Oriente MedioEl martes 11 de marzo de 1997, a las 8 y 25 de la noche, el televisor de la infancia peruana de las décadas de 1960, 1970 y 1980 se apagó definitivamente. Juan (Johnny) Salim Facuse, el eterno Tío Johnny, falleció en el Hospital de Enfermedades Neoplásicas de Lima.
TÍO JOHNNY: UN CAMINO QUE LLEGA A SU FIN
La noticia de su partida, confirmada tras su internamiento el sábado previo, sumió en el duelo a los "sobrinos" de todo el país. A sus 61 años, el animador no pudo superar las complicaciones de un cáncer de pulmón que lo aquejaba.
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Mollendino de nacimiento, Salim dejó tras de sí una estela de nostalgia que se hizo evidente en su velatorio en la Parroquia Virgen de Fátima, en la avenida Armendáriz, en Miraflores. Allí, su esposa Tabita Díaz y sus tres hijos recibieron el afecto de una generación que creció con sus consejos.


Su hijo Juan, quebrado por la emoción, recordó que su padre no se sentía un artista, sino simplemente era el Tío Johnny. Mientras tanto, su hija María Mercedes sentenciaba una verdad absoluta: “Murió Juan Salim, pero el Tío Johnny seguirá vivo”.
Incluso en sus últimos días, se había solicitado el apoyo de aquellos niños, entonces adultos, a los que alguna vez había cobijado en sus sets. La respuesta fue unánime: una presencia masiva de figuras, entre ellos, el cómico Tulio Loza y la animadora infantil Almendra Gomelsky en su despedida.
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EL RITUAL DEL VASO DE LECHE DEL MEJOR TÍO
Johnny Salim era más que un animador de televisión. Salim se convirtió en el auténtico arquitecto de una rutina vespertina que unía a las familias peruanas frente a la pantalla. Con su tradicional saco de rayas verticales, se convirtió en una figura familiar y cercana.
Su éxito radicaba en una paciencia inagotable y una ausencia total de poses, algo muy distinto a los animadores modernos. Recibía a todos los niños con el mismo cariño, permitiéndoles mostrar sus juguetes o participar en juegos.

El momento cumbre de cada programa era, sin duda, el ritual del vaso de leche, siempre anunciado por la “Señora Vaca”. En años posteriores, el “Perro Abelardo” se sumó a esta coreografía de nutrición y alegría que marcó toda una época.
Frases como “en esta parte del camino” o su clásico “toma tu leche” quedaron grabadas en el ADN cultural del Perú. Era un tío “a todo dar” que nunca negaba un minuto de su tiempo fuera de las cámaras.
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TÍO JOHNNY: UN LEGADO DE SENCILLEZ Y AFECTO
A diferencia de las estrategias de marketing actuales, Johnny Salim basaba su conexión en la humanidad y la gracia natural. Su estilo era libre de artificios, lo que le permitió ganar el respeto de grandes y chicos por igual.
Fue hermano del recordado actor cómico Antonio Salim, el famoso "Roncayulo“, compartiendo ambos la chispa del talento frente a cámaras. Sin embargo, Johnny eligió el camino de la formación infantil, empezando como profesor y locutor.

Durante las décadas del 60,70 y 80 incluso, su presencia en canales como Panamericana Televisión y América Televisión fue una constante de valores y buenos modales. Su sonrisa permaneció intacta incluso cuando se lo cruzaba por la calle años después de su retiro.
Con ese carisma fue anfitrión del famoso grupo infantil español “Parchís”, ícomo de comienzos de los años 80, cuando aún el Tío Johnny se mantenía en buena sintonía.
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Es difícil saber si su éxito hubiera sido igual en los competitivos años noventa, o más aún, en este tiempo de “influencers” modelo siglo XXI y dominados por otros formatos (streaming). Pero lo cierto es que nadie logró tomar la posta de esa animación tan pura y directa que él representaba.
TÍO JOHNNY: LA MEMORIA DE LOS SOBRINOS
Los videos de sus programas quedarán en los archivos de las televisoras como testimonio de una televisión que ahora es difícil repetir. No obstante, el patrimonio más valioso de Juan Salim fue el de la enseñanza de ser, siempre, buenas personas.


Durante su velatorio, fue curioso ver a padres explicarles a sus hijos quién era aquel señor del que todos hablaban con tanta pena. Las palabras de los progenitores describían a un ídolo cercano, alguien que realmente parecía un pariente más.
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Con su partida, se cerró un capítulo de la historia de la televisión peruana, uno donde el sombrero al estilo “Sarita” y el vaso de leche eran protagonistas.
El Tío Johnny terminó su recorrido "en esta parte del camino“, dejando una lección de sencillez que el tiempo difícilmente podrá borrar de la memoria de un par de generaciones de peruanos.
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