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Inauguración Río 2016: un nombre cobra vida

Embed from Getty Images   De todas las preocupaciones que podía tener Brasil para sacar adelante sus Juegos Olímpicos, la ceremonia inaugural era la última. Incluso con el presupuesto recortado, el espectáculo creado por Fernando Meirelles (“Ciudad de Dios”) y Andrucha Waddington (“Yo, tú, nosotros”) tenía tras de sí el inmenso archivo del Carnaval. Grandes narradores de historias a través de la danza y lo visual, los cariocas cuentan 12 de ellas cada año en la avenida Marqués de Sapucaí, una por cada escuela de...

 

De todas las preocupaciones que podía tener Brasil para sacar adelante sus Juegos Olímpicos, la ceremonia inaugural era la última. Incluso con el presupuesto recortado, el espectáculo creado por Fernando Meirelles (“Ciudad de Dios”) y Andrucha Waddington (“Yo, tú, nosotros”) tenía tras de sí el inmenso archivo del Carnaval.

Grandes narradores de historias a través de la danza y lo visual, los cariocas cuentan 12 de ellas cada año en la avenida Marqués de Sapucaí, una por cada escuela de samba del Grupo Especial (la primera división del desfile). Detrás de la calatería, hay una trama cantada (el “samba-enredo”) que se desarrolla durante 80 minutos. Un libro escrito con colores.

Anoche, Río contó en ese idioma su propia historia. Y, en tiempos de crisis, fue un recordatorio de quiénes son realmente.

 

EL DINERO Y LA CONCIENCIA

En la previa cada edición, los Juegos Olímpicos son una entidad que simboliza burocracia, reclamos y una ansiedad por que todo salga bien. Río 2016 fue un caso extremo, donde la responsabilidad y los problemas ahogaron a la ciudad, y probaron la insostenibilidad del modelo actual de organización. Hasta ayer, Río 2016 significaba para el mundo ese desengaño del “legado olímpico”. Para los periodistas, acceso exclusivo a los atletas. Para los vecinos, desorden y tráfico interrumpido. Otro sello carioca que anoche sufrimos todos.

Después del feriado del jueves, el pueblo volvió a trabajar. Con avenidas cortadas, rutas cambiadas y un BRT que llegaba con la constancia del Metropolitano, un viaje de tres kilómetros se hacía una vuelta de siete. (La Prefectura podría proclamar feriados los próximos 15 días).

Apiñados en los últimos buses al Maracaná, los periodistas fuimos apeados sin mayor señal de hacia dónde ir. Los voluntarios habían desaparecido, y hubo que resignarse a hacer la cola del público o hacer trampitas.

Una hora de procesión más tarde –el camino al Maracaná es una enredadera de puentes y rampas-, el palco era el premio. Adonde se mirara, había una señorita con vestido y taco nueve sobándose los tobillos. Lo sentimos, el ascensor no es para ustedes.

El estadio nunca terminó de llenarse, pero la gente tarareó su impaciencia hasta el inicio de la ceremonia. Guiados por la reina Regina Casé, actriz y presentadora de Globo, el público que llegaba ensayó su propio rol en la ceremonia –portarse como público carioca que se respeta-, y regaló la mayor ovación de la previa a un dramatizado beso entre dos hombres durante la importada “kiss cam”.

 

El himno nacional brasilero, una declaración de amor susurrada por el cantante Paulinho da Viola, terminó de anestesiar cualquier molestia, y dar paso al inicio de la historia del ser humano por estos lares. Esa primera parte de la narración, que empieza con la presencia indígena en la floresta, fue interrumpida por la ocupación portuguesa y la transformación de naturaleza en civilización.

Acostumbrados a ver la historia edulcorada de las naciones en este tipo de ceremonias, los periodistas quedaron especialmente asombrados con el pasaje dedicado a la esclavitud. Una crónica de la conquista de Río, cuando portugueses y franceses enfrentaron entre sí a las tribus caníbales guaraníes, podría haber herido sus sensibilidades.

 

El juego de luces e ilusiones, hecho especialmente para la televisión, dio inicio a la modernidad: la construcción –con canción homónima de Chico Buarque-de las grandes megalópolis, y la internacionalización en la voz de Tom Jobim y trazos curvos de Oscar Niemeyer.

[Entre las grandes críticas de una salida bastante alegre, el público citó la presencia de Gisele Bündchen como “La Garota de Ipanema”. Oriunda de Três de Maio, 1.600 km al sur de Río de Janeiro, la retirada supermodelo apelaba al público internacional, pero no era exactamente representativa].

Hubo espacio para el funk de la favela –el ‘twerking’ antes de Miley Cyrus-, la cultura popular carioca, y el “Treme-treme” antes del ensayado “País Tropical”, el himno danzado, con Jorge Ben Jor. Incluso para un exhorto a la conciencia climática, y el poema “A Flor e a Náusea”, de Drummond, recitado por Fernanda Montenegro y Judi Dench.

 

ANTES DE LA FIESTA

El desfile de las naciones solo aumentó la sonrisa del público. Después de los Phelps, Bolts y Biles del mundo, la mayoría de atletas llega sin mayores chances a los Juegos Olímpicos, y celebra en ese instante el premio a su camino. Todo lo demás es adicional. Observar en un mismo lugar el momento más feliz de la vida de miles de seres humanos puede ser contagiante, y el estadio estaba con voluntad de aplaudir todo lo que se moviera.

Por una vez en la historia, las grandes ovaciones fueron para el resto de Latinoamérica; incluso para Argentina, con un trazo de pifia. Hasta Rusia, con un Estado infractor de todos los ideales olímpicos, se llevó una pequeña ola de aplausos. Su delegación, recortada de 389 a 271 deportistas, desfiló con banderas en alto, en silenciosa manifestación contra el ajusticiamiento colectivo por dopaje institucionalizado. En una nota más alegre, el primer equipo olímpico de refugiados fue ovacionado de pie, y el aceitoso abanderado de Tonga (para googlear: Pita Nikolas Taufatofua) se convirtió en Mr. Río 2016.

 

La celebración tenía que ser interrumpida por el Comité Olímpico Internacional (COI) y sus mensajes de servicio público. Carlos Nuzman, presidente del Comité Organizador, dio un discurso a tres idiomas, tan conmovido como el que le ganó la sede a Río siete años atrás. Thomas Bach, presidente del COI, felicitó a Brasil por sacar adelante el evento en “un momento tan difícil para el país”. Uno que forzará una revisión completa del olimpismo de aquí en adelante.

Después de más protocolo y una  silbatina al presidente interino Michel Temer, se largó la fiesta que Brasil estaba extrañando. No hay fiesta sin carnaval ni carioca que se resista a enseñar los pasos a sus compañeros de asiento. En el campo, 12 baterías de las escuelas de samba del Grupo Especial del 2016 salieron a bailar la versión batucada de “Isso Aquí, o que É?”, de Ary Barroso. Interpretada por Caetano Veloso, Gilberto Gil y Anitta, la canción es un poema a la alegría brasilera, “una raza que no le teme al miedo y nunca se rinde”. Emocionado y llorón como él solo, el público del Maracaná se entregó a una arenga de estadio. Río 2016 está vivo.

 

Concluida la ceremonia y encendido el pebetero –honor del maratonista Vanderlei de Lima-, el público salió con el semblante cambiado. Bullicioso, pero también tocado. Para toda la charla sobre lo amargos y fuera de personaje que estaban los brasileros, mirarse al espejo alcanzó para reencontrarse consigo mismos. Al menos por una noche.

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