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El derecho a ser inútiles

No tenemos que ser extraordinarios todo el tiempo. No importa lo que diga Instagram.

Ilustración: Gabi Cuba

Ilustración: Gabi Cuba

Desde que somos muy muchachos, mis amigos y yo hemos hablado acerca de nuestros superpoderes inútiles. Es un concepto que se inventó mi amigo Coché y que se explica mejor con casos que con teoría. Mi superpoder inútil, por ejemplo, es que me puedo dormir recostado en un tractor, bajo una lluvia de granizo o de pie en un micro. Puedo hacerlo de golpe y por todo el tiempo que se me antoje.

Mi amigo Sebastián, otro ejemplo, puede responder cualquier pregunta con el diálogo de algún animado de Nickelodeon o de Cartoon Network. Coché escribe chistes para velorios. Gabi, quien ilustra este blog, puede recordar todos los nombres de todos los mangas que uno se pueda imaginar, pero es incapaz de recordar los nombres de la gente real. Moncho aún no reconoce su superpoder inútil, pero en eso estamos. Y CJ puede regatear todo, todo, todo, incluso en contra de sí mismo. Quizá algunos de estos superpoderes tengan algún tipo de utilidad práctica, pero ciertamente no sirven para salvar el mundo. Y, aún más seguro, no tienen ningún tipo de valor en Instagram o en otra red social.

Y esto porque en las redes sociales lo que nos distingue a unos de otros, en la mayoría de los casos, es la superficie. Instagram es una colección de momentos extraordinarios que hacemos pasar como si fuesen la vida cotidiana. Y esto, en un principio, nos genera ciertas interacciones lindas con nuestra círculo más inmediato y real; aquellas personas que celebran nuestros momentos de felicidad, esos momentos de luz, pero que nos conocen y entienden que esa es solo una parte de nuestras vidas.

La cosa se sale de control cuando la audiencia crece, cuando se arma en nuestra cabeza la obligatoriedad de satisfacer a un público muchas veces imaginario que pide más y más momentos épicos, más y más momentos extraordinarios, y que supone que somos unos idiotas felices todo el día. Peor aún: que sonreímos sin pausa toda la semana, todo el mes, todo el año.

Al mismo tiempo, lo que pasa es que nos sentimos una estafa. Porque creemos que somos los únicos que fingen. Que los demás no mienten y que verdaderamente están contentos las 24 horas, los 7 días de la semana. Y eso nos da ansiedad. Y vemos gente que tienen aún más seguidores, y que las marcas les financian sus viajes (a los viajeros), su vida fitness (a los deportistas), sus libros (a los escritores), sus platos de comida (a los foodies). Pensamos, entonces, que no nos está permitido vivir en la feliz mediocridad de un viernes de ver televisión metidos en un pijama embarrado de comida chatarra. Porque queremos con toda nuestra energía que algún día nos sea posible hacer lo que nos gusta, que nos financien lo que amamos, y estamos más o menos de acuerdo con pagar el precio que sea.

Y eso porque de alguna manera no estamos en nuestro sano juicio. El mercado nos ha engañado para servirse de nosotros. Nos hace pensar que somos auténticos para ellos, pero en sus tablas de Excel no somos más que números, proyecciones, cálculos, tasas de retorno de inversión. Si todos somos felizmente útiles todo el tiempo, somos solo monedas de cambio; unos de una denominación y otros de otra, pero finalmente todos lo mismo.

Y por eso al final del día estamos profundamente agotados. Ya trabajamos ocho horas, ya le dimos de comer a esa audiencia voraz, ya nos fingimos felices todo el día. A las 10 de la noche ya no sabemos quiénes somos, qué tan diferente es nuestra vida a la de otra chica que también sueña con viajar por el mundo o a la del otro muchacho que también quiere ser escritor.

Entonces, a esas horas de la noche, ¿qué nos diferencia del resto? ¿Qué nos salva de las tablas de Excel, de los algoritmos de Google y Facebook?

Yo me duermo en cualquier sitio, Gabi se olvida de los nombres de la gente, Coché hace chistes en velorios, Sebastián sabe todos los diálogos de Nickelodeon. Y quizá, a estas alturas, eso sea justamente lo único que nos hace distintos, esos rasgos tan sutiles de nuestra personalidad, esos superpoderes inútiles de los que solo está al tanto la gente que verdaderamente existe, que verdaderamente está junto a nosotros y que no nos exige ser extraordinarios.

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