek (1926-1998) y, más adelante, estaba en sus planes una coproducción franco-mexicana con la actriz francesa Martine Carol (1920-1967). “Tengo una oferta para trabajar con Marlon Brando. El americano tendrá que ir a mi tierra para trabajar juntos”, dijo entonces con naturalidad.
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Volar lo atraía tanto que se convirtió en dueño de la empresa de aviación comercial TAMSA. Tenía 12 aeronaves, y había sufrido un primer accidente aéreo en 1951, que le obligó a llevar desde entonces una placa de platino de 2.8 pulgadas en el cráneo y un injerto en el cabello.
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“Irma, mi esposa, reza fervorosamente cada vez que salgo en mi bimotor”, dijo, en medio de la una charla con la prensa, sin intuir que solo tres meses después su segundo accidente aéreo sería fatal.
“Soy del pueblo y vivo para el pueblo, espero no defraudar la expectativa que ha despertado mi presentación”, señaló Pedro Infante, para quien aún no había filmado su mejor actuación en el cine.
Entrevista exclusiva con El Comercio
Al día siguiente, el miércoles 9 de enero de 1957, empezó un festival de cine en varias salas limeñas, en las que se proyectaron sus más recordadas cintas, como ‘Amorcito de mi vida’ (1943) con Sarita Montiel, en el cine Conde de Lemos; ‘Los gavilanes’ (1956) con Lilia Prado, en las salas Fantasía y Beverly; y ‘Ahora soy rico’ (1952) con Marga López, en el cine 28 de Julio.
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En medio de ese festín cinéfilo, Pedro Infante recibió a El Comercio en una entrevista exclusiva. En su suite del Hotel Bolívar, el actor trataba de levantar una pesa de 150 kg., cuando el reportero del decano ingresó, tras pedir permiso.
“Pregunte nomás”, dijo secándose con una toalla que Madrid, su fiel asistente, le entregó apurado. ¿Pensaste siempre ser actor?, le interrogaron. “Jamás, ni de lejos. Me vino de repente y me agarró de repente”.
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Pedro Infante era un carpintero que trabajaba en una emisora radial, y que de vez en cuando cantaba. Fue así que lo escuchó el productor mexicano Eduardo Quevedo, “quien me llevó al cine y allí me quedé”, dijo el actor mexicano.
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El cantante tenía un sueño. Pese a tenerlo todo, en apariencia, deseaba una cosa con mucho entusiasmo: poder dirigir una película. Sentía que cada vez estaba mejor preparado para eso. “Soy de los que observan con atención las cámaras, los decorados y las máquinas en general”, confesó el artista mexicano.
Pedro Infante permaneció en Lima hasta el martes 15 de enero, siempre con teatro lleno, ovacionado, amado y amparado por un público fiel, el cual lo lloraría tres meses después, ese fatídico 15 de abril de 1957, cuando el avión que copilotaba cayó en una zona urbana de Mérida, en Yucatán.
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