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Michael de Baltimore

Embed from Getty Images   Detrás de las grandes arenas de Río 2016, los periodistas viajamos apretados como en el Metropolitano. La noche del miércoles, unos ochenta nos dimos cita en el mismo autobús interno; dos grupos de personas que no terminaban de superar lo que acababan de ver. Una de las mejores competencias de gimnasia de la historia olímpica nos hizo olvidar –con justicia- el partido de básquet entre Estados Unidos y Australia. Quienes estuvieron allí opinaban exactamente lo mismo. Ambos grupos compartíamos un solo...

 

Detrás de las grandes arenas de Río 2016, los periodistas viajamos apretados como en el Metropolitano. La noche del miércoles, unos ochenta nos dimos cita en el mismo autobús interno; dos grupos de personas que no terminaban de superar lo que acababan de ver. Una de las mejores competencias de gimnasia de la historia olímpica nos hizo olvidar –con justicia- el partido de básquet entre Estados Unidos y Australia. Quienes estuvieron allí opinaban exactamente lo mismo. Ambos grupos compartíamos un solo sentimiento: el tiempo no alcanza para nada.

Un día olímpico se pasa entre buses, competencias y reportes a casa, y, antes que uno se dé cuenta, son las 9 de la noche. La comida de la prensa es cara y miserable, y una no puede vivir solo de pao de queijo.

Para evitarlo, he agarrado la costumbre de ir a la Villa Olímpica y hacer mi cola por unos McNuggets. La fila de buzos de todos los colores es larga y políglota. Quien se extrañó de tener un McDonald’s en un condominio de atletas no sabía de lo que hablaba.

 

De los olímpicos conocidos, sabemos que un par evita ese tipo de excesos hace un tiempo. Usain Bolt (29), famoso por su dieta de 200 nuggets diarios en Beijing 2008, ya no está en condiciones de procesar tanta proteína. A los 31, Michael Phelps también es inubicable en esos espacios comunes, y la lista de espera para ingresar a una final de natación le roba a una la esperanza.

¿Habrá sido así de larga la cola para ver a Leónidas de Rodas? Cuenta la historia de los Juegos Olímpicos que el atleta griego ganó el stadion, el diaulos y la carrera de hoplitas en las competencias del 164, 160, 156 y 152 a.C. Su récord de 12 medallas de oro en pruebas individuales estuvo a salvo hasta que Michael de Baltimore aprendió a nadar.

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Mi estadía en Río de Janeiro ha incluido ampollas en los pies, taxis pagados a precio de turista y una hora merodeando alrededor del Maracaná hasta encontrar el transporte de jornalistas. He sambado en la tribuna de prensa a pedido –casi exigencia- de un grupo de fanáticos cariocas. Andando por el Parque Olímpico, me han preguntado unas cinco veces en qué deporte voy a participar, como si no vieran los tres helados que tengo en la mano para el almuerzo.

 

Exfutbolista y lanzadora de jabalina, nunca me sentí tan mal por venir en estas condiciones como cuando veo al equipo de Estados Unidos ganar la gimnasia femenina por ocho puntos. Al mismo tiempo, es como una patada en la cara: ¿por qué desistir? Simone Biles es otra especie, pero Aly Raisman es terrenal. Campeona de suelo en Londres 2012, pero cuarto lugar en la general, Raisman prometió volver por esa medalla y regresó mucho mejor. Si eso no nos levanta del sillón, no lo hará nadie.

Y lo hizo, pero de la tribuna de prensa. El equipo apodado “The Final Five” podría ser el mejor de la historia, si no hubiera puesto en evidencia la poca competitividad de la gimnasia femenina. Para encontrar suspenso, hay que regresar al día siguiente.

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Si Federer volara, sería Kohei Uchimura. Alguna vez hice esa comparación, con una cita de David Foster Wallace sobre el maestro suizo: “es la reconciliación del ser humano con el hecho de tener un cuerpo”. Venerado por su limpieza y sus líneas, Uchimura es otro de esos personajes que desaparecen de las noticias cuando se terminan los Juegos Olímpicos.

Campeón absoluto de la gimnasia masculina en Londres 2012, Kohei ha ganado tres mundiales desde entonces (ya lleva seis), y se acostumbró a ganar por puntos enteros, nunca menos que 1.492 (2014).

 

Por eso, cuando Oleg Verniaiev lo dejó segundo y empezó a ampliar su ventaja, Kohei se puso a calcular. “Me puse muy consciente del marcador que necesitaba, pero luego conseguí calmarme”, dijo luego, en conferencia de prensa. En la barra fija –su último aparato-, Uchimura aumentó su dificultad lo suficiente como para ganar por 0.099. Nunca lo habían hecho sudar así.

El rey salió a recibir su premio con molestias en la espalda y una mueca de dolor que se le olvidó con la medalla en el cuello. Demasiado impresionados como para reaccionar, los periodistas que fuimos a zona mixta nos quedamos mirándolo boquiabiertos sin entender una palabra. Por la tranquilidad de sus gestos y la paciencia de sus palabras, entendimos que estaba listo para un entrenamiento más.

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La mañana de hoy empecé mi dieta de McNuggets. Almuerzo en mano, me encontré en las mesitas con el mismísimo Uchimura comiendo hamburguesas. Lo acompañaba el equipo japonés, campeón por equipos la tarde del lunes: Yusuke Tanaka, Kenzo Shirai, Koji Yamamuro y Ryohei Kato, todos con su chatarra enfrente. Solo sonrieron cuando les pregunté por qué. Solo entendieron congratulations, good luck, may I take a picture with you y, sorpresivamente, who has the longest arm for a selfie?

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Arigato.

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